Doraimon, azúcar, grasas y graves problemas de salud

La población infantil está sobreexpuesta a alimentos de baja calidad nutricional. La falta de un etiquetado coherente y claro, la publicidad agresiva y una política de precios que aleja a las clases populares de la alimentación más sana influyen decisivamente en el aumento del sobrepeso y la obesidad, factores de riesgo para el desarrollo de enfermedades.

158
Los alimentos de comida rara combinan azúcares, grasasinsalubres y exceso de sodio / DAVID FERNÁNDEZ

Pablo Elorduy | Diagonal | 16/10/16

Si nos tenemos que enfrentar en soledad a los peligros de la mala alimentación infantil, el investigador Ferrán García lo tiene claro: mejor crear un cisma y apagar la tele a la hora a la que ponen Doraimon antes que permitir que los anuncios de alimentos insanos influyan decisivamente en una criatura vulnerable ante los estímulos combinados de azúcar, grasas saturadas y dibujos animados.

Por fortuna, no nos tenemos que enfrentar a estas situaciones en soledad. Por desgracia, la ventaja que la agroindustria ha obtenido sobre los hábitos de consumo de la infancia en los últimos 30 años es abrumadora. Ferrán García, investigador responsable de Viaje al centro de la alimentación que nos enferma, el informe que abre la campaña Dame Veneno, de VSF Justicia Alimentaria Global, cree que hay que revertir, mediante políticas públicas, un sistema alimentario que nos condena a más enfermedades cuanto más vulnerables y precarios dependientes somos.

Los responsables del informe señalan tres actuaciones básicas para comenzar a revertir el problema de la mala alimentación: el control, que no autocontrol, de los grandes anunciantes alimentarios; una política decidida de información en el etiquetado de los alimentos y una intervención sobre los precios, para encarecer el precio de los productos más insanos y abaratar el de los más nutritivos.

La transición alimenticia

El vertiginoso cambio de las dietas básicas en el mundo –provocados por la transformación industrial de la agricultura– ha supuesto también el aumento de las enfermedades relacionadas con el sobrepeso y la obesidad: especialmente las dolencias cardiovasculares, los tipos de diabetes no congénita y determinados tipos de cáncer. Los responsables no humanos son los azúcares, el sodio –presente, pero no sólo, en la sal– y las grasas insalubres, especialmente las grasas trans.

Como explica García, a menudo somos conscientes de qué efectos tienen esos ingredientes sobre nuestra salud, pero no sabemos que cada vez los consumimos más. Hasta el punto de que el 70% de nuestra dieta se basa en alimentos procesados o ultraprocesados. “En ese vehículo es donde va la sal, donde va el azúcar, las grasas no saludables, etc”, apunta este investigador. Mire a su alrededor. Si ve envases, las migas de un aperitivo o un bollo, latas de refresco, bolsas de pipas o dulces, platos precocinados, bricks de sopas o pizzas congeladas, está usted en el centro de la alimentación que nos enferma.

A lo largo de la historia, señala Ferrán García, “ha habido transiciones nutricionales –se ha comido más o menos carne, legumbres, etc–, lo que hace distinta esta transición del resto es la velocidad y la magnitud, porque se ha extendido rápidamente a enormes capas de la población”. Si quieren un titular, García lo resume: “Hoy en día no nos alimenta el campo, ni los agricultores, nos alimenta la industria”.

La especialización de los países europeos en el sector ganadero ha favorecido esta transición, especialmente mediante la Política Agraria Comunitaria, principal partida presupuestaria común a la UE. Carnes y lácteos han ganado la batalla sobre los cereales para consumo humano, las legumbres, las frutas y las hortalizas, que, en consecuencia, cuestan más dinero.

La influencia del tipo de alimentación del siglo XXI, no obstante, aún no se ha notado en toda su crudeza en la salud pública. Las repercusiones de la “dieta de los tres venenos” no han llegado por un tema temporal. Esa población aún no ha llegado a la edad en la que comienzan a manifestarse las enfermedades asociadas al exceso de azúcares, de sales y de grasas insalubres, con las dolencias cardiovasculares en primer plano. “Hay un montón de proyecciones que nos anuncian cómo será el panorama sanitario cuando esta población adulta entre en la edad en que se manifiesta todo esto”, apunta García.

No hay que esperar a que este tipo de dieta sea la que llene las consultas para percibir que los problemas crecen. Se ha producido un aumento significativo de diabetes infantil no congénita que tiene que ver con el aumento del consumo de azúcares. “Hay diabetes nutricional infantil justamente por excesos de picos de azúcares que van ‘cascando’ poco a poco las células del páncreas que fabrican la insulina”, explica este investigador.

