“Atacar a gente que cobra prestaciones sociales es una opción política”

Paul Laverty, guionista de las películas de Ken Loach, desmenuza 'Yo, Daniel Blake', la última creación de este dúo que se estrena hoy, 28 de octubre.

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ENTREVISTA | PAUL LAVERTY, GUIONISTA DE ‘YO, DANIEL BLAKE’

Ken Loach y Paul Laverty, en el rodaje de ‘Yo, Daniel Blake’.

Andrea García | Diagonal | 28/10/16

En Yo, Daniel Blake, Laverty y Loach muestran la espiral de injusticia y violencia en la que se ven atrapadas miles de personas cuando solicitan prestaciones sociales. Cuando las normas están por encima de las personas, cuando el Estado no sólo no garantiza una vida digna sino que la cercena, la solidaridad entre la gente aparece en esta película como una de las pocas salidas posibles.

Tras ganar la Palma de Oro en Cannes, Yo, Daniel Blake, el último filme de Ken Loach aterrizó en el pasado Festival Internacional de Cine de Donostia y consiguió el Premio del Público. Hoy, 28 de octubre, una semana después de su estreno en Reino Unido llega a nuestros cines. En el Zinemaldia, Diagonal entrevistó a Paul Laverty, guionista de Ken Loach desde La canción de Carla (1996).

“Una película no es un manifiesto. Intentamos contar una historia compleja”

Vuestra película se realiza en un contexto, el británico, donde el ataque a las personas que cobran prestaciones sociales ha sido constante en los últimos años. Un ataque llevado a cabo desde los discursos y medidas adoptadas por los partidos políticos, pero también desde el ámbito cultural, como a través del programa de televisión BenefitsStreet

Es puro veneno. Las campañas de los medios de comunicación y programas como éstos han generado una gran estigmatización hacia las personas que demandan prestaciones sociales. Hay estudios que muestran que la media de la población cree que un 25% del cobro de prestaciones es fraudulento, cuando la realidad es que el fraude es menor del 1%. Es mucho menor que el fraude por impago de impuestos.

Cuando hablas con la gente, te das cuenta que la realidad es muy diferente de lo que aparece en esos programas de televisión. La gente que sufre esta burocracia vive una tremenda presión, miedo y humillación. La película podía haber sido mucho peor, hay casos muy dramáticos. Atacar a gente que cobra prestaciones sociales es una opción política. No se persigue a las empresas que no pagan impuestos, porque son más poderosas. Queríamos ir al corazón de todo esto, hablar de prioridades y también de cómo nos tratamos entre las personas.

¿El objetivo con la película es cambiar la imagen que el público puede tener sobre las personas que se encuentran en esa telaraña burocrática?

Una película no es un manifiesto. Lo que intentamos es contar una historia que tiene diferentes niveles de complejidad. Reflejar una realidad que está escondida. ¿Por qué la gente tiene esa idea tan distorsionada sobre las demandas fraudulentas? Si analizas todos estos programas como Benefits Street, las noticias en los periódicos… te das cuenta de que son campañas de difamación y entiendes algo del porqué de esas percepciones tan erróneas.

En la película, el lenguaje de la burocracia es más que reconocible por cualquiera que haya pasado por las oficinas de desempleo, no sólo en el Reino Unido. ¿Cómo es el proceso que te lleva a crear un retrato tan realista, sin quizás haber vivido la experiencia directamente, pero captando el modo en que la gente es tratada, y las vivencias de quienes sufren esas situaciones?

Si vas a escribir sobre algo, tienes que entenderlo. Me uní a colectivos de activistas que apoyan a personas que viven estas situaciones. Escuchaba sus historias, participaba en las acciones. Conocí la atmósfera de solidaridad y cariño. También conseguimos hablar con trabajadores de las oficinas de empleo y con su sindicato, y supimos de los contratos basura y las presiones que sufren. Conversé con académicos que están estudiando el tema desde una perspectiva más amplia.

