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Ashraf Fayadh: las voces de las ausencias

Una obra de Ashraf Fayadh.

Ignazio Aiestaran | Diagonal | 10/02/16

«La poesía es la voz de los ausentes». Estas palabras las pronunció la escritora siria Hala Mohammad en La Maison de la Poésie, al participar en un acto colectivo de homenaje a Ashraf Fayadh, un poeta y artista palestino condenado a muerte en Arabia Saudí por sus versos sobre el petróleo, la inmigración y los profetas de un régimen de opresión.

El 14 de enero se celebraron recitales y actos a escala mundial en defensa de Ashraf Fayadh, tras un llamamiento que se hizo desde el Festival Internacional de Literatura de Berlín. Con ese motivo, en la librería Katakrak realizamos en euskera un acto humilde en favor de su liberación.

En una carta que me envió desde Nueva York para esa ocasión, la poetisa y traductora Mona Kareem –una refugiada beduina sin Estado– decía que Ashraf había dejado de leer y escribir en prisión y que ya sólo se dedicaba a colorear cuadernos.

También añadía que había que pensar en él como esa luz espectral de los fantasmas que son las personas refugiadas: «Ashraf fue escogido y vilipendiado porque era un clandestino en una sociedad de exclusión. Las personas artistas como él son consideradas como las más vulnerables».

Hace unos meses me propuse traducir al euskera los diez poemas que se utilizaron en la farsa judicial contra Ashraf. Durante diez días, un poema por día, iba buscando un rato por la noche para traducir cada uno de esos versos en mi blog, añadiéndole un pequeño comentario.

Parecía un gesto diminuto y sin sentido: trasladar a una lengua minoritaria la palabra de un poeta refugiado, un escritor perteneciente a una comunidad ignorada, condenado a miles de kilómetros por un régimen que es socio comercial de muchos países.

¿Para qué hacerlo, si casi nadie se preocupa de ello? ¿Para qué molestarse en extender la palabra común en medio de la vulnerabilidad? Entonces, una noche escribí junto a los versos de Ashraf: la pregunta relevante no es «¿para qué?», sino «¿por qué no?».

Las palabras en defensa de un poeta condenado a muerte también son poéticas. La poesía es la voz de las ausencias. El silencio es la prosa de la indiferencia.

ADENDA

Este artículo fue escrito y publicado en la edición impresa antes de las últimas noticias que comunicó Abdul Rahman al-Lahim, abogado de Ashraf Fayadh.

La condena a muerte ha sido convertida en una pena de ocho años de cárcel, la renuncia a publicar su poesía en Arabia Saudí, la obligación de hacer una declaración de arrepentimiento y el castigo de 800 latigazos, en 16 sesiones de 50 latigazos cada una.

Nada más saberse la noticia, el escritor sudafricano Ishtiyaq Shukri hizo la siguiente reflexión: «¿Quién sobrevive a 800 latigazos?».

El bloguero saudí Raif Badawi ya fue condenado anteriormente a 1.000 latigazos y diez años de prisión y fue un milagro que Badawi sobreviviera a los primeros 50 latigazos. Fueron tan brutales esos golpes que los restantes 950 quedaron pendientes: 50 latigazos, cada viernes, durante 19 semanas.

Esto supone una forma de tortura prolongada en el tiempo, un castigo cruel, en Arabia Saudí, el régimen de los petrodólares admirados.

Son malos tiempos para la palabra, para la poesía, para el teatro. No podemos acostumbrarnos a la persecución de la palabra y de los gestos, de la poesía y del teatro. Más que nunca hay que reivindicar ese derecho irrenunciable de nuestra humanidad que se revela en el lenguaje y que nos hace ir más allá de nuestros cuerpos en común.

Un Comentario

  1. Republicano
    Republicano 11 febrero, 2016

    Todavía estoy esperando que los políticos occidentales hagan algo por este poeta, ya se hizo cuando Jomeini lanzó la fatwa contra Salman Rushdie, pero como nuestro aliado árabe lo ha condenado, el silencio campa. Los medios de comunicación silencian, serán tan responsables como el que le corte la cabeza. Ya lo dijo William Shakespeare: «El hereje no es quien arde en la hoguera, sino el que la enciende». Pero occidente no ve más allá de sus narices.

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