Agroecología y antifascismo: dos líneas paralelas llamadas a converger

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Frente a una necesidad tan básica como es la alimentación, de la que dependemos todas las personas, tenemos dos posibles alternativas, una destructiva de los ecosistemas y los suelos, depredadora de recursos y energía, y despreocupada de la justicia social; y otra cuyos objetivos son, además de la producción (máxime en estos tiempos de necesidad de alimentos ante una población que no cesa de crecer), la sostenibilidad ambiental y social. Esta última es la agroecología.

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Kran aladjev (CC)

Miguel Díaz y Flavia García | El Salmón Contracorriente | 20 septiembre 2016

Agroecología y antifascismo

La agroecología es un concepto muy amplio, lejos de ser sinónimo de agricultura ecológica, que incluye los procesos de producción, comercialización, consumo y retorno a los sistemas vivos, así como una apuesta por la soberanía alimentaria (facultad de las gentes de cada territorio a decidir sobre su política alimentaria y agraria, bajo unos márgenes de sostenibilidad ambiental, económica y social).

El antifascismo es movimiento social y político que se opone a las tendencias ideológicas de ultraderecha. Éstas han ido cambiando a lo largo de la historia, teniendo un mayor o menor protagonismo a nivel institucional. Se trata de ideologías autoritarias que promueven actitudes racistas amparándose en el nacionalismo, aunque también seguir perpetuando el sistema patriarcal en el que vivimos, mediante mensajes transfobos y homófobos.

Todas estas se ven representadas tanto en partidos políticos denominados “conservadores” hasta en colectivos o individualidades autodenominados reaccionarios que consideran insuficiente dicha representación de la derecha a nivel gubernamental y abogan por posturas antidemocráticas, a pesar de que algunas veces ambas representaciones de la extrema derecha tienen relación entre sí. Así, el antifascismo aúna a una gran cantidad de movimientos sociales que van en contra de todas estas doctrinas.

“los grandes retos que se presentan en la escena medioambiental y social actual hacen emerger un movimiento de recuperación de la producción sustentable con criterios de justicia social”

Como decimos en Madrid Agroecológico “los grandes retos que se presentan en la escena medioambiental y social actual, junto con las grandes desigualdades existentes, hacen emerger un movimiento de recuperación de la producción sustentable, en la que los criterios de justicia social se incluyen junto con el del respeto a los límites biofísicos de los ecosistemas.”

Asimismo, tras muchos años, donde a pesar de estar presente, no los considerábamos amenaza, el viejo fantasma del fascismo vuelve a recorrer Europa. Su ideología de odio chovinista empapa cada vez más nuestras calles, apoyado por el sistema capitalista, y la urgente respuesta que merece, no llega o se disipa sin materializarse.

Es decir, estas dos luchas, máxime por el carácter interseccional que tienen, merecen un reconocimiento urgente, y una necesidad de trabajo mayor (si bien gran cantidad de activistas estamos involucradas en estas, no conseguimos que la población las tome como prioritarias e incorpore a su vida habitual), para poder avanzar hacia una sociedad más justa, solidaria y sostenible. Sin embargo, ambas no suelen ser entendidas como sinérgicas, lo que, si bien no supone un fracaso individual de cada una, sí nos parece que les limita el campo de visión y por tanto la capacidad transformadora.

El porqué de la separación histórica

Un problema de cara a entender el porqué de la separación histórica entre ambas luchas, es la creación en nuestro imaginario colectivo de unas imágenes, muy lejanas a la realidad, de ambos movimientos. Unas caricaturas donde el militante ecologista se ve como un “hippie” y la antifascista como “violenta encapuchada” deben ser desterradas si queremos formar un movimiento donde ambas perspectivas sobre el pasado-presente-futuro puedan encontrarse, para enriquecerse de su mensaje la una de la otra, así como al resto de luchas donde puedan crearse puentes.

Así como el ecologismo abrazó el mundo rural como medida necesaria para poder alcanzar sus objetivos, el antifascismo ha quedado relegado al ámbito urbano olvidando así que jamás logrará sus objetivos de forma coherente si no se involucra de forma activa en aquellas regiones donde la sociedad vive más conectada con la tierra y el medio agrario.

Hemos visto cómo, especialmente en los varios tentativos electorales del último año, muchas personas mostraban su decepción e incluso sorpresa al comprobar que la derecha sigue siendo una fuerza política principal en el estado español. Ante este y otros muchos fenómenos políticos también a nivel internacional, la mayoría de quienes estaban en desacuerdo optaron por menospreciar a “quienes permitían que esto siguiese sucediendo” cuando recibían la noticia.

Esta reacción es un grave síntoma de la falta de autocrítica, puesto que si en lugar de tachar de inferiores a quienes optan por seguir ideales cada vez más conservadores que, por desgracia y queramos verlo o no, están en auge, nos detuviésemos a analizar quiénes son estas personas, veríamos que no son más que estratos de la sociedad, entre los cuales hay una gran representación por parte de las zonas rurales de la península, en quienes no ha calado el discurso del antifascismo, y este no es su problema, sino de quien pretende sacarlo adelante. Cabe preguntarse ¿Quiénes son realmente lxs que permiten que esto suceda?

