El Nobel Joseph Stiglitz predice la muerte del euro y Almunia se niega a ir al entierro

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Juan Carlos Escudier | Cuarto Poder | 06/10/2016

Llegó ayer el Nobel Joseph E. Stiglitz a Madrid a hablar de su libro (El euro. Cómo la moneda común amenaza el futuro de Europa) y lo hizo en un acto en el que participó el ex secretario general del PSOE y ex vicepresidente de Comisión Europea, Joaquín Almunia, que fue allí a hablar contra el libro de Stiglitz, moderados ambos por el nuevo jefe de Opinión de El País, José Ignacio Torreblanca, que simplemente fue a hablar. Y así se pasaron casi dos horas de amigable charla.

Stiglitz estaba muy feliz porque había descubierto que en España se le llamaría “Pepe Stiglitz” y sus acompañantes también eran felices por otras razones. Almunia, por ejemplo, debía de alegrarse de que en un foro semejante nadie pudiera preguntarle por el PSOE, por Sánchez o, incluso por Borrell, asuntos sobre los que, a diferencia de otros dinosaurios de su partido, ha mantenido un respetuoso silencio. Torreblanca quizás sintiera alivio porque aquel no era el lugar más adecuado para dar cuentas de cómo se perpetró el editorial de su periódico contra Pedro Sánchez y si los insultos del texto, contra el que expresó su queja el consejo de redacción del diario, salieron de su pluma o del dictado de otro y él se limitó a pasarlos a máquina. Así que todos contentos.

Estábamos en el euro. El Nobel, la verdad, es que se la tiene jurada a la moneda única y lleva tiempo prediciendo que no durará mucho. Lleva razón en que su nacimiento ya fue defectuoso porque carecía de las estructuras necesarias para ser eficaz, en que eliminar sin más los tipos de cambio y de interés puede ser nefasto ante las crisis, o en que algo falla en un sistema que ante un shock económico los países ricos lo son aún más y los más pobres se hunden porque el dinero huye de los segundos hacia los primeros como alma que lleva el diablo.

Stiglitz parte de un axioma indiscutible: si un país tiene superávit, otro tendrá déficit. Y esto en Europa es un drama porque el de Alemania, que duplica al de China, es una fuente de inestabilidad para sus socios, a los que además se les limita tanto en el déficit (3%) como en la deuda (60% del PIB). Sin un impuesto al superávit, algo que ya preveía Keynes en los años 30, o sin un estímulo a la demanda interna, los efectos son desastrosos para los vecinos. Para entendernos, si Alemania con compensa su superávit subiendo precios y salarios, los demás tendrán que bajarlos, como aquí bien sabemos.

En la crítica a Alemania fue en lo único en lo que estuvo de acuerdo con Almunia, que alguna mala experiencia ha tenido que tener con los teutones. “Es muy complicado discutir con los alemanes porque sus ideas no son liberales ni keynesianas sino alemanas”, explicó el español, para quien el euro, que nació como una necesidad y una compensación a Francia tras la caída del muro y la unificación alemana, es una fuente de beneficios tanto económicos como políticos aun con todas sus imperfecciones.

El debate no es que fuera apasionante pero tuvo su aquel. Mientras el exjefe del equipo de asesores económicos de Clinton mantenía que sin solidaridad, sin una garantía común para los depósitos bancarios, sin mutualizar la deuda de los países miembros o sin prestaciones por desempleo uniformes, el euro está condenado a ser un simple objeto de numismática, el excomisario europeo le replicaba que ya se estaba trabajando en ello. Lo que para Stiglitz eran fallos estructurales para Almunia eran políticas equivocadas. Si el estadounidense afirmaba como estaba obligado dado el título de su libro que el euro era una amenaza y que, llegado el momento, lo mejor sería abandonar el barco ordenadamente en vez de saltar por la borda, Almunia insistía en que la moneda única era un matrimonio de por vida, como los de antes.

Había quien esperaba en que ya que estaba en España el Nobel se explayara sobre su reunión en Nueva York con Pablo Iglesias, de la que el líder de Podemos salió diciendo que había recibido sus bendiciones, o que al menos pusiera a caldo al PP, del que alguna vez ha responsabilizado de la bancarrota española.

A lo más que se llegó fue a una discusión sobre el exministro de Economía griego Varoufakis, “un buen economista” y mucho más atinado que el responsable alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, en opinión de Stiglitz, y poco menos que un piernas que pensaba que podía exigir al resto de países renunciar a sus respectivas soberanías nacionales “para que él pudiera dar conferencias de mayor”, en palabras de Almunia.

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