Pero lo más importante fue hablar con la gente, ir a los bancos de alimentos, entender sus miedos, el que tengan que alimentar a sus hijos e hijas con galletas para sobrevivir, que tengan que decidir entre tener calefacción o comida… Y todo esto teníamos que simplificarlo en una narrativa de dos horas. Ése fue el gran reto.

El protagonista masculino ha ejercido y en cierto modo ejerce en la historia un rol de cuidador. Una imagen de la masculinidad que no es demasiado frecuente en el cine. Por otra parte, también hay una denuncia de la falta de servicios públicos hacia el cuidado tanto de personas enfermas como de la infancia. ¿Dirías que hay alguna influencia del discurso feminista en tu trabajo?

La verdad es que no lo sé, es una buena pregunta. De lo que sí soy consciente es que habitualmente los personajes femeninos son muy mal retratados. En el caso del personaje de Katie Morgan, quería representar a una mujer que tiene sueños, que es decidida, porque creo que es importante mostrar a personajes femeninos potentes.

La historia tiene el nombre de Daniel Blake porque hicimos esa apuesta, mostramos a alguien que ha trabajado toda su vida, y que es más fácil que esté aislado por la generación a la que pertenece. No es el tipo de persona que va a asambleas o a bancos de alimentos, es muy orgulloso para eso. Creo que, en muchas ocasiones, las mujeres son más abiertas a la solidaridad. Katie Morgan es igualmente importante en la película, y los dos personajes creímos que combinaban bien.

Una de las esperanzas que plantea la película es precisamente la solidaridad entre la gente, cuando las personas dejan de ser burócratas y pueden ver a quien tienen enfrente.

Era importante no estereotipar a quienes trabajan en la burocracia, porque muchas de estas personas también son vulnerables. Viven en un lenguaje orwelliano. Está, por ejemplo, lo que llaman el Plan de Mejora Personal. Si no imponen suficientes sanciones, les meten en ese plan. Si siguen sin sancionar, pueden ser despedidas. Uno de los trabajadores contaba cómo le presionaban para que en las entrevistas se lo hiciera pasar mal a la gente, se metiera en su privacidad, en los detalles más íntimos, incluso sin una mínima sospecha de fraude.

Ésta es una película de denuncia. La realidad está muy bien mostrada, y puede cambiar la percepción hacia un drama social que está sucediendo. Pero a la vez me preguntaba si habrá algún próximo proyecto sobre gente organizada que propone alternativas a esa violencia, que construye algo diferente frente a esa indefensión y ese cabreo.

Bueno, sí hemos hecho alguna película en ese sentido. Pan y Rosas trataba sobre un sindicato en Los Ángeles. Fue muy difícil hacer una película así, sobre mujeres trabajadoras, inmigrantes, que hablan español y se organizan. Eso no quiere decir que no se hagan, pero fue difícil financiarla. Y en cada película intentamos hacer algo diferente. Buscando a Eric era más tipo comedia negra. La parte de los ángeles, una fábula. No puedes hacer todo en cada película, tienes que ser fiel a la premisa y a los personajes. Pero no es una mala idea. ¿Cuál sería la historia? Ahora soy yo quien hace la entrevista…

Y a partir de ahí los roles se invierten. Paul se interesa por las cooperativas de iniciativa social, por las asambleas post 15M, pregunta por la situación política en el Estado español, donde ha vivido por largas temporadas. Habla de la gente que conoce en Edimburgo, jóvenes inmigrantes con mucha formación trabajando en cualquier cadena de fast food. “Se me rompe el corazón, qué vergüenza, con todos los casos de corrupción que aparecen por todos lados”.

Afirma que es comprensible que “la gente estuviera enfadada y tomara las calles”. Y parece relanzar el reto: “Ahora se trata de cómo mantener eso sin caer en el cinismo o en el aburrimiento; mantenerlo vivo, dinámico, es un desafío”.

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