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Je suis titiritero

La detención de los dos titiriteros, Alfonso y Raúl, el viernes pasado en Madrid guarda un parecido alarmante con una secuencia de la película Patria (Fatherland, 1994), de Christopher Menaul. En este filme, el protagonista (Rutger Hauer) está en una feria de Berlín con su hijo observando cómo un artista entretiene a unos niños con sus títeres: una marioneta de Hitler que golpea y maltrata a otra marioneta más pequeña, rubia y con trenzas. Mientras los pequeños ríen las piruetas y los golpes del ridículo Hitler de madera, irrumpe en la escena un tipo uniformado con una esvástica en el brazo y se lleva detenido al titiritero.

Que nuestro Estado democrático del siglo XXI muestre coincidencias con una película de nazis ya es bastante inquietante. Pero alarma más todavía saber que la película en cuestión está ambientada en la Alemania nazi de 1964. Y es que Patria, basada en la novela homónima de Robert Harris, es una ucronía, una ficción que recrea cómo podría haber sido la historia si Hitler hubiera ganado la II Guerra Mundial. Asusta pensar lo parecida que es nuestra realidad de 2016 a una hipotética España en la que no se hubieran disuelto las Cortes franquistas.

Las Españas de hoy han involucionado hacia la España de los primeros años de la Transición, aquella que formaba consejos de guerra contra las sátiras teatrales de Els Joglars, suspendía revistas de humor como El Papus y reprimía y encarcelaba a manifestantes y huelguistas, actores incluidos.

Por aquel entonces veníamos de una dictadura, y era lógico que las instituciones siguieran presentando rasgos totalitarios. Pero, ¿y hoy? ¿Qué ha pasado –o qué no ha pasado– en estas Españas de 2016 para que, después de casi cuarenta años de presunta democracia, nuestras instituciones se muestren tan histéricas como el Ayuntamiento de Madrid o tan reaccionarias como la Audiencia Nacional?

Hay que insistir en el hecho, porque es gravísimo: Alfonso y Raúl han sido detenidos y están en prisión incondicional por representar una sátira en un espectáculo de carnaval. Que sí, que había niños; de acuerdo. Nadie dice que sea correcto, pero no puede ser delito. Hay que estar muy desquiciado o tener muy pocas luces o muy mala baba para apreciar enaltecimiento del terrorismo en unos títeres y una pancarta de tamaño DIN A4 con el lema «GORA ALKA-ETA». La función no pretendía enaltecer el terror, por lo mismo que una representación viviente de la pasión de Jesucristo no es ninguna apología de las torturas o de la pena de muerte. Lo contrario supone una aberración jurídica y democrática, muy bien amparada, por cierto, por esta dictadura mediática que nos atenaza. A los que no hace mucho citaban a Voltaire –o lo intentaban–, hay que recordarles que la libertad de expresión es para aplicarla a quien opina diferente; dejar hablar a quien nos da la razón no tiene ningún mérito.

Pero más grave que esa aberración, más grave que la involución hacia tiempos pretéritos es nuestro actual silencio como sociedad. En eso, hemos retrocedido bastante más de cuatro décadas. Ahora se reprime a actores, huelguistas o fotoperiodistas (¡por tomar fotos que a finales de los 70 podrían haber servido para conseguir un premio!) sin que se generen las protestas masivas de entonces. Unas protestas que tuvieron un papel determinante en la caída del régimen. En 2016 todo es silencio, salvo algunas honrosas y aisladas excepciones. Si lo del viernes hubiera ocurrido en 1976, seguramente la gala de los Goya programada para esa noche no se habría celebrado. Y de celebrarse, se habría aprovechado como evento publicitario para denunciar la represión, solidarizarse sin fisuras con los compañeros detenidos y exigir su liberación inmediata. Por desgracia, en la gala de 2016 no hubo nada de eso, a excepción de una brevísima alusión a cargo de Juan Diego Botto. Pablo Iglesias anduvo por allí, pero cuando le acercaron los micrófonos, prefirió hablar de su esmoquin. Mala señal. Pdr Snchz y Riverita ya han dicho que todo está bien. Pésima señal.

Esta tribuna no va a sumarse a ese silencio. Tengo una columna y no dudaré en usarla. Porque cuando vienen a por la sátira, vienen a por todos. Envío desde aquí un abrazo fuerte a Alfonso y a Raúl, con toda mi solidaridad y mi cariño por una profesión que en estos días oscuros es más necesaria que nunca: el oficio de hacer reír. Ánimo, compañeros. No estáis solos. Je suis marionnettiste.

5 Comments

  1. Tony indignado
    Tony indignado 8 febrero, 2016

    Joer, se ha lucido la concejala de Cultura de vuestro ayuntamiento con la obra de los titiriteros, dando armas a los trileros para protestar; lo que está claro es que no era para niños pero, a mi juicio, es exagerado que los dos chicos tengan pena de cárcel mientras que los que han cometido acciones mucho más graves están en la calle.

    • Carlos
      Carlos 8 febrero, 2016

      No solo a la concejala de Cultura, Tony. Este atropello nos ha retratado, en mayor o menor medida, a todos.

    • Andrés
      Andrés 8 febrero, 2016

      Yo de pequeño he visto guiñoles y títeres. Son violentos y graciosos,son de trapo. ¿Que sólo he visto yo guiñoles de pequeño?
      Alucino hasta donde hemos llegado. La mejor aproximación de un niño a la cruda realidad es esto!
      Provocan empatía, sentimientos de justicia,conocimientos de los peligros,la violencia está,en un guiñol!
      Llegar a catalogar por edad este tipo de representación me parece absurdo.
      Los peligros de crimenes sexuales son reales, que mejor que un guiñol…
      Sobre las falsas acusaciones ya saben desde temprana edad,no es nuevo en el colé.
      Sobre los crimenes… tela!
      No hay niño que no sepa de atentados y la yija,esta demasiado en los medios y de manera aún más cruda.
      Esto es hilarante

  2. Andrés
    Andrés 8 febrero, 2016

    Comparto todo lo dicho y añado…
    Y el olvido y el tabú también.
    Y eso para Carnaval no!
    En otro ambiente o ubicación de cualquier otra fecha ya verán quiénes tengan interés.
    Que esto pase en Carnaval,esta denuncia y la prisión decretada por este juez y por las acusaciones hechas es un insulto al intelecto,a la democracia,a la libertad de expresión,a la libertad artistica,a las tradiciones mas antiguas «teatrales» y no religiosas,sea además abominable.
    Como Estado y sistema político lo deja peor que la MIERDA!
    Que pasa? Nadie vio un guiñol de pequeño?
    Para flipar!

  3. Juan
    Juan 9 febrero, 2016

    Que no, que los espectáculos de ficción siempre son para niños; los que no lo son son los realities como torear con una hija en brazos. Máxime cuando un padre en un espacio abierto o cerrado, da igual, puede coger a su hijo y llevárselo.
    La presión mediática de la derecha se ha centrado en que no era un espectáculo para niños y ahí estáis/estamos cayendo todos

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