| magnet | 31/08/2016

¿Puede tener algo de relación la corrupción en España y el peligroso metro de la Nueva York de la década de los ochenta? Sí, ambos mundos, pese a estar separados por los kilómetros y las décadas, tienen en común mucho más de lo que puede parecer a primera vista.

Lo más interesante de esta relación es que, de cómo se hizo del metro de Nueva York un lugar seguro, podemos aprender una interesante lección para acometer con éxito la aparentemente imposible tarea de atajar los altos niveles de corrupción de España, con el sanitario objetivo de situarlos como mínimo en niveles que dejen al menos de ser cancerígenos (y vergonzantes).

El metro de Nueva York: uno de los lugares más peligrosos de los años 80

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La ciudad de Nueva York era una ciudad realmente peligrosa en los años ochenta. Infinidad de películas de aquella década retratan la peligrosidad que allí reinaba, y cómo la delincuencia campaba a sus anchas en una ciudad en la que muchos barrios estaban prácticamente al margen de la ley. Los neoyorkinos arriesgaban su vida y su cartera con sólo poner un pie en numerosos barrios, como por ejemplo “Hell’s Kitchen”, que hacía honor entonces a la leyenda que dice que su nombre le llegaba por su delincuencia, o también era un deporte de riesgo viajar en el mismo metro de Nueva York.

Pero aquello dió un brusco giro cuando en 1994 Rudolph Giuliani llegó a la alcaldía de la metrópolis. Todos recordarán su famosa frase que resumía el espíritu con el que pretendía meter en vereda la desaforada delincuencia de una ciudad castigada por la criminalidad: “Mano de acero con guante de terciopelo”. A buen seguro esta frase despertará algunas reticencias, puesto que este tipo de soluciones tiene muchos detractores, pero lo cierto es que hay un segundo aspecto de la política de Giuliani menos conocido, pero que en la sombra fue el segundo eje maestro que le permitió tener éxito en la difícil misión que le encomendaron los neoyorkinos.

Si bien es cierto que la tasa de criminalidad neoyorkina siguió la misma marcada tendencia bajista que en las otras grandes metrópolis estadounidenses, donde obviamente Rudolph Giuliani no fue alcalde, en el caso de Nueva York la tendencia es claramente más acentuada que en las demás ciudades. Las cifras que arroja NYC durante el mandato de Giuliani suponen una reducción porcentual de la criminalidad superior al 50%, mientras que en los demás casos la reducción se sitúa claramente por debajo de esta cifra.

El experimento Zimbardo y las ventanas rotas

Obviamente, con Giuliani, la presión policial aumentó considerablemente. Pero la mano dura no es una receta que asegure por sí sola el éxito contra la delincuencia en sociedades democráticas. Durante la alcaldía de Giuliani además se aplicó una interesante teoría psicológica que complementó su política policial. Dicha teoría se basa en un experimento realizado en 1969 por el psicólogo de la Universidad de Stanford, Philip Zimbardo, sobre el cual pueden leer en esta noticia. Pueden tener acceso al capítulo que nos interesa del estudio original en este artículo de investigación que lo reproduce en formato indexable, y para los amantes de los incunables, pueden acceder también al paper original de 1970 en este otro link que incluye el documento original mecanografiado y escaneado. El experimento en cuestión, consistió en abandonar en el Bronx neoyorkino un coche que ya presentaba huellas evidentes de haber sufrido algunos actos de vandalismo. Obviamente, en pocos días, el coche acabó completamente depredado.

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Zimbardo prosiguió con su experimento haciendo lo propio con otro coche en similar estado, pero esta vez abandonado a su suerte en una acaudalada calle de Palo Alto, California. Tras algún efectista “retoque”, este segundo coche acabó en el mismo estado que el primero, con las enormes diferencias que separaban a ambos barrios a casi todos los niveles.

A raíz del sorprendente resultado de este experimento, quedó confirmada la ya entonces famosa teoría de las ventanas rotas, según la cual, en un edificio donde aparece una ventana rota, si no se procede a arreglarla rápidamente, en breve acabarán todas las demás ventanas también rotas, y el edificio acabará por ser depredado. Como concluye el artículo enlazado antes, el mensaje de dejar una ventana rota para los individuos que por allí pasen es claro: aquí no hay nadie que cuide de esto.

Volviendo al caso del metro de Nueva York, desde el ayuntamiento de Giuliani se hizo un esfuerzo no sólo por sacar de la red del metropolitano al grueso de delincuentes que hacían su particular Agosto día tras día, sino que también se realizó una intensiva tarea de limpieza general, borrado de grafittis, buena iluminación, etc.

