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Lo que (nos) cuesta de verdad la energía nuclear

No es ningún secreto que la industria energética tiende a ocultar los efectos negativos de su negocio. Es una postura lógica: nadie tira piedras sobre su propio tejado y, por supuesto, los grandes productores de energía no van a perjudicar voluntariamente los intereses de su sector publicitando la parte fea del asunto. Así, mientras puedan, negarán en la medida de sus capacidades cualquier evidencia contraria, incluso de hechos demostrados como el calentamiento de la atmósfera de la Tierra debido a la emisión de gases de efecto invernadero (debido en parte a su negocio, aunque también a otras causas).

Sin embargo, pese a la negación y el ocultamiento sistemáticos (casi siempre con apoyo de los gobiernos), algunos aspectos dañinos de la generación de energía son vox populi. Por ejemplo, la contaminación derivada de la quema de petróleo y carbón. Otros son menos conocidos, como la destrucción constante de bosques tropicales para plantar cultivos destinados a la producción de biodiesel. El desconocimiento general es de gran ayuda, pues millones de personas encienden aparatos eléctricos cada día pensando que pulsar el interruptor es un gesto inocuo, pues no ven que salga humo negro de las bombillas, los ordenadores, el coche eléctrico o la lavadora…

En fin, casi todo progreso conlleva algún inconveniente cuya solución no pasa, precisamente, por negar la existencia del mismo. La industria energética es un sector tecnológico puntero que, junto a grandes beneficios, es también una fuente de problemas sin resolver. Y dentro de este terreno, el de la energía, resulta particularmente controvertido todo lo que tiene que ver con las centrales nucleares, presentadas a menudo por ejecutivos y expolíticos como una forma «limpia» de producir energía y, sobre todo, como la única alternativa seria en una sociedad que, lejos de ahorrar, cada vez exige más energía para derrochar a gusto.

Por desgracia los hechos desmienten a estos visionarios interesados (en seguir cobrando el jugoso sueldo que les pagan las energéticas por servirles de publicistas). No hay accidentes graves muy a menudo en las centrales nucleares, eso es cierto (por suerte), pero también es verdad que cuando ocurre uno las consecuencias son devastadoras, afectan a territorios enormes y los efectos se pueden considerar virtualmente eternos. En Ucrania y Japón conocen bien este problema, uno de tantos que no se solucionará escondiéndolo.

Las mentiras oficiales sobre la industria nuclear son numerosas y variadas, pero quizá la más notable sea el ocultamiento sistemático de los verdaderos costes de la generación de energía a través de la fisión de núcleos atómicos. Es un tema importante, porque uno de los argumentos de los defensores de lo nuclear es que esta energía es, entre otras bicocas, muy barata.

En realidad no es así. Aparte de la inversión que podríamos llamar «natural», es decir, la construcción de la central, su explotación, abastecimiento y mantenimiento, que de por sí no son exiguos (y que se pagan en la factura, como es lógico), la industria suele obviar otros gastos que están muy lejos de ser agua de borrajas. Con el agravante de que, además, son costes que no paga la industria, sino el Estado, es decir, nosotros, los ciudadanos.

Entre estos costes ocultos tenemos:

  1. La seguridad de las instalaciones nucleares. Al ser consideradas objetivo militar y terrorista su custodia queda en manos de la policía e incluso del ejército. Un gasto que pagan los ciudadanos con sus impuestos.

  2. La gestión de los residuos. Es tal vez el problema más grave en términos de seguridad, pues los desechos nucleares se mantienen activos durante décadas o siglos y son muy peligrosos. Plantearse una vigilancia a tan largo plazo es un disparate económico (de hecho, un desideratum), pero esto no impide que cada año se generen más y más residuos de actividad diversa que hipotecan el futuro de nuestro mundo. El precio de procesar y vigilar esta basura radiactiva es también una competencia del Estado que repercute en nuestros bolsillos, no en los del dueño de la central. En España esta gestión se encuentra desde 2005 en manos de un organismo público, Enresa. Los publicistas de las centrales nucleares recuerdan siempre que pueden que la industria paga un canon a Enresa por la gestión de los residuos. Esto es cierto, aunque en puridad hay que decir que la tasa la pagan los clientes a través de la factura. Pero hay más: no se sabe cuánto pagan de verdad, ni en términos absolutos, ni relativos. Ello se debe, sobre todo, a que la información en materia nuclear, por motivos de seguridad, es secreta (el secreto oficial es uno de los pilares que utiliza cualquier Estado para contrarrestar sus debilidades intrínsecas). Por otra parte los datos estimados que aportan pronucleares y antinucleares, cada cual por su lado, son tan dispares entre sí que no resultan de utilidad. En cualquier caso, incluso suponiendo (y es mucho suponer) que las eléctricas pagaran a Enresa absolutamente todos los gastos (desmantelamiento de instalaciones, traslado y procesamiento de residuos, construcción, dotación y mantenimiento de los basureros nucleares y la seguridad de todo el proceso durante los próximos diez mil años), el que acaba pagando todo esto es el consumidor, no la industria (cuyo producto es la energía, no el dinero, que recibe de sus clientes y también del Estado vía subvenciones, exenciones impositivas, ayudas a la investigación, etc.).

