Un truño viene a verte

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Cartel de promoción de la película de Raúl Arévalo ‘Tarde para la ira’.

DAVID TORRES | Cuartopoder | 

Es casi imposible estos días encender la tele, girar el dial de la radio, abrir el ordenata o salir a la calle sin tropezar con alguno de los reclamos publicitarios de la última película de Bayona, Un monstruo viene a verme. Es una avalancha de propaganda como pocas veces se habrá visto, implacable y avasalladora: lo mismo salta en un pantallazo que la expectora el presentador de un telediario. Este último método ya resulta particularmente obsceno y cansino cuando continúa vigente día a día tanto tiempo después. La primera noticia es que Bayona estrenaba una nueva película; la segunda es que había batido la marca de recaudación; la tercera es que la seguía batiendo, etc.

Es como en uno de esos cuentos de Philip K. Dick donde los anuncios te persiguen por la carretera y se cuelan por la ventanilla del coche, provocando accidentes. En cualquier momento un pregonero submarinista puede emerger del plato de sopa, agarrarte de las solapas y decirte que vayas corriendo a ver la puta película. Pero la única verdadera noticia sería que los pregoneros a sueldo se callaran de una puñetera vez o que hablaran de alguna otra película.

Sin ir más lejos, poco antes o poco después, el tsunami mediático del bayonazo empañó casi por completo uno de los estrenos más memorables del cine español reciente, Tarde para la ira, dirigida con pulso maestro por Raúl Arévalo y con soberbias interpretaciones a cargo de Antonio de la Torre, Luis Callejo, Ruth Díaz, Manolo Solo y el resto del elenco. No se trata de hacer comparaciones entre una y otra porque, por principio, me niego a ver la película, leer el libro, degustar el producto de moda, sin más razones que es lo que tiene que hacer todo el mundo. De inmediato recuerdo aquella sentencia del general Patton: “Si todo el mundo piensa igual es que alguien no está pensando”. Aun así, me juego el sueldo de un mes a que el monstruo más aterrador no está en la película de Bayona -ese ciruelo desarraigado de dibujos animados con la voz de Liam Neeson– sino en la de Arévalo.

No, esto no va de crítica cinematográfica, sobre todo teniendo en cuenta la rendida pleitesía con que la profesión patria ha caído de rodillas ante el autor de dos bodrios tan lacrimógenos y prescindibles como El orfanato y Lo imposible. Iván Reguera, en el blog de aquí al lado, ya comentaba estupefacto el casi unánime aplauso que recibió la película en su estreno en San Sebastián, cuando a él -y a unos pocos francotiradores más- le pareció un insufrible ejercicio de “pornografía sentimental”, lleno de clichés, burdas manipulaciones y trampas. No, de lo que hablo aquí es del modo insoportable en que aceptamos vivir en el mundo feliz de Huxley, un mundo en el que la propaganda ha sustituido al criterio y todos comemos soma a manos llenas, un mundo sin tensión ni disidencia donde la sensiblería reemplaza a la sensibilidad y la mercadería al arte.

La Canica Films (YouTube)

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