No comemos sano… y la responsabilidad no es (sólo) nuestra

Etiquetado entendible para la mayoría, control de la publicidad e intervención en el sistema de precios son las tres principales propuestas de políticas públicas para mitigar los efectos de una alimentación basada en "venenos" como los azúcares añadidos, las grasas insalubres y el sodio.

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Las técnicas de marketing son fundamentales para mantener a una mayoría de niños y niñas “enganchados” al azúcar. / THOMAS HAWK

Pablo Elorduy | Diagonal | 29/09/16

El 70% de los alimentos que consumimos son procesados y ultraprocesados. El aumento de este segundo tipo de alimentación, basada en productos sin beneficios nutricionales fabricados para su conservación a largo plazo, ha sido del 43,7% en los años que van desde 2000 hasta 2013. A través de este tipo de alimentos “viajan” ingredientes perjudiciales para la salud, principalmente azúcares añadidos, grasas insalubres y sodio (sal).

Estos tres componentes, presentes en las marcas de snacks, dulces, refrescos o comida precocinada más vendidas, son los principales responsables del deterioro de la salud y la calidad de vida que se ha producido en los últimos años. Es lo que dicen los responsables del informe Viaje al centro de la alimentación que nos enferma, con el que se abre la campaña Dame Veneno, de VSF Justicia Alimentaria Global, presentada hoy en Madrid.

Javier Guzmán, director de VSF, conocida antes como Veterinarios Sin Fronteras, ha sido uno de los encargados de presentar los resultados del informe. Su dictamen es que cada vez más alejados del derecho a una alimentación saludable. Los impactos de la alimentación insana son rotundos: cada año se producen hasta 90.000 muertes. Entre el 40 y el 55% de las dolencias cardiovasculares, un 45% de los casos de diabetes y entre el 30 y el 40% de los casos de cáncer –especialmente de colón y de estómago– son la factura de años de alimentación basados en la llama “comida basura” o “comida chatarra”.

Los principales efectos son el sobrepeso, el 39% de la población adulta puede desarrollar enfermedades relacionadas con sobrepeso, la obesidad (que afecta a un 23% de la población), la diabetes y otros transtornos derivados de la mala alimentación, como la bulimia y la anorexia. El impacto, señalan, es especialmente agudo en los menores, “colgados” del azúcar desde los primeros meses a partir de productos destinados a la infancia y mediante técnicas de márketing que ven en la infancia un público fundamental.

La cuestión de clase, dicen los responsables de Viaje al centro de la alimentación que nos enferma, es un factor clave a la hora de sobrevivir a la comida chatarra. Si usted es una persona con alto nivel adquisitivo y si es un varón tiene más probabilidades de salir indemne de la malnutrición denunciada por la campaña Dame Veneno. “Las personas de clase alta comen mejor. Las clases populares estamos enfermando por un problema de acceso”, ha indicado Javier Guzmán. La “zona cero” de la mala alimentación son las mujeres de clases populares, ha expuesto Ferrán García, corresponsable del informe.

“Los alimentos que podemos considerar más sanos cada vez son más caros y los menos sanos, más baratos”, sostiene Guzmán, para quien las soluciones pasan por medidas fiscales.

Para Guzmán, el problema de la mala alimentación se debe abordar desde los precios: “Necesitamos reversión política, necesitamos una política fiscal alimentaria basada en objetivos de salud. Gravar los alimentos insanos y baje impuestos a alimentos sanos”.

Otras medidas que influyen en el auge de estos productos y la caída de nuestro nivel nutritivo son el etiquetado –las organizaciones de consumidores piden un modelo entendible que señale la presencia de azúcares, grasas y sodio– y la publicidad. Ferrán García cree que los anuncios están “descontrolados” y que el código ético autoimpuesto por la industria –llamado PAOS– no está cumpliendo con los mínimos de información que se requieren para hacer frente a lo que se ha calificado como la pandemia (y el negocio) del siglo XXI.

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