Un nuevo proyecto de Shell pasa por alto los riesgos de prospecciones en aguas ultraprofundas

A SEIS AÑOS DE LA CATÁSTROFE DE DEEPWATER HORIZON, QUE SUPUSO EL VERTIDO DE 3 MILLONES DE BARRILES. Los ecologistas critican el proyecto petrolífero Stones, el más profundo del mundo bajo el mar.

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Buque del proyecto Stones. / ROYAL DUTCH SHELL

Pablo Rivas | Diagonal | 15/09/16

El campo petrolífero más profundo del mundo bajo las aguas ya está en funcionamiento. El proyecto Stones, gestionado íntegramente por la angloholandesa Royal Dutch Shell, comenzó las extracciones el pasado 6 de septiembre y pretende conseguir 50.000 barriles al día cuando esté a pleno rendimiento, a finales de 2017 según las previsiones de la compañía.

La planta, a 320 kilómetros al suroeste del Nueva Orleans (Louisiana, EE UU), en el Golfo de México, supone un paso más en la proliferación de prospecciones en aguas ultraprofundas en la búsqueda de nuevos yacimientos de gas y petróleo.

Sin embargo, la nueva plataforma plantea una serie de retos para el futuro. Los grupos ecologistas ya han puesto el grito en el cielo ante este tipo de campos. En el recuerdo está el accidente de la Deepwater Horizon en 2010, precisamente en la misma zona, a 66 kilómetros al sureste de la costa de Louisiana.

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Al igual que Stones, este ingenio fue en su día la exploración petrolífera más profunda entonces: operaba 1.500 metros bajo el agua. La plataforma, explotada por British Petroleum –compañía que poseía el 65% del proyecto junto con Anadarko (25%) y MOEX Offshore (10%)–, sufrió un accidente en las operaciones de perforación y estalló cuando finalizaba el último período de la fase exploratoria. El resultado: la muerte de once trabajadores y una inmensa catástrofe medioambiental por el vertido de más de 3 millones de barriles de crudo durante más de 3 meses.

Accidente en la plataforma de BP Deepwater Horizon, en 2010. / US Coast Guard

El proyecto Stones, que comienza ahora sus operaciones, es casi el doble de profundo bajo las aguas del mar: 2.900 metros bajo la superficie. Se trata de un buque flotante de producción, almacenamiento y descarga (FPSO, por sus siglas en inglés), una solución diferente a la adoptada en Deepwater Horizon, que consistía en una plataforma semisumergible de perforación petrolífera de posicionamiento dinámico.

La elección de este tipo de plataforma busca “operar de forma segura bajo tormentas”, aseguran desde la compañía, ya que si se produce un evento atmosférico con riesgo, como una tormenta o un huracán, el buque puede ser desconectado del pozo para navegar a zonas más seguras y retomar la actividad una vez las condiciones mejoren.

Pero las supuestas soluciones fiables a semejante reto tecnológico anunciadas por la empresa no convencen a los ecologistas, que ven nuevos peligros en este tipo de campos. “Este proyecto conlleva mucho más riesgo, estamos llevando la tecnología al límite, perforando a kilómetros de profundidad, en mitad del mar, en un lugar con condiciones naturales que hacen que se pueda producir cualquier accidente”, resalta Julio Barea, responsable de campaña de Greenpeace España.

Conexión submarina del buque con el yacimiento del proyecto Stones. / Royal Dutch Shell

El ecologista expone que la tecnología “poco o nada ha cambiado” desde la catástrofe de la Deepwater Horizon: “Las válvulas de hoy son prácticamente las mismas que las de entonces. Los riesgos de seguridad buscando hidrocarburos, cada vez mas profundos, cada vez mas lejos, en lugares más complicados, son cada vez más graves”.

A pesar de las protestas frente a este tipo de arriesgados campos petrolíferos, las compañías están apostando claramente por ello. El director de Distribución de la Royal Dutch Shell,  Andy Brow, exponía en la presentación del proyecto: “Nuestra experiencia creciente en el uso de estas tecnologías innovadoras nos ayudará a desbloquear más recursos de aguas profundas en todo el mundo”.

No es la única instalación de estas características que la multinacional tiene en la zona. El proyecto Perdido, que perfora a 2.450 metros bajo la superficie marina, comenzó en 2010 “abriendo una nueva frontera en la producción de petróleo y gas en aguas ultraprofundas”, indican desde Shell.

El proyecto petrolífero Perdido, en el Golfo de México, es el segundo más profundo del mundo bajo el agua. / BoH

Frente a las posibles consecuencias de una repetición del desastre, desde Greenpeace abogan por otro modelo. “Lo recomendable sería dejar este tipo de prospecciones de búsqueda de hidrocarburos y apostar decididamente por otro modelo energético basado en energía renovables”, apunta Barea. “El planeta se va a achicharrar por el aumento de las temperaturas causadas por la quema de combustibles fósiles, debemos cambiar el modelo lo antes posible, que además es económicamente rentable”.

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Y es que el desastre de la Deepwater Horizon le salió caro a BP, pero no tanto. La petrolera británica alcanzó un acuerdo con el Departamento de Justicia de EE UU y los cinco estados del Golfo de México por el que el pago de 20.800 millones de dólares (18.571 millones de euros) cubriría, en teoría, las demandas civiles relacionadas con el desastre natural. Sin embargo, esto no es suficiente para los ecologistas: “Se arriesgan porque desgraciadamente, al final, aunque la multa ha sido grande, si realmente hubieran tenido que reparar todos los daños ambientales y sociales y económicos que produjeron, la compañía tendría que haber cerrado directamente”, concluye Barea.

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