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La impotencia de la vieja política

Hemos estado tan dormidos que cualquier acto de normalidad parece revolucionario. El afear los acuerdos de despacho; esos que implican que una vez depositado el voto los demás ya no significamos nada, ha desubicado al más pintado. Proponer debates políticos al máximo nivel en público (el motivo por el que nació esta misma página) resulta inaceptable para la acartonada política de casino: es un chantaje, una imposición, una afrenta. Así no hay negociación posible. Las negociaciones serias se hacen a escondidas, para que cada cual defienda con alegría sus intereses de partido y personales, su reparto de cromos. ¿Quién ha dicho que el pueblo tenía algo que ver en todo esto?

Esa sensación de descontrol me parece de lo más divertida (gracias, Podemos), y más me divierte encontrar alguna analogía con lo que inspira hoy aquel El vídeo mató a la estrella de la radio de The Buggles, tanto por el desfase generacional que supone en sí mismo, como por aquello de que una nueva forma de hacer las cosas puede acabar con lo que hasta ayer funcionaba. Con eso de que la capacidad de mostrar acaba con la limitada capacidad de decir, aunque no podamos sentir siquiera añoranza por una inexistente estrella apagada.

Hay quien se rasga las vestiduras por lo que está ocurriendo, y hay quien desde el poco periodismo sensato –de masas– que queda, ese que representa muy dignamente Antón Losada, se atreve a criticar ciertos movimientos. Pero nadie podía saber lo que planeaba Bobby Fischer en la memorable última partida del Mundial del 72. Como mínimo podemos asegurar que Boris Spassky, que era un gran campeón, nunca lo supo. Es por esto que me sorprende que ahora surjan tantos expertos en esta, a priori, inescrutable materia; que alguien critique con vehemencia una estrategia que solo puede conocer el autor. Parece que no han valorado que es casi imposible saber a qué está jugando otro si a ese otro se le presume una buena capacidad táctica y estratégica. Lo único que sí es cuestionable a nivel ético, y quizá mucho, es que la política se haya convertido en una partida de ajedrez. Y lo que parecen reflejar estas críticas, más que un ataque a la estrategia misma, aunque quizá me equivoque, es una pataleta por no poder entender qué se traen entre manos los que llevan la iniciativa, o una incomodidad por ver frustrados ciertos anhelos atávicos.

A mí que me gusta el ajedrez no me preocupa no conocer las intenciones de los jugadores, lo que no me gusta es que se traslade el juego a otros ámbitos. Pero si esto fuera una partida, haciendo un ejercicio de composición de lugar, diría que el jugador morado la domina. Puede que ese jugador, que es muy bueno, pensara en un momento dado, alertado por su propio éxito, que los cambios políticos, y por tanto sociales, se cuecen mejor a fuego lento. Que no era siquiera momento de ser alternativa. Que hoy, con un panorama económico global que promete curvas inminentes, sería bueno modular y dar espacio para que otros se quitaran las caretas definitivamente en el peor escenario posible, y en ese punto muerto, acabar de consolidar, especialmente en ciertos sectores, una imagen de partido moderado pero firme y con convicciones, que sí respeta las normas, y que por ello no amenaza gravemente todo lo establecido.

Insisto, aunque puede que todo eso fuera importante, e incluso necesario, a mí no me gustaría saber que no es más que mi propia hipótesis trasnochada. Aunque el que crea que el nivel de complejidad es inferior al expuesto es porque aún no ha entendido nada. En cualquier caso, dejando el trazo grueso al margen, en lo concreto y actual, y si solo lo valorase como una cuestión de estrategia, diría que lo que hizo Podemos el pasado viernes es brillante. Que pase lo que pase ha ganado la partida (que no el campeonato).

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Nada puede ser mejor para los de Pablo Iglesias (y por añadidura, a medio plazo, para el conjunto de la sociedad) que un gobierno de PSOE-C’s (que será desastroso para la mayoría). Y nada es tan probable como que sea el único posible. Tanto es así, y tan claro está, que algunos que no somos muy listos, mientras nadie manejaba esa opción desde los medios tradicionales, lo dimos como casi seguro desde el día siguiente a las elecciones. Y ya digo, no es porque seamos muy listos.

Lo único que ha hecho Podemos postulándose es acelerar un proceso que estaba cantado al tiempo que desbarata cualquier otro plan alternativo y se cura en salud. Y todo yendo de cara, apelando a la luz y los taquígrafos. Ofreciéndose a negociar en público. ¿Quién le va a poder reprochar que no lo intentó con total transparencia? ¿De quién será ahora la responsabilidad si no se inicia siquiera esa negociación propuesta?

Podemos está solo, es el único partido que sin revoluciones que ni esperamos ni son posibles representa un cambio notable. El resto de partidos está ‘sistematizado’ en mayor o total medida, y por tanto atado a deudas impagables y compromisos ineludibles con los que de verdad mandan sobre ellos. Esos partidos no pueden pactar con Podemos, no se les permite y no lo harán, y ni tan siquiera negociarán porque el daño que produzca su intransigencia es menor que el de mostrar su incoherencia en público. Siempre se puede negar la mayor desde sus aparatos de propaganda, que son todos los grandes medios de comunicación. El resultado de las elecciones ha dejado el peor panorama posible para esas formaciones, pues les obliga a retratarse sí o sí se diga lo que se diga. Y saben que una nueva convocatoria de elecciones no haría más que empeorar la situación. Ahora desde el sistema están tratando exclusivamente de minimizar daños, no de evitarlos. El daño –muy grave– ya está hecho.

En esta tesitura, entre las malas opciones posibles, una vez imposibilitado por intereses mayores el pacto lógico entre la izquierda (Podemos e IU) y la presunta izquierda (PSOE), un pacto PSOE-C’s es el menos nocivo para los de Susana y González, que al final es la única pata rota del establishment, el eslabón más débil y al que más deben cuidar. Unirse a un C’s que está herido de muerte como partido será declarar expresamente que el PSOE es de derechas, especialmente cuando se impongan las condiciones que C’s (la oligarquía) hará valer para dar utilidad y justificar públicamente al mismo tiempo semejante (aparente) engendro, pero facilitar que gobierne o colaborar en un Gobierno del PP sería considerado una traición a sus votantes en toda regla, y una traición que más que probablemente les condenaría a la desaparición.

Desde luego aún no lo hemos visto todo, ni hay nada decidido, pero cada día que pasa quedan menos opciones posibles. Y no parece que ni un candidato de ‘renovación’ en el PP, que implicaría la aceptación pasiva del PSOE, pudiera ser una opción menos lesiva. Lo dicho: no hay nada decidido, pero la que aparecía como mejor opción para el poder desde un principio, con la abstención ‘responsable’ del PP por ‘cuestiones de Estado’, empieza a ser la única opción. Y no tardaremos en salir de dudas.

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