Si además de esta falta de revisión interna, que es entre otras una de las razones por las que el antifascismo no renueva sus estrategias y discursos, le sumamos el clasismo que conlleva, podemos entrever un fenómeno que está haciendo tambalear las propias bases del movimiento. Y es que, a menudo con la excusa de querer cambiar la imagen del antifascismo hacia una menos “violenta” y más abierta, lo cual es un trabajo interno necesario, se está generando una nueva tendencia dentro del mismo, que nace principalmente en las universidades progresistas. Éste “nuevo antifascismo” se aleja de las reivindicaciones de los barrios, de las comunidades y plataformas creadas a pie de calle, y probablemente esta falta de diálogo es la que desemboca en un clasismo inaceptable, donde se tiene más en cuenta los textos leídos que la implicación. Este suceso no es más que la evolución natural de un antifascismo que de igual manera centraliza toda su actividad en las grandes urbes y no tiene en cuenta a las demás poblaciones, olvidando escuchar sus luchas y centrándose cada vez más en las preocupaciones y reivindicaciones de un grupo reducido de la población, mayoritariamente blanco, económicamente solvente y cosmopolita.

Sobre la necesidad de convergencia de ambas luchas

En una situación de cercanía absoluta al colapso socioecológico, como evidencia la crisis global, económica y sociopolítica casos de ciudades en transición como el tan conocido de la ciudad de Detroit pueden ayudarnos a crear nuevas realidades, y plantearnos objetivos concretos en nuestros movimientos.

Desde las ciudades, no sólo necesitamos crear unos sistemas de horizontalidad política y de equidad social, sino también un sistema de producción que rompa la barrera ciudad como consumidora-sumidero y campo como producción sin consumo.

En el citado caso de Detroit, vimos como una ciudad que basaba su economía en la producción automovilística (y con un terrible racismo a nivel social) cayó en una gravísima crisis socioeconómica, lo que propició la existencia de “desiertos comestibles” (Morán N. y Fdez Casadevante J.L.) zonas donde, debido a la lejanía a establecimientos de venta de alimentos frescos, existe una mala calidad alimentaria. Una de las soluciones llevadas a cabo por la población, fue la utilización de solares urbanos para la creación de huertos, que mejorase la calidad de los alimentos, además de tejer redes vecinales.

Este caso, si bien no es una receta aplicable a cualquier situación, nos da pistas de lo que podemos hacer si un movimiento social fuerte asume como propias las dos luchas que estamos tratando, en un entorno tan hostil como el urbano hacia el cambio, y donde sin embargo es más urgente aún si cabe.

La desigualdad social es una brecha que puede difuminarse modificando nuestros hábitos de consumo

A menudo, quienes habitamos las grandes ciudades, anhelamos la autodeterminación desde nuestro infierno de asfalto y consideramos emplear como herramienta política la autogestión de espacios. De nuevo, la estrechez de miras que nos impone el haber aprendido entre movimientos que descuidan el ecologismo olvidamos que estos espacios podrían ser clave para reconectar el agroecologismo con las “luchas urbanas”. Así, descuidamos los pocos huertos de los centros sociales, los solares, y la asistencia a charlas y jornadas que versen sobre esta temática tienen afluencias significativamente menores comparado con otras temáticas consideradas más relevantes. Esta jerarquización de las luchas es el resultado de la total desconexión que vivimos aquí en nuestra pecera de aire contaminado y productos envasados, olvidamos que más allá de las calles y los barrios hay una enorme cantidad de conflictos que resolver y por los que movilizarse, y mucho más territorio que debemos aprender a autogestionar si queremos obtener la justicia social por la que en teoría luchamos. Toca entender la autogestión como un todo, la cual tiene como máxima la plena horizontalidad, frente a los esquemas jerarquizados tradicionales.

Esta idea es muy interesante de cara a la construcción de un movimiento agrario sostenible, revalorizando no solo la conexión con la naturaleza (prácticamente perdida en la agricultura moderna) sino los lazos de apoyo mutuo entre agricultoras e iniciativas.

La denuncia de un modelo de desarrollo rural, basado en las grandes propiedades donde son las personas no propietarias las que sacan adelante la producción, a menudo en unas condiciones de trabajo precarias (no se nos olvidan aquellos invernaderos del sureste donde se obliga a lxs trabajadorxs a llevar pañales), es necesario plantearla, a la vez que toca poner sobre la mesa la cuestión racial y de la mujer en este ámbito (son ellas, mujeres e inmigrantes, quienes más sufren las condiciones de la producción intensiva). La desigualdad social es una brecha que puede difuminarse modificando nuestros hábitos de consumo.

“Reducir la esfera material no es una opción: está en juego si logramos criterios de equidad o se impone el eco-fascismo” Yayo Herrero.

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