Además, se produce un efecto rebote, relacionado con la mala nutrición y que toma forma de transtornos alimentarios como la anorexia o la bulimia, que afectan a 200.000 personas en todo el Estado. Transtornos que confirman la idea de que la alimentación no es una cuestión independiente, sino que está completamente relacionada con el entorno y con aspectos psicosociales.

Máxima audiencia

En España, la autorregulación por parte de la industria y los canales de TV se plasma en el Código PAOS (Publicidad, Actividad, Obesidad y Salud), un código que “solamente cumple un pequeño espectro de la publicidad infantil y que contiene numerosas y evidentes vías de escape y excepciones que puede usar la industria alimentaria”. Además, “se incumple sistemáticamente”, dicen los autores del informe.

El horario infantil es especialmente sensible para una publicidad que se salta sus propias normas –como no aprovecharse de la imaginación infantil o crear expectativas inalcanzables, no utilizar figuras de confianza o admiración de las criaturas para persuadirles de una compra, etc–. Por eso, la Organización Mundial de la Salud insiste en que la calidad nutricional sea el aspecto clave que se controle en los anuncios destinados al público infantil, pero de momento sigue funcionando, en una mayoría de países, el modelo de autorregulación. “No hay protección de una población vulnerable como es la infantil ante la publicidad alimentaria. De hecho es al contrario, la industria alimentaria se ceba en esta población que da mucha rentabilidad, y un consumo fácil, muy directo”, subraya García.

No obstante, el principal factor limitante de una alimentación sana no son los antojos de los pequeños consumidores sino los precios. Comer sano es más caro. Para seguir la pirámide nutricional recomendada, los hogares con ingresos mensuales por debajo de 500 euros tendrían que gastar un 51% más de lo que gastan en alimentación. “Hay un sesgo de clase abrumador –denuncia Ferrán García–, los hijos e hijas de las clases populares van a vivir menos y van a vivir peor. A nivel monetario, las clases populares no pueden comer sano”.

Impuestos sobre el ‘veneno’

Las propuestas de este equipo de investigadores pasan por manejar vía impuestos los precios de determinados elementos –“no tiene sentido que un Kit-Kat tenga el mismo IVA que una pera”, apunta Ferrán– y facilitar mediante políticas públicas el acceso físico a la alimentación sana y de proximidad. La vicepresidenta de la Confederación de Consumidores y Usuarios (CECU), Ana Echenique, introduce la idea de incluir un “impuesto sobre el azúcar” como los que ya han introducido México o el Estado de California por su “efecto pedagógico”, pero lamenta que no hay voluntad política para atajar este problema, “no la hay en toda Europa”.

La situación en los comedores escolares muestra la poca atención que se ha prestado a la educación alimentaria. “No hay una directriz clara”, señala Ferrán García, quien cree que a pesar de que muchos colegios cuentan con nutricionistas, se abusa de los fritos, las carnes y los lácteos. Además, las máquinas de vending se extienden ya al 17% de los centros de secundaria, mientras que la mitad de estos institutos no tienen fuentes de agua.

José Luis Pazos, presidente de la Confederación Española de Padres y Madres del Alumnado (CEAPA) reivindica “comedores escolares con cocina, alimentos ecológicos y trabajadores públicos”, ante la expansión de los servicios de catering y la llamada línea fría por la que han optado muchos colegios públicos. “La alimentación forma parte de la educación”, concluye Pazos. Algo que saben bien las empresas que anuncian sus postres a la hora que empieza Doraimon.

La transición vista por los alimentos

En los últimos 40 años se ha producido un giro vertiginoso en el consumo de los diferentes tipos de alimentos. Se ha reducido en 60 kilos por persona y año el consumo de patatas, en 50 el de trigo y ha aumentado en 40 kilos nuestro consumo anual de carne de cerdo (y en 60 litros el de cerveza). Pero estos datos no permiten ver el bosque de este cambio de época. “Explica mejor lo que pasa el consumo excesivo de alimentación procesada y la composición nutritiva (sal, grasa y azúcares) de esta alimentación procesada, que el hecho de que haya subido o bajado el consumo de las legumbres, la fruta, la verdura o las carnes”, argumenta Ferrán García de VSF Justicia Alimentaria Global.

Comentar con Facebook ()

Comentar (0)

DEJA UNA RESPUESTA