Ana Álvarez | Diagonal | 30/09/16

Consumes aceite de palma cada día, pero es probable que nunca lo hayas visto físicamente. Ni sepas que detrás de este producto hay una historia de deforestación, desplazamiento de poblaciones, explotación laboral, inversiones de fondos públicos y grandes beneficios para unos pocos. El proyecto de investigación del colectivo de periodistas Carro de Combate destapa todo lo que hay detrás de este líquido rojo.

“Nos parecía muy interesante hablar del aceite de palma porque es un producto del que la población general apenas tiene información. Parece que no lo consumimos”, explica Aurora Moreno, una de las autoras de la investigación. Ha sido a raíz de un cambio en la regulación europea de etiquetado cuando este producto se ha hecho más visible. “Hasta hace poquito se podía poner en la lista de ingredientes simplemente aceite vegetal. Ahora tienen que poner qué tipo de aceite utilizan. Por eso pensamos que era un momento muy oportuno, porque muchos consumidores se iban a dar cuenta de que el aceite de palma está en todas partes”, explican desde Carro de Combate.

1 de cada 2 productos procesados que encontramos en el supermercado contiene aceite de palma entre sus ingredientes

Lo primero que sorprende es descubrir que la mitad de los productos procesados que consumimos contiene aceite de palma. Lo encontramos en las galletas, chocolates, bollería, dulces, margarina y sopas envasadas, por ejemplo. Pero también está presente en productos de higiene como champú, gel o pasta de dientes, y a partir de él se puede producir biodiésel. Esto nos puede dar una idea de la importancia que esa materia prima ha alcanzado en la economía mundial. “Está muy alejado de nosotros, porque no se produce en las zonas donde vivimos y, sin embargo, lo consumimos masivamente”, destacan las investigadoras.

Pero ¿por qué aceite de palma y no otro? Hace 30 años apenas se producía un millón y medio de toneladas, y hoy en día es el aceite más consumido del mundo, con un tercio de la producción mundial. El cultivo de palma no sólo es sencillo, sino que tiene unos rendimientos por hectárea mucho mayores que otras plantas productoras de aceite, explican. Además, en los países en desarrollo era más fácil y barato continuar ampliando sus cultivos en bosques vírgenes que mejorar la productividad de los que ya había. Por eso la expansión de la palma aceitera se ha dado a costa de bosques de alto valor ecológico, pues ambos necesitan las mismas condiciones climáticas para existir. “La devastación ha sido inmensa en países como Indonesia y Malasia, que controlan, a día de hoy, el 86% de la producción mundial”, apuntan.

La investigación de Carro de Combate ha llevado a Nazaret Castro, Laura Villadiego y Aurora Moreno a rastrear las plantaciones de palma no sólo en Asia, sino también en América Latina y África, para descubrir los impactos de este monocultivo. Ahora presentan sus primeras conclusiones.

Incendios y esclavos

En el sudeste asiático, el cultivo de palma se relaciona con la deforestación, los incendios masivos, las inundaciones y los problemas de abastecimiento de agua. “Indonesia sobrepasó en 2012 a Brasil en la rapidez con la que pierde sus bosques y tiene ahora la tasa de deforestación más elevada del mundo”, indican. 1,7 millones de hectáreas fueron arrasadas en 2015 por unos fuegos que se repiten cada año. “Quemar el suelo es la forma más rápida de limpiarlo. Por eso la utilizan”, explica Laura Villadiego. Y por este motivo Indonesia es, además, el tercer emisor mundial de gases de efecto invernadero, por detrás de Estados Unidos y Brasil.

En cuanto a Malasia, el gran drama tiene el rostro de trabajadores migrantes: “La mayor parte son de Indonesia. Trabajan en situaciones muy cercanas a la esclavitud. Generalmente, estas grandes plantaciones tienen en medio un pueblecito en el que viven. Y en muchos casos no pueden salir de ahí, están literalmente retenidos, y para asegurarse que así sea les confiscan los pasaportes”, explica Villadiego. En el caso de Malasia, estos trabajadores migrantes no tienen derecho a casarse o registrarse legalmente. Generalmente tras 10, 15, 20 años acaban teniendo relaciones con mujeres locales. “Ha nacido una generación completa de niños apátridas que no pueden ser reconocidos legalmente, porque la legislación no lo permite. Algunas estimaciones hablan de incluso 50.000 niños sin nacionalidad por esta cuestión”, denuncia.

