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Lina Gálvez | El Diario | 16/10/2016

Correa ha comenzado a largar de la manera más natural, como si estuviera representando una obra mil veces ensayada en las largas horas de encarcelamiento. Pero en su perorata falta algo. Y no es poco.

Correa habla de los intermediarios, del tesorero, de personas con responsabilidad política a nivel municipal o autonómico, de comisiones y de tramas pero todo ese entramado no se puede entender sin tener en cuenta que las licitaciones y, en general, las grandes decisiones que podían dar lugar a los actos concretos de corrupción se tomaban en los ministerios.

Y sin tener en cuenta que una trama de las características de la que ha destapado Correa no pudo llevarse a cabo sino en el marco de un ecosistema concreto poblado de especies y condiciones de vida específicas. En el seno de un modelo que no sólo está poblado por corruptos sino que es intrínsecamente corrupto y que, para que funcione, debe estar basado en una democracia de baja intensidad.

Un modelo en el que no sólo operan los pillos a los que se refiere Correa: el conseguidor que se llevaba su comisión, el político que la propicia y que financia ilegalmente para que su partido realice mejores campañas más costosas y mantenga a más pillos que desarrollan tal modus operandi.

Un modelo en el que además y sobre todo están las élites que pueblan las cimas del poder, los grandes grupos económicos del país, principalmente constructoras y banca, que son quienes en realidad hacen caja en grandes cantidades gracias a las decisiones de los políticos y a la deuda y para quienes la corrupción no es sino un simple peaje, un coste menor que pagan como pagan el sueldo de cualquier otro de sus empleados, con poco gusto porque merma las cuenta de ingresos pero sabiendo que sin él éstos serían mucho menos exiguos.

Ahí está el quid de la cuestión y no en la trama al por menor que relata Correa.

No nos confundamos. La corrupción de los últimos años no es el producto desgraciado de que la política española esté en manos de unos cuantos corruptos. No. Es algo más. El dinero para financiar la burbuja en la construcción y en las obras públicas y la deuda gigantesca que vino de su mano y que han alimentado la corrupción eran y siguen siendo el gran negocio de nuestras élites.

Y por eso, lo que habría que hacer ahora no es solo denunciar y atrapar a un saco de chorizos sino erradicar ese modo de entender la economía que nos empobrece a la mayoría y que implica y necesita, como es lógico, que vivamos en una democracia que no lo es, precisamente para que no se pongan en cuestión los privilegios corruptos de esos grupos de poder

Acabamos de conocer los últimos datos de la Red Europea por la pobreza que proporciona el indicador AROPE (pobreza, intensidad laboral, y privación material), según el cual en España hay 3.543.453 de personas viviendo en pobreza severa, es decir, con menos de 333,8 euros mensuales. Según los últimos datos del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), una cuarta parte de los empleos creados en el pasado mes de septiembre tienen una duración de una semana o menos, con lo que el peso de este tipo de contratos se ha duplicado respecto al que suponía antes de la crisis.

Y un reciente informe de la conferencia de rectores de las universidades españolas constata que el gasto en becas en España es nada más y nada menos que un 46% menor que la media comunitaria y que la cuantía de media por alumno de las becas se sitúa en 2.637 euros, un 20% por debajo de los 3.256 euros del curso 2012-2013, antes de que entrara en vigor el nuevo modelo de ayudas establecido por el exministro de Educación de Rajoy, José Ignacio Wert.

Son los últimos datos de una auténtica catástrofe social que es la otra cara de la Gürtel, de los Correa y de todos demás los personajes que lo que en realidad hicieron fue ayudar a recortar un traje económico diseñado para que las élites acumulen cientos de miles de millones de euros de beneficios y cada vez más poder político y mediático a costa de la gran mayoría de sus compatriotas.

Los estudios que unen la corrupción con el desempeño económico de un país son concluyentes y evidencian que la corrupción afecta negativamente el desarrollo económico en el medio y largo plazo, a la igualdad y a la calidad de la gobernabilidad y al entorno institucional de un país, además de tener impactos muy negativos en la inversión, la tributación, el gasto público y el desarrollo humano.

Ahora se juzga la red Gürtel y la de las tarjetas Black (y veremos a ver cómo acaban estos procesos) pero de momento no hay indicios de que se esté dispuesto o haya condiciones para juzgar lo que les dio origen y lo que de verdad nos amenaza, el modelo de extracción de rentas a base de corruptelas, de deuda y de negocio fácil que impusieron con éxito y defienden con garras prepotentes los grandes grupos económicos y financieros.

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