Carnes cloradas y otros siete motivos para salir a la calle contra el CETA

Apenas publicitado y refugiado discretamente detrás del rechazo al TTIP, el CETA está a punto de ser aprobado por el Parlamento Europeo.  El pasado fin de semana cientos de miles de personas salieron a la calle en Alemania para protestar por el acuerdo CETA, que fija los estándares de libre comercio entre la UE y Canadá.

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Foto: Mehr Demokratie
Foto: Mehr Demokratie

Jordi Sabaté | Consumo claro | 19/09/2016

Tal como ya advirtieron varios expertos a finales de agosto, algo se escondía tras las declaraciones teñidas de solemnidad del presidente francés Francois Hollande al rechazar públicamente el polémico acuerdo TTIP, que iba a fijar las normas de comercio entre Estados Unidos y la UE en una especie de mercado unificado.

Se trataba de el CETA (Comprehensive Trade and Economic Agreement), un acuerdo con Canadá que apunta en la misma dirección de crear un mercado único entre Europa y el vecino americano más septentrional. Mientras el TTIP levantaba escándalo allí por donde pasaba, el CETA ha actuado de tapado, a pesar de que sus condiciones no han sido ocultadas como las del acuerdo con los estadounidenses.

Así ha llegado a las puertas de su consumación: el próximo viernes 2 3, los ministros de comercio de los países miembros de la UE abordarán en Bratislava los últimos detalles sobre como llevar al terreno práctico el acuerdo. Durante el mes de octubre el CETA debe ser votado por los 28 (incluido el Reino Unido) parlamentos de los estados miembros de la UE. Después, el Parlamento Europeo lo deberá ratificar y ya no habrá vuelta atrás.

¿Es bueno el CETA?

El CETA, cuya aprobación entre las dos entidades ya fue acordada en 2014 y que debía servir de paso previo al TTIP, se auspicia bajo la promesa de un aumento del comercio entre Canada y Europa que traerá nuevos puestos de trabajo, dinamismo comercial y crecimiento de las exportaciones.

En este sentido hay debate entre los analistas económicos sobre el monto de beneficios que puede reportar, pues el nivel de demanda de productos por la parte canadiense ya se considera en su máximo. Además, se duda de que la economía canadiense tenga la potencia y el perfil para reactivar la decaída economía industrial europea.

Se trata de un país grande pero relativamente poco poblado y muy colonizado comercialmente por las marcas americanas, con lo que las europeas tendrían una muy dura competencia aunque solo fuera por temas de logística: Estados Unidos queda mucho más cerca. Más bien parece que el acuerdo esconde ciertos aspectos desfavorables a los intereses del consumidor y el productor europeo, y que permiten intuir que su aprobación también será polémica.

1. Conlleva el mismo espíritu que el TTIP

El CETA iba a ser un acuerdo previo al TTIP en el que Canada, que está fuertemente vinculado con Estados Unidos por otros acuerdos, haría de eslabón en la cadena de libre comercio entre Norteamérica y Europa, con todo lo que ello implicaba para las ciudadanías y consumidores de los países afectados.

El CETA se cerró en 2014 como un preámbulo menor, pero contiene toda la esencia del TTIP. Ahora que este ha sido rechazado tanto en Estados Unidos como en Europa, el CETA se ha convertido en la tabla de salvación, el único puente para colar las desregulaciones, pérdida de soberanía, cambios legislativos en materia de salud y medio ambiente, etc., que conllevaba el TTIP. Aunque Canadá sea menos potente que Estados Unidos, el acuerdo no es menos agresivo.

2. El CETA es un caballo de Troya para el TTIP

En la línea del primer apartado, el CETA se interpreta como el caballo de Troya por donde colar la mayor parte de la filosofía comercial que empapaba el TTIP. Así lo ve Adoración Guamán, profesora titular de Derecho del Trabajo en la Universitat de València y autora de libro TTIP: el asalto de las multinacionales a la democracia. Según esta experta, el 81% de empresas canadienses son en la actualidad filiales de empresas mayores estadounidenses.

Por lógica capilaridad, se utilizará el CETA para vehicular el comercio con Estados Unidos bajo los protocolos que implicaba el TTIP. A este respecto hay que tener en cuenta que Estados Unidos y Canadá se encuentran unidos bajo numerosos tratados: el propio CUSFA vigente desde 1987, y también en el NAFTA con México desde 1991 o el TTP, que les une a los países de la zona Asia, Pacífico y Oceanía.

