Pedro Sánchez quiso rendirse pero no le dejaron: “Le quiero muerto hoy”

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Juan Carlos Escudier | Cuarto Poder | 08/10/2016

De la caída de Pedro Sánchez, que ha sido algo menos sangrienta que la de Roma a manos de Alarico pero igual de ruidosa, se ha obviado un pequeño detalle de importancia. El alto y guapo secretario general llegó a la batalla con la bandera blanca en el bolsillo y si no pudo rendirse fue porque sus adversarios tenían la consigna de no hacerle prisionero. Lo de Sánchez ha sido muy romano. Si allí el godo se llevó a la chica, Gala Placidia, la hermanastra del emperador Honorio, en Ferraz la sultana Díaz le hizo una caidita de ojos a Antonio Hernando, el portavoz de Sánchez en el Congreso y, tras abrazarle en plena refriega, esta semana le ha recibido discretamente en San Telmo, su palacio de Sevilla, se supone que para darle muestras de su consideración más distinguida. Como Alarico expiró pronto, Gala acabó desposada con su cuñado Ataúlfo, que siempre hay un cuñado a mano cuando se le necesita. De los amores entre Díaz y Hernando pronto tendremos noticias.

Decíamos que Sánchez llegó dispuesto a rendirse pero no le dejaron. Su propuesta era decretar un ‘pelillos a la mar’ que pasara el tippex sobre las 17 dimisiones de la Ejecutiva y sobre el Congreso extraordinario, de manera que un nuevo Comité Federal decidiera la línea a seguir por el partido en la formación del nuevo Gobierno. Se decidió entonces enviar un emisario al cuartel general de los críticos para informarle de los términos de la capitulación. La elegida fue Francina Armengol, presidenta de Baleares, por eso de situar frente a la andaluza a alguien de su mismo rango. Tras escuchar la oferta, Susana Díaz despejó la incógnita: “Oye Francina, veo que no te has enterado. Yo a éste (por Sánchez) le quiero muerto hoy”. Del resto de lo sucedido, las crónicas ya han dado fe extensamente.

Ahora que a Sánchez le han hecho héroe o mártir, según se mire, y que un sector importante de la afiliación le ha puesto en un pedestal y le reza el ‘no es no’ como un padrenuestro, no está de más indicar que su estrategia interna ha sido tan errada que, en comparación, una escopeta de feria pasaría perfectamente por un rifle de precisión. Por resumirlo, Sánchez ni conocía su propio partido ni sabía cómo funcionaba y, lo que es peor, nunca ha querido aprenderlo o no le ha dado tiempo a hacerlo, estando como ha estado en los dos últimos años escapando de una emboscada tras otra hasta que se le acabaron las vidas al gato.

Como en todo, hay que empezar por el principio. La estructura de poder del PSOE es un auténtico disparate. Por un lado mantiene un sistema clientelar para elegir a los dirigentes en todos los niveles de la organización. Así, los presidentes provinciales alcanzan su puesto después de repartir o prometer prebendas entre los suyos. Éstos a su vez llevan a los delegados que designarán a los barones y éstos finalmente, usarán a esos mismos delegados en los congresos nacionales para imponer su cuota de poder en la Ejecutiva federal. En definitiva, quien controla las provincias tiene en su mano al partido.

El sistema pervive junto a otra fuente de legitimidad mucho más reciente y completamente distinta. Tras el anuncio de dimisión de Rubalcaba, todos los ojos se volvieron hacia Eduardo Madina para que, superada su ciclotimia, se hiciera con las riendas del PSOE. Después de pensárselo mucho –al parecer se fue a Marrakech a meditar y hasta allí se desplazaron Felipe González y Zapatero, cada uno por su cuenta, para convencerle de que diera el paso-, el vasco impuso como condición que la elección del secretario general se hiciera con el voto directo de la militancia. Y ahí se jodió el Perú.

Aquello fue su ruina, porque los barones y sultanas, que no es que sean muy espabilados pero tampoco son completamente idiotas, se dieron cuenta de que si eran los afiliados los que decidían quién ejercería el liderazgo, su capacidad de influencia quedaba reducida a la insignificancia. De ahí que traicionaran a Madina, a quien le habían prometido su apoyo incondicional, y se volcaran con el otro candidato, Pedro Sánchez, al que suponían una marioneta manejable y del que creían poder prescindir como un kleenex cuando Susana Díaz se calzara las botas de siete leguas para atravesar Despeñaperros e instalarse en Madrid. La jugada salió a pedir de boca y Madina sufrió una humillante derrota, herida por la que aún respira y que le ha hecho alinearse con sus matarifes para darle de beber a Sánchez de su propia medicina.

Sánchez era el tonto útil pero en algún momento debió de pensar que no debía nada a nadie porque, al fin y al cabo, quienes le habían elegido eran los militantes y no los barones. Su gran error fue que lo pensó tarde y para entonces el cáncer ya se había instalado al lado de su despacho. Embriagado por el cargo, que pese a todo aún viste bastante, subcontrató la formación de su Ejecutiva y dejó que fuera Antonio Hernando, el del abrazo, el que se encargara de pagar las facturas que las Díaz, Puig y demás aristócratas le pasaron al cobro. Hernando pagó sin rechistar y llenó la dirección de potenciales traidores hasta el punto de que un nido de víboras hubiera sido un lugar más agradable para pasar las tardes de los domingos.

La cosa aún hubiera tenido arreglo si en estos años el chico del ‘no’ hubiera obrado con inteligencia y, al margen de los barones, se hubiera ganado el favor de los presidentes provinciales del partido que, en su modestia, son los que realmente cortan el bacalao y los que podían cortar la hierba bajo los pies a los señores feudales. No lo hizo o no lo hizo con el empeño suficiente y por eso hace siete días le llevaron a enterrar.

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