El saleroso teniente de alcalde de San Sebastián, la indigencia, y una cuestión de cultura

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No tengo demasiado claro si resulta más triste la absurda excusa utilizada por Ernesto Gasco, el exdiputado y actual teniente de alcalde de San Sebastián, para limpiar su propia miseria moral, o el hecho en sí de haber encontrado motivos para presumir de ingenio con una situación como la que a él le ha hecho tanta gracia. Será porque sus huesos no sufrían el pavimento ni su piel el frío y la humedad de la intemperie. De todas formas hay que ser muy cretino para una cosa y para la otra.

Resumiendo, hace un par de días, el susodicho subía a la red social Instagram (una ‘comunidad’ pensada para publicar imágenes tomadas con el móvil a las que se puede añadir comentarios) una instantánea de alguien que dormía en una plaza y acompañaba la misma con la pregunta: “¿Servicio de habitaciones?”.

Se intuye que al edil le pareció curiosa la composición o el hecho de que el presunto indigente contase con una maleta con aspecto de calidad. Quizá no sepa que muchas personas se desprenden de enseres en perfecto estado que sí son aprovechables para otras personas, o que hoy la calle acoge también a quienes tiempo atrás sí podían permitirse algo así. Y que por tanto el hecho de tener una maleta presentable no se presta a equivalencias.

Si me centro en este detalle es porque fue el propio Ernesto Gasco el que en respuesta a un comentario que le afeaba el suyo, se disculpaba de esta guisa:

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Es igualmente sintomático que lo califique como ‘turista’. Debe ser que como todos sabemos lo primero que se hace cuando uno va de turismo es meter mantas, una almohada y un brick de vino en la maleta. Y esto es lo preocupante, que la mayoría de los políticos vivan en otro mundo.

Lo que ya ha pulverizado el récord del ridículo es que se atreviera a responsabilizar a su ‘community manager’ de publicar esta imagen (qué lujo eso de que hasta un edil disponga de estos servicios). Quizá hubiera colado si fuera twitter o facebook, pero no hay red más personal que Instagram, que está pensada para subir imágenes tomadas con el propio móvil. Y más después de haberse delatado al disculparse con otro usuario.

Estoy seguro de que él, pese a haberse visto obligado a excusarse, no comprende la gravedad de su ‘broma’, máxime en un ‘socialista’. Porque esto significa, o bien que es un repugnante clasista, o que no se ha acercado a la calle que pisan las mayorías. Y es imperdonable en los dos casos. Pero de dimitir ni palabra, por supuesto.

Es una cuestión de cultura. Aquí el honor ya no existe, está tan desaparecido como lo está la empatía y la solidaridad. Y esta degradación ética alcanza al grueso de una sociedad acostumbrada a que la perversión sea la norma, a que cuanto más arriba estás, más ladrón, corrupto y sinvergüenza eres. A que el ‘primero de los españoles’ sea el más canalla de todos, y de ahí para abajo se contagie la sinrazón convertida en el sentido común de un pueblo. A que cuando la epidemia llega a una conversación de bar alguien diga: “yo también lo haría”.

Por eso nos llama la atención que un ministro en Japón dimita avergonzado y entre lágrimas porque uno de sus colaboradores ha amañado un contrato de obras a cambio de 90.000 euros o porque lo haga una diputada alemana que había mentido en su currículum.

Puede ser verdad que, por desgracia, toda construcción de carácter colectivo suele partir del ejemplo legitimador de los más visibles, de los que tienen más poder y repercusión pública. Pero por cierto que pudiera ser, no nos convierte en inocentes. Nuestro límite de aceptación no tiene ningún sentido; ni siquiera quedaría legitimado por la ignorancia extrema. Si tenemos los dirigentes políticos y la clase empresarial que tenemos es porque una gran parte de la sociedad no solo no desaprueba ciertas repugnantes conductas sino que las premia con su voto. Y el resto, los que no estamos de acuerdo, tampoco hacemos todo el ruido que podemos.

Hoy mismo, este personaje tan chistoso, Ernesto Gasco, debería abandonar su cargo. Y como él, la práctica totalidad de los dirigentes políticos de este país. Pero eso no ocurrirá mientras asistamos a la tragicomedia desde el sofá esperando milagros. Más pronto que tarde, si de verdad pretendemos cambiar algo, habrá que volver a la calle, y no abandonarla hasta que todos estos sinvergüenzas se vayan, digan lo que digan unas urnas que hace mucho tiempo que no son sinónimo de democracia en un país en el que los corruptos controlan la educación, los medios de comunicación, y con ello nuestro sentido de la decencia.

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1 Comentario

  1. Aplaudo todo el artículo, Paco, y abundando en lo de “premiar con el voto ciertas repugnantes conductas”, sinceramente creo (así aligero un poco mi vergüenza ajena) que muchos de esos “votos”, no son tales, sino el resultado de unas delictivas prácticas ocultas en los cómputos electorales, llevados a cabo por estos gobernantes, que no reparan en nada para conseguir sus miserables fines

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