Javier Pérez de Albéniz | cuartopoder.es

En cualquier país civilizado del mundo un político que hubiese sido fotografiado en un yate, navegando junto a un narcotraficante, estaría acabado. En España ese político ha revalidado la mayoría absoluta en su comunidad con mayor número de votos, y se ha convertido en el más probable sucesor del presidente actual del Gobierno. Normal, por otro lado, si tenemos en cuenta que se trata del presidente de un Gobierno corrupto, una “organización criminal” en palabras de la Guardia Civil, que pasará a la historia por dar ánimos y pedir aguante a su tesorero cuando se supo que este último escondía 40 millones de euros en Suiza.

Una siniestra descripción de la situación que debería poner en cuarentena cualquier análisis político de los resultados electorales en Galicia y Euskadi. Antes de felicitar a Feijóo y Urkullu por su éxito deberíamos preguntarnos, una vez más, qué le pasa a este país con la corrupción, por qué somos tan transigentes con la picaresca, de dónde viene la historia de amor de los españoles con la podredumbre.

Decenas de analistas políticos abarrotan las tertulias de radio y televisión, y las columnas de opinión de los diarios, desmenuzando los éxitos de PP y PNV y el fracaso de Pedro Sánchez (por lo visto no ha fracasado el PSOE, solo lo ha hecho Sánchez). No hay grandes conclusiones. No puede haberlas: el desgobierno es la consecuencia de una sociedad enferma, anestesiada y egoísta, incapaz de mirar más allá de su ombligo, de salir a las calles a exigir una democracia auténtica.

El debate en los medios, y en la calle, ya no es social. A nadie parecen importarle el paro, la desigualdad, la pobreza infantil, el desmantelamiento de la sanidad y la educación públicas… El debate es sobre el poder. En el país, en los partidos, en las redacciones, en los bares. Lo cual es una victoria de la corrupción, del bipartidismo o del liberalismo, como usted prefiera llamarlo.

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