Se prestó una sutil atención tanto a la criminalidad de mayor orden como a los pequeños detalles, porque la realidad es que las conductas incívicas se contagian a gran velocidad. Y el efecto que consiguió Giuliani fue justamente el deseado. El segundo eje psicológico de su política fue más allá del mero castigo, con la ventaja añadida de que, además, el efecto de esta psicología es preventivo. Es evidentemente más edificante, además de más efectivo, no que sólo que todo crimen tenga su castigo, sino el tener en cuenta que la mejor política de seguridad ciudadana es la del crimen que ni siquiera llega a cometerse.

Y del metro de Nueva York a los cristales rotos de las instituciones españolas

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Y tras la exposición anterior de la consecución de los experimentos, las consiguientes teorías, y la exitosa puesta en práctica en situaciones aparentemente irreconducibles como la de la gran urbe neoyorkina, ¿No hay similitudes entre la situación actual de corrupción generalizada en España y un metro en el que no queda una baldosa sin grafitti y que nadie viene a limpiar? ¿No es posible que el patio de España SA no es que tenga un cristal roto, es que le han apedreado la cristalera entera y está pintado con botes de espray fluorescente hasta el último centímetro?

Efectivamente, la propuesta de este artículo es que la famosa teoría de los cristales rotos es directamente aplicable al sombrío panorama político español: nuestros políticos no sólo no han de corromperse, sino que además se ha de enviar el mensaje claro de que hasta la más minima mácula va a ser diligentemente limpiada, lo que se traduce en que, como mínimo, se apartará al político “pillado” de su cargo.

Nada de esto ocurre en España, y el resultado es que esa sensación de que nadie cuida del patio, hace que se crezcan los corruptos y se adueñen de la escena política. Además, aparte de la teoría anterior de los cristales rotos, me gustaría aquí acuñar una nueva teoría que podemos denominar Teoría del Marido Fiel, y que sin duda tiene también mucha relación con la lacra de la corrupción que sufrimos en España.

La Teoría del Marido Fiel

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Recuerdo cómo hace algunos años un director de recursos humanos de una gran multinacional, cuando estaba yo criticando las prácticas comerciales de algunas empresas que incluyen servicios profesionales de dudosa reputación, me decía que efectivamente ese tipo de prácticas están más generalizadas de lo que parece. Su consejo fue que, en una cena con proveedores, siempre que empezasen a hablar de ir a algún bar con chicas guapas a tomar la última copa, cogiese las intenciones al vuelo, evitase la situación de raíz mejor que tratar de solucionarla a posteriori, y que enseguida dijese que yo estaba muy cansado y que me iba al hotel. Su razonamiento se caía por su propio peso.

En el momento que cometas el error de acudir al bar de “chicas” y veas cómo tus compañeros de trabajo se suben a la habitación con una prostituta pagada por el comercal de turno, el marido fiel que se niega a cometer una infidelidad pasa a ser el enemigo a batir por todos los demás. La indiscutible razón es que, si eres el único que no eres infiel, eres el único que se lo puedes contar a tu mujer, y por lo tanto eres un riesgo mayúsculo para todos los demás. Por ello, en estas situaciones, todo el grupo presiona hasta el límite y más allá, y fuerza la situación para que el marido fiel también caiga; si no lo hace, se le lanzarán directamente a la yugular.

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Esta Teoría sobre el Marido Fiel es totalmente aplicable al mundo de la corrupción, y, en un ambiente de corrupción generalizada, el político que está limpio es el enemigo a batir. Con ello la corrupción política, una vez extendida, es como una pescadilla que se muerde la cola, puesto que, o bien el sistema corrupto hace que todos acaben cayendo, o bien acaba con el que no cae. Y por supuesto, sabiendo lo que hay, además a casi ningún ciudadano honrado se le va a ocurrir ni de lejos entrar en un mundo del que no sólo se siente tremendamente ajeno, sino que además sabe que le va a traer infinidad problemas de extrema gravedad.

Debe haber tolerancia cero con la corrupción. Es importante que nuestras instituciones estén limpias, pero también que lo parezcan. Siempre va a haber cierta corrupción, de hecho ésta existe hasta en las democracias más avanzadas. Pero en estos países que nos llevan la delantera en este tema, y que no llegan ni de lejos a nuestro nivel de corruptelas, en cuanto a un político se le descubre una irregularidad, por pequeña que sea, todos sus compañeros de partido le dan repentinamente la espalda, y es él mismo el que acaba apartándose para siempre de la escena política. Comparando con el caso español, es algo realmente envidiable.

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Acabaré hoy con una famosa cita dedicada a aquellos que, como un servidor, profesen la tolerancia cero con la corrupción, a pesar de que se hayan podido resignar a admitir que siempre va a existir un cierto nivel de corrupción inevitable, que es más bien inherente a ciertas naturalezas humanas. El nobel irlandés George Bernard Shaw dijo una de esas frases para enmarcar: “A los políticos y a los pañales hay que cambiarlos rápido… y por las mismas razones”. El que no lo haga, que no se queje luego del hedor.

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