(Mis) Contradicciones

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“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, para enfrentar solo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido”. Cita de Thoreau en el lago Walden. Foto: CC por jcsullivan24

 | La Marea | 07/11/2016

Me llamo Violeta y, mientras escribo estas nada breves líneas hago memoria y sé que la ropa que llevo puesta es de Zara, salvo unas zapatillas Converse. Esta mañana antes de la primera reunión del día he pasado por Starbucks. Mi salario proviene del Estado, el mismo Estado que cuestiono y he cuestionado tantas veces. Consumo, mucho, a pesar de llevar trabajando en el objetivo de consumir menos largos años. No sé cocinar y muchos días como y ceno fuera. Mis hábitos alimenticios incluyen consumir marcas que están a años luz de tener la promoción de los derechos humanos tan siquiera como estrofa con la que fabricarse un buen eslogan.

Vivo en Malasaña y no en Usera o Vallecas, y pago un alquiler superior al Salario Mínimo Interprofesional que existe en mi país. Lo hago a sabiendas de que un piso de similares si no iguales características me supondría un gasto mucho menor en Usera o Vallecas, y lo hago a sabiendas de todas las veces que diariamente hablo de la pervivencia de la lucha de clases como factor no sólo explicativo de la construcción social y del devenir histórico, sino del lado correcto de lo que acontece, de dónde estar y con quién estar. Mi clase, en estos términos, es la clase obrera, y no otra. Y sí: ser interclasista es ser capitalista. Y sin embargo tomo la decisión racional y contradictoria -lo he hecho siempre- de vivir en Madrid y de vivir dentro de la M-30, y cuando he vivido fuera lo he hecho en apartamentos situados en zonas nada significadas con el obrerismo (entiéndase, estéticamente).

En mi casa, eso sí, no se consume energía proveniente del mercado regulado. Se paga a una cooperativa (Som Energia) que compra el excedente de energía que no puede proveer de manera autónoma al mercado libre, y que comercializa sólo energía proveniente de fuentes de carácter renovable. En mi casa no se paga a Telefónica, a pesar de que yo uso la cuenta de Yomvi de mi compañero y, cuando lo hago, me repito muy fuerte y muy alto que esa cuenta no se paga ni existe gracias a mi rendimiento salarial. En mi casa la compra llega la mayor parte de las veces gracias a un repartidor de Seur que trae lo que consumimos en Amazon Prime, y otras de la cooperativa de consumo que acaban de abrir abajo, y otras de Carrefour. Nunca de Mercadona y -por lo menos de un tiempo a esta parte- nunca de El Corte Inglés.

De mi rendimiento salarial, que para mí es poco y sin embargo supone dos salarios mínimos en mi país, dedico una gran parte a sufragar medios de comunicación. En el pasado, CTXT, el único medio con el que he decidido no volver a colaborar. En el presente, cito: eldiario.es, La Marea, Píkara Magazine, La Directa, La Cafetera de radiocable.com, Carne Cruda, Periódico Diagonal, Revista 5W.

Tengo una carrera universitaria sufragada en parte por el Estado, pero en grandísima medida por mis padres. Fueron mis padres quienes pagaron (salvo lo dicho, pequeñas ayudas que tuve durante dos cursos académicos) un Colegio Mayor que llegó a costar mensualmente 900 euros, durante cinco años. Llevo siete años viviendo de mi fuerza de trabajo y -aunque ya hace tiempo que no- la precariedad ha hecho que pidiera dinero a mi madre, que no he devuelto. He sido autónoma durante al menos tres años, no por elección, sino por el fraude sostenido y permitido de empresas que a pesar de pedirte exclusividad no quieren pagarte la Seguridad Social que te pertenece, y por supuesto que he sufrido ese momento en el que, haciendo la Declaración Trimestral, piensas qué pasaría si no incluyes esa última factura, si se te pasa, si no te vendrían bien esos 150 euros para llegar a fin de mes, porque no llegas, porque estás fuera de España pero contratada en España y quieres comprarte otro billete de avión, a ser posible no con RyanAir, para ir a ver a tus amigos.

Como carne y pescado, y pierdo la cabeza por los lácteos y no entiendo mi vida sin ellos. A pesar de plantearme ser vegana -si no vegetariana- y de verme completamente señalada ante el espejo de mi hermana y las cuatro millones de veces que le hablo de “destruir el capitalismo”, mi apartamento está sobre una hamburguesería y, de las muchas veces que vamos y hemos ido, ninguna de ellas he pedido la hamburguesa vegana. Ninguna. Soy carne de Estrellas Michelín y he sido muy feliz pagando o dejándome invitar (a) menús de 200 euros en aBac, en Quique Dacosta, en Sergi Arola y en El Bohío.

