Y si no compramos ahí, ¿dónde compramos?

Los consumidores no tienen la información ni las herramientas para comprar ropa de grandes cadenas que garantice que no ha sido producida con trabajo forzado.

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Se cumplen 3 años del hundimiento del Rana Park de Bangladesh
El hundimiento del Rana Park de Bangladesh removió conciencias solo por un tiempo. PIETER VAN DE BOOGERT / CLEAN CLOTHES

Belén Carreño | El Diario | 05/11/2016

Tengo una boda. Tengo una entrevista de trabajo. He engordado cinco kilos tras un parto. Tengo un jirón en la camisa. Tengo una presentación. He madurado y ya no voy a vestir más así. Paso frío con el chaquetón. Tengo niños que devoran la ropa… Tengo decenas de razones para comprar ropa a lo largo de mi vida. Pero soy una persona concienciada y con principios. No me gustaría comprar en esas cadenas que explotan a trabajadores del tercer mundo… ¡Pero entonces, no sé qué hacer!

Cada día miles de españoles tienen que comprar ropa y muchos se hacen esta pregunta. La ropa es un bien de primera necesidad para el que, por el momento, no hay alternativas éticas asumibles para la mayoría de la población. El consumo responsable es para muchos un oxímoron. Para otros un tratamiento paliativo del capitalismo. Para los posibilistas una salida honesta para lidiar con el sistema día a día.

Pero consumir de forma responsable es consumir. Y ahí es donde la ética y el bolsillo chocan con demasiada frecuencia. Por no hablar de la buena voluntad y la falta de información, que en muchas ocasiones van de la mano en campañas de boicot a una determinada marca que nos terminan empujando a comprar otra igual o peor.

La  BBC ha destapado hace unos días el escándalo de que conocidas marcas internacionales utilizaban mano de obra de refugiados en sus talleres de Turquía. En España, Inditex y Mango tienen contratado como proveedor a la empresa turca que habría cometido estas tropelías. La primera y lógica reacción surge de las páginas de este diario. “¡No compremos ahí!”. Pero la pregunta que surge es casi obligada. Entonces, ¿dónde compramos?

Terror en el centro comercial

Prácticamente todas las marcas que acaparan nuestras principales calles y centros comerciales producen fuera de la Unión Europea (tampoco estar en territorio UE supone estar libres de incumplir derechos fundamentales). Si buscamos una alternativa a Inditex o a Mango… ¿dónde acabaremos? ¿Comprando en H&M? Supongo que ya saben lo que pasa con la ropa vendida por Alcampo. ¿Entonces? Venga, pensemos más marcas. Está la irlandesa Primark, la italiana Benetton, las marcas comercializadas o producidas por El Corte Inglés (Sfera es del grupo), venga, pensemos otra. ¿No hay una marca en la que podamos comprar con la conciencia tranquila?

La solución no es el mercadillo ni mucho menos esas  cadenas de tiendas de nombres impronunciables que están ocupando el centro de las ciudades. Si para las ONG rastrear la producción de empresas cotizadas y altamente sindicalizadas es difícil… ¿se imaginan cómo rastrear esas sociedades inescrutables?

La tienda del barrio, desengáñese. Compra en Cobo Calleja. Bajo esa marca francesa e italiana se extiende un lavado de cara de márketing del low cost que ya ha ocupado prácticamente todos los espacios. La que dice que va a París a comprar lo hace a un mayorista que a su vez produce en Vietnam. Mire la etiqueta, no se llevará a error. En París (cerca) solo produce Hèrmes. Mejor no comentamos el precio.

Algunas marcas están haciendo un gran esfuerzo por producir en España, para controlar toda la cadena, o en asegurarse la ética del modelo. Para el consumidor concienciado hay alternativas. Algunas  web como esta de moda sostenible tienen recopilatorios de marcas (la mayoría con tienda online), que trabajan los materiales orgánicos, la producción local y el diseño artesanal.