  3. El desmantelamiento de las plantas nucleares también queda a cargo del sector público por motivos de seguridad y sanitarios. Las centrales nucleares tienen una vida útil limitada, tras la cual es imposible mantener su funcionamiento ni reciclarlas. Los «escombros» de una central cerrada tienen la consideración de residuos radiactivos y deben ser procesados como tales. Además son un posible objetivo bélico o terrorista. Más dinero de los impuestos arrojado a este pozo sin fondo de energía «barata» que no lo es tanto.

  4. La moratoria nuclear que adoptaron algunos países, entre ellos España, no le sale gratis al ciudadano. En este caso la decisión de no construir más centrales nucleares la cobran las productoras de energía en el recibo de la luz, directamente al consumidor. Y sale cara incluso una vez derogada la moratoria (como es el caso de España, desde finales del siglo XX), porque la «indemnización» se sigue pagando durante mucho tiempo después, alegando fantasmas económicos relacionados con la idea del lucro cesante.

  5. Las subvenciones a las industrias energéticas son selectivas en la mayor parte de los países del mundo: se centran más en la investigación y producción de energía de fisión que en otros sectores, como, por ejemplo, las renovables. ¿Por qué? Porque la energía nuclear genera más beneficios (precisamente por ser más cara: las energías baratas e inagotables son un mal negocio). Y también porque hay intereses estratégicos: la tecnología de fisión que se usa en las centrales es la misma que sirve para fabricar armas atómicas. Sólo por si acaso, por supuesto…  Así, además de gastar dinero público en financiar empresas privadas (mediante subvenciones directas o indirectas, como es el alivio o incluso dispensa de determinados impuestos a la industria), se hipoteca una vez más el futuro favoreciendo a un sector que supone un peligro público. Y esto tiene un precio no sólo económico, sino también ético (algo que no preocupa a quienes se enriquecen con estas cosas).

En resumen, si las industrias energéticas tuvieran que asumir directamente los costes totales de la producción nuclear jamás se habría construido una sola central (al menos para la generación de energía; otra cosa es la cuestión de la barbarie militar, por supuesto).

Algunos de estos costes ocultos se pueden calcular (por ejemplo, el precio de desmantelar las instalaciones o, de forma algo más imprecisa, la moratoria), pero otros son incalculables: ¿cuánto cuesta vigilar un depósito de residuos nucleares durante 10.000 años? ¿Cuánto cuesta recuperar un territorio devastado como Fukushima o Chernóbil? ¿Cuánto costarán los daños que producirán, en el futuro, los residuos arrojados al mar, en toneles, y que antes o después acabarán escapando de sus recipientes? ¿Qué pasará si los residuos abandonados en minas profundas acaban saliendo a la superficie, bien a través de las aguas subterráneas, bien por excavaciones accidentales (al cabo de los siglos es muy posible que se olviden los emplazamientos de los cementerios de residuos)?

Hay muchas cuestiones reprobables en la producción, distribución y consumo de energía (y la responsabilidad no es sólo de los fabricantes, sino también de los gobiernos y en parte de los consumidores), pero pocas resultan más preocupantes que las relacionadas con la fisión nuclear, que no sólo nos cuesta una pasta a los ciudadanos, sino que es un escalón más del sistema de terror mundial que, desde los años de la Guerra Fría hasta hoy, sirve para reprimir la contestación social y ciudadana, ahogada en la gran marea del liberalismo policial-militar-consumista.

Así que la próxima vez que encienda la tostadora o enchufe su limpísimo coche eléctrico, piense por un instante de dónde vienen esos vatios, cuánto cuestan de verdad y, sobre todo, cuánto costarán a sus hijos, que seguirán pagando nuestra fiesta dentro de décadas sin haber llegado a disfrutarla.

6 Comments

  1. Juan
    Juan 18 febrero, 2016

    No seas demagogo:
    1millón de kWh que produce una nuclear * 0.05 euros el kWh * 24 horas *365 días *9 nucleares son…

    3900 millones de euros al año.

    Ahora multiplica por 60 años de vida de una nuclear: hay dinero para pagarlo todo.

    El problema es que las eléctricas se llevan ese dinero fuera de España y lo malinvierten, en lugar de bajar el precio de la electricidad aquí.

    • José Manuel Lechado
      José Manuel Lechado 19 febrero, 2016

      Tienes toda la razón, Juan a secas. Gracias por avisarme. No sé cómo no me había dado cuenta. Ahora bien, deberías mandar una carta a las eléctricas, para que sean más patriotas y se gasten el dinero en España, en tortillas de patatas. Un cordial saludo y voy a descolgar de la pared mi título de demagogo.