Consumo mucha literatura, más de la que mis actuales condiciones de vida y de tiempo me permiten, y muchas veces tengo que comprar Random House (Mondadori, oh Mondadori) o Alfaguara. Y desde el día en el que dije dejar de leer El País, he seguido leyendo El País, siendo esta aún así la única idea hegemónica que he conseguido instalar en el imaginario de los que me conocen: Violeta no lee ni hace click, bajo ningún concepto, a El País.

Sin ánimo de alargarme innecesariamente, la ristra de ejemplos nada ejemplarizantes es larga y espero que al menos demuestre la consciencia y el profundo pavor desde la que han sido concebidos: escucho La SER por las mañanas, y por las tardes, y por las noches; mi compañero -que me invita a muchas, muchísimas cosas- lo hace con el dinero que le pagan dos grandes grupos de comunicación en este país, nada exentos de (mi) desdén, PRISA y Mediapro. No tengo ninguna cuenta en grandes bancos, pero si no soy de Fiare Banca Ética y sí de Triodos es sólo por un cálculo monetario: los primeros aún cobran comisiones por retirada de efectivo al no disponer de cajeros propios ni de acuerdos con otras entidades. La pereza (la mandra, como sustantivización más visual), auténtico vector explicatorio de mi conducta.

Todos tenemos contradicciones, todos. Pero la ética no puede entenderse sólo en función de las contradicciones de cada uno. Un liberal no es mejor persona que yo -o al menos no más ético y molón- simplemente porque su defensa acérrima de las estructuras y consecuencias del mercado le exculpe de cualquier interlocución con ellas. Ser anticapitalista en un mundo capitalista y pretender no contradecirse en nada nos llevaría a todos a hacernos un Walden y a no tener ningún intercambio -ni material ni no material- con el mundo externo a ese Walden que estuviera fuera del trueque. Y sin eximirnos esto de la necesaria introspección y aceptación, y sin librarnos de la imposición de impugnar esas mismas estructuras dentro y a través de su propia razón de ser, tampoco nos podemos permitir la conversión automática en Sísifos, más pendientes de cómo alcanzar la cima que de alcanzarla. Alcanzarla implicará subir una y otra vez con un pedrusco a cuestas, y vuelta a empezar, y no dejaremos de tenerlo presente (más que nada, porque pesa).

Es necesaria para la construcción de una alternativa que impugne el estado de las cosas que, individual antes que colectivamente, todas, desde que nos despertamos hasta que volvamos a irnos a dormir, hagamos en algún momento del día un análisis introspectivo y dañinamente crítico para con nosotras, en el que identifiquemos el estado tanto de nuestras contradicciones actuales como la posible aparición de otras. Y saber vivir con ellas sin que nos provoquen un excesivo sufrimiento, y saber ir atajándolas de tal manera que, poco a poco, vayan desapareciendo en la medida de lo posible. Esto incluiría, como ejemplo, trabajar en nuestras excusas: no tengo tiempo para ir a tiendas de ropa de segunda mano, pero voy a ponerme un día para hacerlo y voy a hacer que sea atractivo; es mucho más cómodo para mí que me traigan la compra pero las manzanas de la frutería de abajo están mucho más ricas y es mi compromiso apostar por el comercio local, etc.

Sin entrar a valorar el hecho objetivo que me ha llevado a escribir estas líneas (y más allá de ese hecho, creo haber dejado patente que es algo a lo que he dedicado muchas horas de pensamiento) creo que estamos viviendo y que estamos generando una sociedad en la que juzgamos muy fácilmente situaciones personales sin sustraer de ellas un contexto político e incluso antropológico evidente (las edades de las cosas, las relaciones intra-familiares, las hegemonías de cada tiempo). Vaya por delante que ninguno de estos factores justificará nunca para mí lo que, tras un análisis certero, pudiera considerarse fuera de toda ética, pero fuera de la justificación hiperdeterminista de las cosas (esto no podía ser de otra manera) está la comprensión de las cosas (esto podría haber sido de otra manera, yo podría vivir en Usera y tener mucho más dinero disponible para comprarme la ropa en tiendas de segunda mano y no contribuir a la cuenta de resultados de Inditex, pero mi contexto es este y tomo una decisión no totalmente emancipada por estas razones sobre las que también puedo trabajar, y cambiarlas).

