Lágrimas de cocodrilo por el TTIP

El estancamiento en las negociaciones del acuerdo comercial entre EE UU y la UE es en parte una victoria de los movimientos sociales. Pero el proyecto de las elites es de mayor recorrido.

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CRECEN LAS ALARMAS POR LA MALA SALUD DEL COMERCIO MUNDIAL Y LA VUELTA AL PROTECCIONISMO 

El presidente chino, Xi Jingping, saluda a Barack Obama en la recepción del último encuentro del G20 este mes de septiembre. Jingping hizo encendidas defensas del libre comercio durante la cumbre. / IIP PHOTO ARCHIVES

Alex Guillamón, Entrepueblos | Diagonal | 29/09/2016

Una de las serpientes de verano de este agosto ha sido la de la muerte del TTIP. El consenso político entre las principales fuerzas políticas y gobiernos europeos en torno a este proyecto de tratado comercial se está resquebrajando progresivamente, en manos de una opinión pública cada vez más alerta y crítica.

Haríamos mal en menospreciar el mérito de conseguir abrir esta grieta en un sistema político tan monolítico, opaco y alejado de la ciudadanía como el que sufrimos en la Unión Europea. Mucho más si tenemos en cuenta que este consenso se había construido, precisamente sobre la base de mantener el tema fuera de la luz pública. Los medios de comunicación habían prestado un gran servicio en este sentido con su silencio o limitándose a reproducir las cuñas publicitarias emitidas desde la Comisión Europea, en base a inconsistentes estudios, sobre creación de puestos de trabajo y crecimiento económico, como “mantras” incuestionables.

Desde la sociedad civil, de abajo a arriba, se ha ido articulando un amplio y diverso movimiento, que ha llegado, con diferentes intensidades, a casi todos los países implicados. Se ha abierto un debate social por fuera y por debajo de la cobertura de los grandes medios de comunicación. Se han recogido 3 millones de firmas. Se han aprobado más de 2.000 mociones municipales y regionales. Se han realizado algunas importantes movilizaciones, cuestionamientos desde diferentes sectores populares, sociales, sindicales, judiciales, institucionales, etc. Se ha puesto en la agenda social la arquitectura del cada vez más abrumador poder económico, político, cultural, etc. de las grandes multinacionales.

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Todo esto es muy importante y se debe poner en valor. Pero que nadie se equivoque: el proyecto que hay detrás del TTIP no nació en junio de 2013 –recordemos Seattle-, con las primeras conversaciones públicas, ni se acabará con el mismo TTIP.

En primer lugar, las mismas voces que hoy se reúnen para velar el cadáver del TTIP, siguen diciendo maravillas del CETA, el tratado idéntico entre la UE y Canadá, que se encuentra en la última fase de aprobación en las instituciones europeas. El CETA permitiría, además, que los miles de empresas de EE UU con filiales en Canadá puedan demandar a las administraciones públicas europeas por normativas que consideren perjudiciales contra sus “legítimas expectativas de negocio”, aunque no se apruebe el TTIP. Al mismo tiempo el TISA, el tratado global para la comercialización de los servicios, va haciendo su trayecto con más discreción.

Pero, en segundo lugar, y mucho más importante, porque las tendencias de los grandes poderes económicos y políticos globales van en dirección totalmente contraria a la del entierro del TTIP. Hace pocas semanas, tuvo lugar la última reunión del G20 en Hangzhou. La crónica del 5 de septiembre de la Agencia France Press (AFP) lo explicaba así: “Hemos acordado (…) apoyar un sistema comercial multilateral y oponernos al proteccionismo, dijo el presidente chino Xi Jingping. Durante la cita, Xi Jinping exhortó a los miembros del G20 a construir una economía mundial abierta y promover la facilitación y liberalización del comercio y las inversiones. El proteccionismo es como beber veneno para saciar la sed, dijo Xi”.

Paradójicamente en este momento no hay en el mundo ningún líder mundial que exprese más clara y directamente los intereses del capitalismo global del siglo XXI que el presidente de la República Popular y del Partido Comunista Chino. Quizá porque su opinión pública se limita al Buró Político del Comité Central, y no tiene que hacer cábalas en base a encuestas electorales, como otros líderes, que piensan lo mismo, pero tienen que darle más vueltas a sus discursos. Este es también el estilo de gobernanza que envidian los directivos de las grandes empresas multinacionales y los poderes financieros.

Pero, antes del momento estelar del camarada Xi como solista, ya había cantado todo el coro. Siguiendo a la AFP: “Antes de la reunión de líderes del G20, los líderes estatales y los jefes de organizaciones internacionales también alertaron en una cumbre empresarial sobre el actual movimiento mundial anticomercial. El primer ministro de Australia, Malcolm Turnbull, apuntó el auge de los llamados populistas en muchos países de medidas proteccionistas y dijo que restaurar la confianza pública en el comercio es un desafío político significativo”.

“El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau (sí, el del CETA), dijo que existe la sensación de que la marcha del progreso se ha estancado y que la preocupación conduce a un proteccionismo anticomercial y antiglobalización desenfrenado, debemos contrarrestar eso, añadió. Más contundente fue la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, que denunció los ataques populistas contra la globalización. Roberto Azevedo, director general de la Organización Mundial de Comercio (OMC), dijo que la retórica anticomercial puede conducir a políticas erróneas y que la comunidad empresarial debe pronunciarse en contra”.

[El presidente en funciones del Reino de España, Mariano Rajoy, también se refirió al peligro de los populismos como freno a la recuperación económica global, pero no es lo suficientemente importante como para que la AFP lo mencione].

El relato hegemónico de las últimas décadas del siglo XX (heredero de la Guerra Fría) fue el de la interrelación inseparable entre capitalismo, democracia y derechos humanos, como el mejor de los mundos “posibles”. Pero en estos momentos las tendencias no van por ahí. Incluso sistemas representativos tan barrocos, oxidados y interferidos por los grandes poderes económicos, como los que denunciamos en la Unión Europea, se han convertido en un obstáculo serio para el crecimiento del comercio, la inversión, el progreso y la recuperación económica global.

El País expresaba esta fatiga democrática de las élites a finales de agosto en un editorial que derramaba lágrimas de cocodrilo por TTIP: “El anuncio del gobierno francés de paralizar el TTIP es una decisión oportunista y electoralista (…) Desde Donald Trump a Marine Le Pen pasando por la izquierda radical, son muchos los que defienden soluciones basadas en el retorno al proteccionismo comercial y la recuperación de una soberanía inexistente. Pero … Europa no puede desentenderse de un proyecto fundamental (el TTIP), por muy impopular que sea”.

En esto coinciden tanto El País -es decir el IBEX35- como el camarada Xi, como el resto de líderes políticos y económicos reunidos en la cumbre del G20: las cosas realmente importantes, como el TTIP, no se pueden dejar a decisión de la gente, es decir, en manos de la soberanía popular. Reivindicar la soberanía popular es populismo. Estas cosas deben decidirse en espacios limitados a la gente que realmente sabe lo que conviene a todos. Ellos lo tienen cada vez más claro. Ahora falta saber qué pensará el otro 99%.

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