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¿Dices que no entiendes por qué cierta gente vota PP, C’s o PSOE?

Hay quien se tortura buscando argumentos que justifiquen ciertos comportamientos absurdos. No estamos preparados para asumir algunas realidades incómodas, y es que para nada es fácil hacerlo. Pero los hechos dan la respuesta que nuestra prudencia evita. Aunque quizá sería más llevadero si nos diéramos cuenta de que en realidad no tiene esa carga de desesperanza que le imprimimos.

Seguramente pudo ser diferente. Estoy convencido de que nuestro modelo social es una casualidad posible y no una causalidad antropológica. Igual que en cierta parte del mundo tomaron el poder los pocos que lo ansiaban arrasando con todo lo que era diferente, y tras ello expandieron con éxito el desarrollo del tipo de sociedad que hoy sufrimos a nivel mundial, el aleteo de esa mariposa que sustancia la teoría del caos hubiera podido ser a tiempo, si no lo fue ya muchas veces antes, el de un colectivo importante que neutralizase el germen de la posterior deriva. En cualquier caso todo tiene un principio y un final (o muchos).

Hoy, como siempre, debemos adaptarnos a las circunstancias y trabajar con lo que contamos, porque de poco sirve confundir conjeturas de lo que pudo ser y no fue con realidades inexistentes. Afortunadamente, aunque nadie se libre en mayor o menor medida del condicionamiento cultural de la sociedad de clases, no todos tenemos las mismas inquietudes ni el mismo carácter. Tampoco los que creemos que vivimos en una perversión de lo que en realidad somos, resultamos ser los primeros que llegamos a la misma conclusión ni, seguramente, seremos los últimos que intentemos cambiarlo con la única herramienta posible: la lógica. Hasta que demos con la iteración oportuna.

Si uno ha vivido lo suficiente –y con ello no me refiero solo a cumplir años sino a haber querido conocer a muchos semejantes–, y además tiene la voluntad de pensar, suele llegar a una primera conclusión: este mundo está plagado de gente que jamás ha tenido criterio propio. Incluso más: que nunca ha tenido criterio, ni propio ni extraño.

He conocido a personas con dinero que por su condición creían ser libres, pero nunca he conocido a alguien que se atreviera a dedicarse exclusivamente a cultivar su hedonismo sin temer agotar su patrimonio y privilegios de clase. He tratado con sujetos que no corrían tras el dinero pero necesitaban sentirse importantes para dar sentido a su existencia. He sufrido a fulanos que acaban fuera de sí frente al muñeco de madera que ha podido tallar su vecino (porque los trabajadores de los talleres de imaginería religiosa son vecinos de otros) pero que insultan al indigente que intenta limpiar el parabrisas de su coche en un semáforo. He departido con soldados que matarían a otras personas solo porque es su trabajo. He hablado con hombres que desprecian a otros hombres por su tendencia sexual, pero que están a dos libros y una circunstancia de comprender que también son homosexuales, y con mujeres que se consideran machistas. He visto a personas que no pueden permitirse dos comidas al día vitoreando a monarcas; a toreros que dicen ser amantes de los animales y a científicos que acaban en sectas. He visto a miles de personas emocionarse o agredirse por lo que hacen con una pelota veintidós adultos multimillonarios en pantalón corto. Y lo que resulta desconcertante es comprobar que todas estas personas tan diferentes suelen tener algo en común más allá de la incoherencia: en el trato directo de igual a igual suelen demostrar buenos sentimientos. ¿Qué putada, verdad? Si no hay demonios todo se complica.

Hay cosas que no son tan sencillas como por desgracia alguna gente cree. Sencillo es diseñar un edificio o un circuito electrónico, hacer un diagnóstico con las pruebas pertinentes o pilotar una avioneta. Pero pensar por uno mismo de forma racional y analítica es muy duro. Abrir caminos inexplorados es un ejercicio angustioso y desagradable. Resulta mucho más cómodo creer en lo que creemos que se nos adapta en cada momento, aunque nunca nos hayamos preocupado de tener la cultura necesaria ni se nos haya ocurrido desarrollar la capacidad suficiente para juzgarlo. Quizá por esa incomodidad que genera pensar, a lo más que llega la mayoría de la gente es a leer, pero sin otro objetivo que el de beber del pensamiento ajeno y afín en cómodas porciones.

Y luego nos preguntamos cómo es posible que tantos millones de personas depositen su confianza en partidos que van descaradamente en contra de los intereses del 99,9% de la población. No entendemos cómo algunas personas avalan propuestas que no resisten el más mínimo análisis superficial pero que nadie analiza por su cuenta, que al final es lo único que hace a cierta gente cambiar de opinión. ¿Por qué nos hacemos estas preguntas si la respuesta está ante nuestros ojos?

Hoy, en un magnífico artículo, aunque demasiado denso para que pueda resultar atractivo, reflexionaba Santiago Alba sobre la extraña condición del nihilismo-creyente de nuestra mercantilizada sociedad. Sin entrar en otras honduras su propuesta final no me ha parecido derrotista (como he podido leer) sino realista y práctica: “Contra la precariedad del mercado y la seguridad contrapuntística del fanatismo (dos formas de religión), sería quizás mejor desempolvar y afinar la lucha de clases -o como queramos llamarla- y reivindicar un mundo realmente laico y republicano”.

También hubiera servido reclamar el reinado de los dioses narigudos. Los que son capaces de interpretar la intención final no van a poner pegas, y para el resto va a valer con que se haga con pasión y sinceridad. Solo hay que dar algo con lo que llenar un vacío; algo a lo que aferrarse, para que no venga otro con peores intenciones y acabe llenándolo ofreciendo un caramelo todavía más envenenado que el que ofrece la versión ‘moderada’ del sistema.

Siempre ha sido igual, y para bien o para mal es una minoría la que determina el signo de los tiempos. Ojalá esta sea la iteración oportuna del nuestro.

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