Owen Jonestheguardian | El Diario | 30/10/2016

Casi todos los seres humanos tenemos la capacidad de ser empáticos. Potencialmente, todos podemos sentirnos al menos preocupados, o sentir angustia de verdad, ante el sufrimiento de otros seres humanos. Reconocemos que, igual que nosotros, otras personas tienen inseguridades y ambiciones; nos enamoramos y tenemos relaciones que pueden rompernos el corazón; nos preocupamos por el bienestar de nuestros hijos; decimos cosas de las que luego nos arrepentimos; a veces no podemos dormir por el miedo o las preocupaciones; e intentamos causarles una buena impresión a aquellos a los que admiramos. Vemos cosas en otras personas que reconocemos en nosotros mismos, y eso nos acerca. ¿Pero qué sucede cuando dejamos de ver a un grupo específico de personas como seres humanos?

En  Hombres contra el Fuego, el penúltimo episodio de la extraordinaria serie Black Mirror de Charlie Brooker, unos soldados son enviados a matar unas “cucarachas” terroríficas, con colmillos estilo zombi. Los soldados disfrutan matándolas, incluso algunos parecen sentir cierto placer sexual al hacerlo. Pero resulta que las víctimas son en realidad personas. Luego se descubre que a los soldados se les ha implantado algo que transforma ante sus ojos las víctimas civiles desesperadas en monstruos que no merecen ningún tipo de compasión. Como le dice un psiquiatra militar a un soldado consternado al enterarse de la verdad: “Los seres humanos son empáticos por naturaleza. No queremos matarnos entre nosotros, lo cual es bueno, hasta que tu futuro depende de eliminar a un enemigo.”

Mientras arde el campo de refugiados de Calais, hay pocas personas que quisieran matar a todos aquellos que logran escapar de la guerra, la persecución o las dictaduras. Sin embargo, no tiene sentido simular que la causa de los refugiados cuenta con mucho apoyo. Se trata de un grupo que ha sido deshumanizado sistemáticamente. No son como tú, ni como tu familia, ni como tus vecinos. Se los ve como una masa amorfa compuesta de criminales sin rostro, violadores en potencia y asesinos que nos robarán nuestros hogares, nuestros empleos y  nuestros recursos. Si creyéramos que son como nosotros o como nuestros hijos, no toleraríamos que se ahoguen en masa en el Mediterráneo.

El año pasado, Sky News  tuiteó sobre un migrante que “murió intentando llegar a Inglaterra a través del túnel del Canal en un tren de carga”. Las respuestas no representaban a la mayoría decente: estaban llenas de sentimientos extremos pero de ellos se podía sacar algunas conclusiones. “Lo siento, pero ¿tenemos que sentirnos mal por estos criminales?”, preguntaba uno. “Pues uno menos que llega a arruinar la economía inglesa. No me dan pena,” decía otro. “Casi llega…apuesto que quedó hecho trocitos!!” se burlaba otro. Otros eran más escuetos, con un simple “bien” les bastaba.

Uno siempre intenta pensar que las personas capaces de expresar ese nivel de crueldad, ya no hablemos de llevarla a los actos, son sociópatas. Pero estas personas no son sociópatas. Los sociópatas son una parte muy pequeña de la población. Y hay una gran diferencia entre celebrar la muerte de un extraño en Twitter y llevar a cabo el acto de matar a alguien.

Pero la realidad es que mucha de la violencia en la sangrienta historia de la humanidad no fue llevada a cabo por personas incapaces de sentir empatía. Las atrocidades las cometen personas que, en otros contextos, podían ayudar a un abuelito a cruzar la calle, sonreírle tiernamente a un niño desconocido en el tren, o ayudar a un desconocido en problemas.

Seres inferiores

Durante la guerra de los Balcanes en los años noventa, vecinos, colegas, incluso amigos se asesinaban los unos a los otros. No importaba quiénes eran: eran miembros de un grupo que, se creía, representaba una amenaza existencial para su comunidad. El colonialismo occidental se basó en no ver a los oprimidos como seres humanos. Pseudocientíficos y antropólogos desarrollaron teorías que presentaba a los africanos como seres inferiores a los europeos. Hasta 1967, los aborígenes australianos estaban enmarcados bajo la ley nacional de “flora y fauna”: eran, de forma oficial, vida salvaje, como los canguros. La opinión pública británica no habría tolerado las hambrunas evitables de mataron a decenas de millones de personas en la India si hubieran pensado que las víctimas eran como ellos.

En los años treinta el nazismo se apoderó de Alemania, una nación considerada una de las más civilizadas y cultas del planeta. Deshumanizar a los judíos, los eslavos y otros “indeseables” era una precondición para poder asesinarlos. En octubre de 1943, en el pueblo polaco de Poznan, Heinrich Himmler confirmó oficialmente el Holocausto nazi. “Debemos ser honestos, decentes y leales camaradas con los miembros de nuestra propia sangre, y con nadie más,” declaró.

Hoy no existe un plan sistemático e industrializado para exterminar a millones de personas, pero cientos de miles están muriendo en campos de concentración en Siria y la ONU describe el trato de los yazidíes como un genocidio. Nuestra lúgubre historia está plagada de casos en que la deshumanización llegó a ser extrema. Como explica la profesora de neurociencia social Tania Singer, “se puede fácilmente bloquear la capacidad natural para la empatía, no sólo en sociópatas sino en todos nosotros: basta con pensar que alguien no ha sido justo con nosotros o que no pertenece a ‘nuestra tribu”.  Vuelvo continuamente sobre este tema porque en el corazón de la injusticia está la deshumanización.

También nos ofrece pistas sobre cómo deberíamos reaccionar. Los lingüistas políticos argumentan que la derecha utiliza historias para armar un argumento, mientras que la izquierda se basa en hechos y estadísticas. Pero somos seres humanos, no máquinas. Hablemos de la crisis de refugiados. ¿Qué ha generado, al menos por un momento, un cambio de actitud? Fue cuando un niño kurdo, Alan Kurdi, llegó muerto a una playa turca. De pronto, pudimos ver a los refugiados como seres humanos: como los niños que juegan al fútbol en nuestras calles. 

En el Reino Unido, siempre se ha demonizado a aquellos que cobran ayudas del Estado. A menudo recuerdo el caso de Stephen Taylor, un veterano del ejército de 60 años al que se quitó la ayuda estatal porque no estaba buscando empleo activamente. En realidad estaba trabajando como voluntario en la Legión Real, ayudando a recaudar dinero para antiguos colegas heridos. Es una historia que siempre nos hace respirar hondo, pero mencionar a los cientos de miles a los que se les ha quitado la ayuda no. Del mismo modo, responderle al Daily Mail sobre su historia de un “gorrón” que vivía de lujo con ayudas del Estado obtenidas de forma fraudulenta no funciona, sobre todo cuando se estima que el fraude no llega al 0,7% del gasto en seguridad social. La anécdota se tropieza con las cifras reales.

La injusticia se vuelve menos tolerable si las víctimas son humanas en vez de cucarachas. La deshumanización nos lleva a tolerar el sufrimiento de otros, en el mejor de los casos, o a matar en el peor de los casos. No es fácil recomponer nuestra humanidad en común, más cuando hay tantos intereses poderosos –desde medios de comunicación hasta políticos– que constantemente intentan socavarla. Pero es la única esperanza que nos queda en este mundo turbulento.

Traducción de Lucía Balducci

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