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A luchar que son dos días

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El periodista de la SER, Javier del Pino, y la periodista de La Sexta, Cristina Pardo, el pasado sábado, en el programa ‘A vivir que son dos días’ . / @avivir (Twitter)

Javier Pérez de Albéniz | Cuartopoder | 

Cabreado como una mona por aparecer junto a implicados en los famosos ‘Papeles de Panamá’, la pasada semana Juan Luis Cebrián se subió las gafas, se limpió la espuma que le salía por la boca, ordenó echar al tertuliano de la cadena SER, Ignacio Escolar, y prohibió a los periodistas del grupo Prisa colaborar en programas de La Sexta. Solo unas horas después Javier del Pino, presentador del programa de la SER A vivir que son dos días’, dio paso a Cristina Pardo, risueña presentadora de la cadena pequeña de Atresmedia: “Como cada sábado, Cristina abre su diccionario de términos políticos…” Con dos cojones.

Podría parecer un gesto pequeño, insignificante, una anécdota que pasó desapercibida para la gran mayoría de oyentes y profesionales. Nada más lejos de la realidad. El periodismo necesita detalles como éste, más heróicos de lo que puede parecer a primera vista, realizados desde la primera línea de fuego. Los periodistas necesitan el apoyo de sus compañeros, sobre todo de aquellos que se encuentran en la cumbre de la cadena trófica, en estos momentos de opresión, de manipulación, de despidos salvajes, de palos de ciego empresariales… Y sobre todo de miedo. Al frío de la calle, a iniciar un viaje sin retorno al paro, la soledad y, finalmente, el olvido.

El mérito de Javier del Pino es enorme. Porque no es lo mismo la crítica despiadada o el gesto solidario desde un blog minoritario, como éste, o desde la comodidad de un retiro o una jubilación, o desde la prensa de la caverna, que desde el mismísimo ojo del huracán. De hecho, la inmensa mayoría de grandes profesionales del periodismo relacionados con Prisa, esos que dan doctrina cada día desde columnas de opinión, tertulias o videoblogs, muchos incluidos en los programas de la cadena SER, han callado como ratas ante los desvaríos y los vetos de Cebrián.

Son tiempos duros para los periodistas. Para los que arrancan, porque no hay futuro. Para los que hemos pasado por algunos de los principales medios, porque sabemos que nunca volveremos a coger una de las grandes olas. Y para los que aún se encuentran bien posicionados, porque carecen de esas alternativas profesionales que les permiten arriesgar, poner en juego su estatus, su nómina, y mostrarse dignos, críticos y solidarios: si trabajas para Prisa y te ponen en la calle, lo tienes jodido para volver a tener unas condiciones económicas y de visibilidad parecidas. Chitón entonces. Lo cual es una lástima, porque si algo exige el momento actual es compromiso, denuncia y lucha. Grandeza. También en el mundo del periodismo.

Javier del Pino ha tenido un gesto que puede parecer insignificante pero que, insisto, resulta heroico. Tanto como para que se haya convertido en único e irrepetible. En el entorno de Prisa, empresa con una cuadra de profesionales de enorme prestigio con ideas muy claras sobre términos como censura, soberbia o libertad de expresión, es imposible encontrar un golpe de efecto similar. Lo cual habla muy bien del presentador de ‘A vivir que son dos días’. Y muy mal del resto de leyendas de la casa.

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