3. Puede ser un golpe para la agricultura local

En materia de productos verdes es muy posible que el balance favorezca a Europa, aparentemente a los países del sur. Sin embargo puede suceder todo lo contrario si se tiene en cuenta que en estos predominan las pequeñas explotaciones: el CETA beneficiará sobre todo la potencia de los grandes productores y distribuidores, que pueden terminar por asfixiar la producción local.

Además, por derivación, desde Estados Unidos pueden ser recolocados numerosos productos de precio imbatible que nos hagan olvidar nuestro producto propio. Este hecho puede redundar en un empobrecimiento de los productores locales, que vendan sus tierras a grandes productores multinacionales y acaben conformando grandes zonas de monocultivo industrial.

4. Amenaza seriamente la soberanía de los países

El CETA es quien definió la C omisión M ixta C onflictos, uno de los puntos más polémicos del TTIP. Por lo tanto, también encontramos en sus páginas el establecimiento de un tribunal internacional de arbitraje donde las multinacionales puedan denunciar a los estados cuando no les gusten las decisiones de estos. Algunas decisiones de tribunales similares han costado cientos de millones de dólares a países como Guatemala o Rumanía.

Es decir, un gobierno no tendrá soberanía para dictar sus normas si una multinacional se ve afectada y lleva el tema a la Comisión Mixta Conflictos, un órgano en el que participan expertos en buena parte colocados y pagados por el sector corporativo junto con funcionarios de las diferentes naciones. Estos últimos fueron incluidos a última hora ante las protestas de algunos países, porque la letra original del CETA no los contemplaba.

5. Supone el fin del principio de precaución

El principio de precaución es la norma no escrita, o filosofía, que ha guiado hasta la fecha la creación de leyes en Europa, sobre todo en materia de seguridad, salud e higiene. En base quiere decir que es mejor prevenir que curar y que ante una duda, un producto, aditivo, fármaco, etc., debe prohibirse hasta obtener más datos. El espíritu del CETA es: “primero colocamos el producto en el mercado y si da problemas, entonces lo quitamos”, con lo que se asume el riesgo por principio.

6. Pérdida de control sobre el consumo de productos cárnicos

Aquí es donde se explica lo de la carne clorada del titular. Derivado del principio de precaución, en Europa muchos tratamientos de las carnes industriales están prohibidos; tal es el caso de la ractopamina, un fármaco que estimula el crecimiento de los animales, pero del cual se desconoce su efecto en humanos a largo plazo. En Canadá se usa.

En otros casos también hay tratamientos prohibidos porque las encuestas entre los consumidores europeos indican que suscitan fuerte rechazo. Esto pasa con el lavado de las carnes, especialmente de ave, con aguas cloradas para su desinfección. Además la UE tiene dudas de que sea un método eficaz. Pues bien, en Canada es una práctica normativa y las carnes que se exporten gracias al CETA es muy posible que hayan sido lavadas por este método.

7. Entrada de productos hechos con transgénicos aquí ahora no permitidos

Más allá de eventuales polémicas sobre los transgénicos, la realidad es que en Europa muchos no están permitidos y en Estados Unidos y Canadá sí. Esto quiere decir que en estos países hay una producción más potente y pueden vender con precios más competitivos. De este modo, es muy posible que el CETA afecte negativamente a los agricultores europeos a no ser que la UE abra su legislación en materia de transgénicos.

8. Deja la puerta abierta a las compañías mineras canadienses

El CETA implica que el sector minero canadiense, uno de los más agresivos del mundo, pueda entrar en territorio de la UE. De hecho, muchas compañías ya tienen los ojos puestos en diversos puntos de nuestra geografía donde quieren realizar actividades extractivas. Un caso ejemplar es de la mina a cielo abierto de oro Rosia Motana en Rumanía, cuya explotación fue adjudicada en los 90 -época de elevadísima corrupción- a la minera canadiense Gabriel Resources.

Las actividades provocaron problemas medioambientales y se planteó el movimiento de personas desde las localidades vecinas para preservar su salud. Por descontado, el medio natural se vio afectado por los químicos usados en la extracción, sobre todo el cianuro. Todo ello provocó protestas en la zona que fueron creciendo en intensidad y repercusión.

Finalmente las protestas tomaron cariz nacional y el gobierno rumano se vio obligado a suspender la licencia de Gabriel Resources en 2013. La compañía en 2015 denunció a, gobierno de Rumanía ante el banco mundial. Con el CETA, se supone que Gabriel Resources lo tendrá más fácil para seguir con sus actividades.

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