En Ámérica Latina, Colombia es el mayor productor, por delante de Ecuador. En estos países, las plantaciones de palma han sido potenciadas desde el Estado, siendo el único cultivo subvencionado. Al no tratarse de una producción tan competitiva en los mercados internacionales como la asiática, lo que intentó la industria palmera fue crear mercados nacionales de agrocombustibles, con un importante apoyo gubernamental. “Se ha publicitado la palma como alternativa a los cultivos ilícitos –coca y marihuana– cuando en realidad no es así. Donde se está plantando palma antes se plantaban cultivos para la alimentación local, como yuca, maíz y árboles frutales”, explica Castro.

Además, este cultivo ha entrado de la mano, en muchos casos, de grupos paramilitares. “En Colombia, el auge de la palma de aceite ha llegado de la mano de la brutal violencia de los paramilitares, que, con total impunidad, sembraron el terror en varias regiones del país a finales de los años 90 y obligaron a desplazarse a pueblos enteros en territorios como el Chocó o Montes de María”, relata Castro. “Donde antes había tierras fértiles para el cultivo de alimentos que convivían en armonía con la vegetación local, ahora hay sólo palma. En esos territorios la palma es, más que un lucrativo negocio –que también–, un modelo para el control del territorio”, explican en su informe.

Pérdida de autonomía

En Ecuador, por su parte, la palma se está promoviendo como alternativa de desarrollo para la selva amazónica. Pero, como denuncia Castro, “cuando la palma entra, no sólo destruye la biodiversidad de ese territorio, también la capacidad de esas comunidades para poder desarrollar sus formas de vida”. La palma necesita muchos nutrientes y tras ella el suelo queda destruido, “difícilmente se puede plantar después ninguna otra cosa”, destaca la investigadora. Con ella coincide Nathalia Bonilla, activista de la organización Acción Ecológica en Ecuador: “Pasados los 25 o 30 años que permanece productiva la planta, los campesinos han perdido la riqueza de su suelo y han visto cómo se contaminaban sus fuentes hídricas al tiempo que han perdido autonomía, porque lo que antes podían vender por sí mismos a los consumidores, ahora sólo tiene un comprador posible: la empresa palmera a la que pertenece la planta procesadora”.

En zonas con un grave problema de desempleo es sencillo convencer a la población: “Esas inversiones llegan con el discurso de fomentar el desarrollo local y crear puestos de trabajo, así que la gente lo empieza a ver como una forma de desarrollarse. Tienen quejas, pero se las callan; no hay un discurso de resistencia”, reconoce Castro. Pero algo no encaja, como explica el profesor de la Universidad Andina Carlos Larrea: “El banano emplea diez veces más trabajadores por hectárea que la palma aceitera. Si lo que se espera es que la palma sea la solución al agudo problema del desempleo en [la región ecuatoriana de] Esmeraldas, la apuesta parece equivocada”.

En el caso de África, aunque se trata del territorio originario de la palma, las grandes plantaciones industriales comenzaron en los últimos diez años. La producción se concentra en la zona occidental, en países como Camerún. La industria ha descubierto un territorio con gran potencial de crecimiento, dado que allí encuentran mano de obra barata, población que conoce cómo trabajarla y gobiernos muy dispuestos.

En contrapartida, “está habiendo una respuesta bastante organizada, en Camerún al menos, de defensores del medio ambiente y de pueblos autóctonos y protegidos, como los pigmeos”. Contra una de las principales empresas francesas del sector, por ejemplo, sus trabajadores se han organizado en seis países y han mantenido reuniones en París con los dirigentes, explica Aurora Moreno.

Entre realidades tan lejanas y nuestra realidad diaria existe una conexión, y es nuestra cocina. Los mayores compradores de aceite de palma del mundo son viejos conocidos en nuestra cesta de la compra: las multinacionales Nestlé y Unilever. “Lo que no nos hace bien no es el aceite de palma en sí, sino esa falta de diversidad y esa manipulación de los alimentos. Nos alimentamos con unos pocos ingredientes, porque son los más rentables y más manejables para la industria”, insisten desde Carro de Combate. ¿Como huir de ellos? La clave, para estas investigadoras, está en cocinar más y comprar menos alimentos procesados. “No digo que comprando alimentos frescos estén ausentes de problemas, pero seguramente van a tener menos”, afirman. En definitiva, cocinar no deja de ser un acto político más.

Cooperación cómplice del negocio

El crecimiento meteórico de la industria palmera ha sido impulsado por las agencias de Cooperación al Desarrollo de diversos países europeos, el Banco Mundial y muchos fondos de inversión, como el Fondo Africano para la Agricultura. Estas instituciones han respaldado supuestos proyectos de desarrollo relacionados con la palma. Así ha sucedido en la isla de Sumatra (Indonesia) o en la R. D. del Congo, donde una empresa financiada por organismos de coopera­ción europeos, entre ellos la AECID española, ha sido acusada de acapara­miento de tierras y explotación de sus trabajadores.

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