Pero como en el caso de la comida, el precio de ser sostenible es alto. Frente a una camiseta de siete euros de media en algunas de las tiendas de Inditex, las marcas sostenibles rondan los 30 euros. Lo barato sale caro. Pero el cambio de modelo implica que quien lo pueda asumir debe aprender en muchas ocasiones a pagar más. Pero lo caro no es accesible para muchos. Y lo que no es de recibo es culpabilizar a otros ciudadanos por ello.

De comprar “ahí” a comprar “eso”

¿No hay solución entonces? Sí, y no se puede olvidar que en muchos aspectos se ha mejorado. Pero lo radical sería cambiar el patrón de consumo. Elegir ropa alejada de las tendencias, piezas básicas y de buenos materiales. Menos cosas pero de mejor calidad. Lo que llaman “inversión de fondo de armario” no es una frivolidad. Puede ahorrar mucho dinero y hacer el mundo un poco mejor. Pero para eso hay que cambiar el chip y pensar en tener tres camisetas en lugar de trece. En renunciar a llevar los agujeros en los hombros y en los pantalones para estar a la moda. Si sabemos que se va a pasar en dos temporadas, esa prenda no nos vale.

La solución no pasa tampoco por demonizar el Made in China. ¿Saben de esas marcas de lujo que pone que están hechas en Italia y es mentira? Cada vez más empresarios que intentan producir en España denuncian que algunas marcas están descosiendo en sus almacenes las etiquetas para cambiarlas por un “Hecho en España”. Que esté hecho en un lugar o en otro no es el problema. El problema es que se cumplan unos derechos que son universales y no patrimonio europeo.

Debemos presionar a los gobiernos, los nuestros y los de los países productores, para que hagan cumplir las normas. Por supuesto que debemos ejercer nuestra poder como consumidores, pero no asumiendo nosotros la responsabilidad de lo público. Hay una dejación de funciones por parte de los Estados en hacer cumplir la ley. Y la consecuencia es que es casi imposible para un ciudadano comprar una prenda de ropa con tranquilidad de conciencia.

Estados Unidos y Reino Unido tienen leyes que prohíben la importación de productos con trazas de trabajo esclavo, especialmente centrada en los minerales de sangre y también en ser más transparentes con toda la cadena de producción. La prohibición bien aplicada supone una vuelta total a las relaciones con proveedores que algunas firmas como Apple tenían con los vendedores de minerales que se extraían del Congo. Paradójicamente, ninguno de estos dos países anglosajones es conocido por la defensa de los derechos de sus trabajadores.

España, y la Unión Europea, necesitan leyes similares e incluso más restrictivas que abarquen desde la producción de alimentos (el cacao está a veces tan manchado de sangre como el coltán) a la producción textil. Una moción del Parlamento Europeo instó a la Comisión a legislar en este sentido y ¿saben qué pasó desde entonces? Nada. También necesitamos iniciativas desde el espacio público como la contratación ética que en pequeña escala están desarrollando ayuntamientos como el de Madrid.

Pero sobre todo, lo que no podemos es culpabilizar al ciudadano, vecino, amigo, compañero, por comprar una determinada marca. Lo que compramos ya debería haber pasado los controles mínimos. ¿Es responsabilidad del consumidor comprar un alimento en mal estado? ¿Debemos presionar a las empresas para que vendan agua potable? ¿Entonces por qué recae en nosotros obligar a las compañías a que cumplan los derechos fundamentales? Nos escandalizamos porque alguien compre un Volkswagen después de saber que trucaran los motores. ¿En un país que no ha tomado ni una sola medida para castigar al defraudador?

No sé cómo, pero lo han logrado otra vez. Que nos censuremos entre nosotros por un vacío legal y moral que han creado ellos. Una jugada maestra que devuelve a la esfera de las decisiones privadas las obligaciones que se deberían de cumplir desde lo público. Y no se trata de eximir de su responsabilidad a la empresa. Al contrario. Lo que debería es recibir una sanción ejemplar, más allá del rasguño de dejar de comprar unos miles de camisetas.

Impongámonos retos razonables. Compremos lo que necesitemos acabando con este modelo de consumo barato y rápido. Pero también forcemos el cambio en lo público para que se actúe con decisión. Mi voto debería valer más que el cambio de marca de mi cartera.

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