Ahora, la pregunta del millón es: ¿puedo arengar contra Inditex a pesar de ir casi completamente vestida de Zara? ¿Puedo señalar todas las maldades de El País mientras visito si no diariamente muy a menudo varias de sus secciones? ¿Puedo autocensurar muchas de mis opiniones en redes sociales por que prime para mí la lealtad momentánea a un proyecto político? Y siendo preguntas que me hago diariamente y días como ayer, a todas horas, sigo contestándo(me): sí. Sí, porque si fuere no, lo que de ahí resultaría es que vamos a estar legitimando a perpetuidad no ya el escrutinio sino el escarnio. El escrutinio, siendo además un cargo público y elegido democráticamente, ya no es sólo necesario: deviene imprescindible. Como imprescindible es compartir ese escrutinio, hasta que sea exhaustivo, plural y aprehensible por todos y todas. Léase, hasta que sea democrático. Pero el escrutinio no es escarnio, y el escarnio, si queremos construir una sociedad pura y radicalmente democrática, ha de ser, cuando menos, ecuánime. Insisto: cuando menos. Ecuánime.

Voy a insistir, por última vez, en que no me he sentado a escribir para justificar algo o nada, igual que no me justifico a mí misma en ninguno de todos los puntos que he relatado. Sólo quiero plantear, desde un punto de vista exclusivamente personal, no ya la injusticia sino la indecencia que a veces sufrimos cuando salimos a la palestra (cualquier palestra, pública y privada) y nos colocamos la etiqueta (con pleno convencimiento y compromiso) de ser de izquierdas, o de estar con el 99%, o de pertenecer a la clase obrera, o de trabajar para el pueblo (siendo ese pueblo un pueblo que tiene una renta per cápita que sí, es menor a tu salario anual). Hay cosas que están mal, éticamente mal, y están mal las haga alguien de izquierdas o de derechas. Y dentro de esas muchas cosas que están mal, no están peor por ser de izquierdas. Este es mi único punto. Los niveles de ética no se miden en función de nuestras contradicciones. Comprar en Zara es poco ético para mí y es poco ético para cualquiera, habida cuenta de la notoriedad y publicidad de las prácticas empresariales de Zara. Tener una cuenta corriente en Bankia es poco ético la tenga yo o un cargo público del PP. Y no apoyar el comercio local es poco ético en Malasaña y en La Moraleja (aunque desconozco por completo la existencia o el estado de los servicios de comercio local en la Moraleja).

Animo, como lo hago siempre, a que toda esta energía que gastamos todos los días y cada vez con más ahínco y cada vez con más mayúsculas en redes sociales a juzgar las acciones de los demás, sean quienes sean y vengan de quienes vengan, las dediquemos a examinar nuestros días desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos. Qué consumimos, cómo, por qué, en qué contextos, cómo podemos influir sobre esos contextos y transformarlos, cómo actuar colectivamente, cómo ayudarnos. Cómo de fácil es consumir energía libre en Som Energia y abrirse una cuenta en una banca ética y sin embargo qué difícil es prescindir de las grandes compañías de telecomunicaciones.

La persona a la que más admiro políticamente pidió de manera pública (y no desde su blog personal, precisamente) hace un año dos votos en sede parlamentaria para hacer President de la Generalitat y Molt Honorable a la persona que más detesto políticamente (con el permiso de José María Aznar) y yo, dolida, muy dolida, le critiqué entonces, y le criticaría ahora. En su biografía de Twitter se mantiene una sentencia muy ilustrativa y en la que siempre he creído: “en nuestras contradicciones, nuestras esperanzas”. Nuestras contradicciones, pasado el momento del escrutinio y pasado incluso si así deseamos mantenerlo el del escarnio, no están para hacer gala ni virtud de ellas, sino para construirnos a partir de su dialéctica. Las contradicciones están para mostrarnos sobre qué tenemos que trabajar, y por eso son nuestras esperanzas. Detenernos en ellas, apresarlas, y vivirlas desde la tranquilidad sin suponerlas ni entenderlas un desafío, no nos lleva a avanzar en ninguna dirección. Nos convierte en cangrejos yendo de un lado para otro, y ay del cangrejo que se sitúe más a la izquierda.

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