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Disolveos y entregad las actas

Si uno dedica cinco minutos a ojear los resultados del Barómetro de Corrupción Global 2013 de Transparencia Internacional (mucho más específico e interesante que el de percepción 2015 recién publicado) puede acabar echándose las manos a la cabeza. En el informe de hace un par de años se compara a nivel mundial, entre otros parámetros, el de percepción sobre la corrupción de los partidos políticos. En ese índice concreto España alcanza una nada meritoria puntuación de 4,4 sobre 5, siendo cinco el equivalente a la máxima corrupción posible. Ese 4,4 nos eleva hasta el Olimpo de la perversión política mundial, superando a la mayor parte de los países del tercer mundo. Y sí, si es que te lo has preguntado, también se supera a aquellos lugares que merecen toda la atención mediática, como Venezuela.

Pero no es precisamente el dato o la clasificación subsiguiente lo que debiera hacernos escandalizar, sino la incoherencia de la mayor parte de la población. Porque lo sorprendente es que el dato está basado en nuestra opinión, esa que ni por asomo se ve reflejada en los resultados electorales. Así se puede decir sin rubor ni miedo a equivocarse que en este país se vota conscientemente a los mismos que consideramos unos ladrones. Inexplicable pero cierto.

Afortunadamente, dentro de lo malo, esa inconsistencia intelectual lleva lógicamente aparejada una volubilidad emocional equivalente. Por expresarlo de otra forma: la ausencia de capacidad crítica compromete toda decisión al sentimiento. Podemos pasar del blanco al negro sin mediar grises por el motivo más insospechado. Y sin cargas de conciencia.

Español
Viñeta de Elchicotriste

El caso es que al menos sí parece que sabemos que los designios del país han estado y están en manos de la delincuencia organizada. Y quiero suponer también en base a esta realidad, que aunque la gente vote a PP, PSOE o C’s lo hace sin que esos partidos hayan logrado embaucar a nadie. Se vota a ladrones, mercenarios y testaferros porque se quiere votar así, ya sea por tradición, por dejadez o por empatía. O quizá porque no existía otra alternativa.

Si fuera esto último, y tras los recientes acontecimientos, puede que hayamos entendido que si algo empuja a la mafia a unir a las distintas ‘familias’ rivales es porque ese algo supone una gran amenaza. Incluso que lo que supone una amenaza semejante para un ladrón, puede ser bueno para las víctimas. Y más: puede que nos planteemos que ese enemigo de la delincuencia es la alternativa que hasta ahora no existía; la que puede conseguir que esas bandas se disuelvan y entreguen las actas. Y con ello que actuemos en consecuencia, aunque sea por probar algo nuevo.

O puede que no, y que resulte que lo que somos es un país de cachondos. Porque puestos a imaginar…

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