      • José Manuel Lechado
        José Manuel Lechado 19 febrero, 2016

        Bueno, ahora te responderé en serio. No das una, amigo Juan a secas. Para empezar no hay 9 centrales nucleares en España. Hay 6. Quizá te confundes con reactores, que hay 8 (y 8 tampoco es igual a 9).
        La vida media prevista para una central es de 40 años, que se pueden ampliar (no indefinidamente) si se realiza una sólida inversión en mantenimiento y modernización. En ningún caso se puede (ni se debería) llegar a 60 años.
        En cuanto a la producción, depende para empezar del tipo de reactor (no todos rinden por igual). Y creo que confundes el kilovatio/hora, que es una unidad de medida de consumo, con el kilovatio a secas, que es la unidad de potencia en la que se mide la producción. Es decir, que tu cálculo basado en una supuesta producción de “1.000.000 de KW/H” no tiene sentido en realidad (entiendes que un reactor produce un millón de kilovatios cada hora). Has partido de un error.
        Por poner un ejemplo, el reactor de Garoña produce algo más de 400.000 kilovatios cada hora. Además la producción depende de muchos factores, como la demanda puntual, y entre otras cosas hay paradas para mantenimiento, reparación y recarga, entre otras cuestiones.
        Además el precio del kilovatio/hora (esta vez sí) en España era en 2014 de 0,125 euros, no 0,05. Y eso sin contar los impuestos y otros recargos (que hay que contarlos).
        En todo caso, incluso dando por bueno el resultado de tu azaroso cálculo, y pasando por alto que es una cantidad bruta (o incluso bestia), si dividimos tu sensacional cantidad a lo largo de los próximos diez mil años, quedan unos 23 millones de euros al año. No sé si bastará para cubrir todos los gastos, los impuestos, el mantenimiento, los sueldos, el beneficio jugoso de los propietarios de las eléctricas y la gestión de los residuos, porque sólo la construcción de un único ATC (almacén temporal centralizado) cuesta unos 1.000 millones.
        Infórmate mejor. Y espero que no me tengas en cuenta ser tan puntilloso. Los demagogos somos así.
        Un cordial saludo.

        • Juan
          Juan 19 febrero, 2016

          A los 1000 años los deshechos radiactivos de una nuclear dejan de ser tan peligrosos. Eso hacen 230 millones al año, pon 10 para pagar al guarda de la mina donde se almacenen los residuos, impuestos y demás. 220 millones de beneficio, por mil años.

          La verdad es que las nucleares son un chorro de dinero, que ese dinero no llega al español porque se malgasta en sueños de nacionalistas vascos y catalanes que son quienes dominan el negocio energético en España de una manera descarada.

          Y la economía moderna funciona a base de energía, es mas importante el coste energético que el de mano de obra, o dicho de otra manera, cuanto más baje el precio de la energía, mejores sueldos podremos tener.

          Pero eso no interesa. Ni a los nacionalistas ni a los populistas.

          De todas maneras, José Manuel, me alegro que por fin alguien quiera hablar de cifras.

          • José Manuel Lechado
            José Manuel Lechado 5 marzo, 2016

            Juan, como te gustan los datos, te daré un dato. El accidente de Fukushima viene costando, desde hace un lustro, 20.000 millones de dólares al año. Es decir, de momento cien veces más cada año que esos beneficios supuestos para el próximo milenio (ya me imagino el cartel: “Electricas Reunidas S. A., mil años a pleno rendimiento”). Y en esta cantidad no se cuentan las pérdidas de sectores como el turístico y el agrícola o los gastos médicos que va a acarrear el incremento de casos de cáncer en la zona. En fin, que me parece que los separatistas (que por cierto, no sé a cuento de qué los traes aquí) van a tener que buscarse otra fuente de financiación para sus incontables maldades.

  2. Fran
    Fran 31 enero, 2018

    El argumento económico es una de las principales bazas de los pronucleares. De ser tan económicamente rentable, me pregunto porqué son los Estados (yo y demás plebe) los que costean estas instalaciones en primera instancia. Que sean las eléctricas las que asuman su coste, y que sean ellas en exclusiva las que tengan que gestionar su amortización.

    Y me río de que luego las compañías pagan al Estado en compensación por lo anterior, y que así se compensa el desajuste y todos bailamos felices. Ése dinero lo repercuten inteligentemente en el consumidor final. El resultado que yo veo es que una empresa privada puede utilizar una instalación de alta generación y alto coste, pero casi gratis, y sin asumir los costes y riesgos que conlleva la construcción de las mismas.

    Lo de los ATC es de risa. Yo propondría la idea de bombero de lanzar los residuos al espacio exterior. Quizá a la larga sea lo más económico.

    La única ventaja que le veo a la nuclear de fisión es que no emite gases de efecto invernadero y que la generación eléctrica es constante. En lo demás, si precisan de intervención del dinero público para poder operar, no hay que ser un lumbreras de la economía para saber que las cuentas no salen. Aunque puede que mi posición contra el subvencionismo me tape los ojos.

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