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 Olga Rodríguez | El Diario | 07/11/2016

Donald Trump ha llegado a defender la deportación de 11 millones de personas migrantes, tiene discursos extremistas y racistas y un machismo recalcitrante. Por eso diversos sectores en EEUU presentan a Hillary Clinton como la menos mala de las opciones.

De Trump podría esperarse cualquier cosa. Pero ¿y de la candidata demócrata? Sus posiciones como secretaria de Estado de 2009 a 2013 obligan a repasar su trayectoria en materia internacional.

La mayor venta de armas: Arabia Saudí

Como responsable de la política exterior estadounidense Clinton ejecutó la  mayor venta de armas de la historia de su país, con un récord de 66.300 millones de dólares en 2011, más de tres cuartos del mercado mundial de armamento. Los grandes contratos los cerró con los países del Golfo, actores de primer orden en las guerras de Irak, Siria o Yemen e impulsores de una ofensiva  represora contra la oleada de protestas y manifestaciones en sus propios territorios o en países vecinos.

El mayor receptor de esa transacción ha sido Arabia Saudí, con una venta de armas valorada en algo más de 30.000 millones de dólares. El régimen saudí está bombardeando Irak, Siria y Yemen, donde se han registrado diversos ataques contra población civil. Además, tropas saudíes operaron en 2011 en Bahrein para reprimir con brutalidad las manifestaciones en aquel país.

Riad acoge y exporta las interpretaciones  más retrógradas y fundamentalistas del Islam y desde territorio saudí sale apoyo y financiación para  grupos yihadistas que operan en Siria. Nada de eso pareció importarle a Clinton cuando optó por incidir en el orden de Oriente Medio, apostando por dotar de mayor poder bélico a la monarquía saudí para usarla como contrapeso frente a Irán. En su libro Hard Choices la propia Hillary definió la venta de armas a los saudíes como “nuestro acto más delicado de equilibrio”.

Antes de dar luz verde a la transacción Clinton sabía perfectamente con quién estaba tratando. En un cable difundido por Wikileaks y fechado en 2009, la candidata demócrata se refería a Arabia Saudí como “la fuente más significativa de financiación a los grupos terroristas suníes en todo el mundo”. Posteriormente justificó la venta de las armas diciendo que sería buena para la seguridad mundial.

La Fundación Clinton ha recibido donaciones tanto de  Arabia Saudí –entre 10 y 25 millones de dólares– como de Emiratos Árabes Unidos o Qatar, todos ellos involucrados en la guerra de Siria a favor de los grupos rebeldes. Parte de esas cantidades fueron enviadas en el año 2014, cuando Estados Unidos entró ya de forma directa en la guerra siria.

Irak e Irán

Como senadora Hillary Clinton apoyó la resolución que permitió  la invasión de Irak de 2003 impulsada por George W. Bush, al contrario que su rival en las primarias demócratas, Bernie Sanders, quien tuvo claro entonces que aquella operación militar ilegal abriría el infierno en Oriente Medio.

En 2008 Clinton advirtió de que Estados Unidos podría eliminar por completo a Irán como respuesta a un ataque nuclear sobre Israel, lo que llevó a Obama a advertir contra un lenguaje “propio de Bush”.

Ya como secretaria de Estado en 2009 se mostró partidaria de que EEUU mantuviera abierta la opción de atacar Irán y posteriormente, cuando Washington llegó a un acuerdo con Teherán, se mostró segura de que “Irán querrá poner a prueba al próximo presidente, ver hasta dónde pueden estirar los compromisos. Eso no funcionará si yo estoy en la Casa Blanca”.

“Llegamos, vimos y murió”

En 2011 impulsó con entusiasmo la invasión de Libia en 2011 y la entrega de armas a los llamados rebeldes libios. Justificó la intervención en territorio libio acogiéndose a la doctrina R2P –”responsabilidad de proteger”– que defiende la violación de la soberanía nacional y las operaciones armadas en territorios ajenos con la excusa de proteger a población civil. El doble rasero a la hora de aplicar dicha doctrina es notable. Mientras la OTAN se disponía a entrar en Libia para “proteger” a los civiles, Arabia Saudí enviaba tropas a Bahrein para disparar contra los manifestantes, sin que Estados Unidos moviera un dedo para impedírselo.

La operación militar en Libia en 2011 se saltó rápidamente los objetivos para los que había sido definida: proteger a la población de la ciudad de Bengazi que, según decían los gobiernos partidarios de la intervención, iba “a ser masacrada” por Muamar Al Gadafi. Recientemente el  Parlamento británico ha concluido en un informe que nunca hubo pruebas suficientes que certificaran tal amenaza.

Una vez tomada aquella urbe, las tropas de la OTAN continuaron su avance hacia la capital y permanecieron en el país durante meses. De hecho la intervención no terminó hasta que se produjo el asesinato extrajudicial de Gadafi. Estados Unidos y Francia reivindicaron su rol en el bombardeo contra el convoy en el que viajaba el dictador libio, en el que murieron varias personas. Un drone estadounidense tripulado desde Las Vegas y dos jets franceses atacaron los vehículos. Gadafi pudo salir de su coche, fue apresado a unos 200 metros, arrestado y tiroteado por rebeldes libios.

En un descanso de una entrevista ante las cámaras de televisión Hillary Clinton quiso celebrar con una amplia sonrisa el asesinato del dictador libio, diciendo aquello de “llegamos, vimos y murió”. El salvaje oeste volvía a ser reivindicado. Libia quedó fragmentada y dividida en territorios controlados por diversas milicias armadas por Occidente, algunas de ellas yihadistas y con personajes considerados terroristas en el pasado por EEUU y la UE.

Miles de personas fueron perseguidas, arrestadas, torturadas y asesinadas bajo las bombas de la OTAN y en los ataques y enfrentamientos posteriores. Una de las víctimas fue el propio embajador de Estados Unidos en Libia.

Los drones, Afganistán, Ben Laden y Siria

Cuando el Pentágono pidió más tropas para Afganistán, varios altos cargos de la Casa Blanca se mostraron reacios, incluido el vicepresidente Joe Biden. Pero una vez más Clinton trabajó en favor del envío de más soldados y facilitó la expansión de las operaciones con  drones en Yemen y Pakistán. En cuanto al asesinato de Osama Ben Laden, la ahora candidata a la presidencia lo definió como “los 38 minutos más intensos de mi vida”.

Clinton también apoyó los bombardeos que la Casa Blanca barajó contra Siria en 2013, apostó por armar a los rebeldes sirios antes de que Obama acordara hacerlo, y en 2012 trabajó con el director de la CIA David Petraeous para promover ayuda, entrenamiento y armas a grupos de “rebeldes” sirios. Petraeous ya había gastado una enorme cantidad de dinero y esfuerzo entrenando a grupos iraquíes y afganos, con muy poco éxito en los resultados, pero eso no pareció importarle a Hillary Clinton.

Más respaldo a Israel

En octubre de 2015, ya fuera de la Secretaría de Estado, contradijo la posición de la Casa Blanca, apoyando una zona de exclusión aérea para Siria. En cuanto a Israel, la candidata demócrata ha prometido reafirmar los lazos de  Estados Unidos con Tel Aviv e invitar al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu –de extrema derecha– a la Casa Blanca en los primeros meses de su mandato como presidenta si gana las elecciones.

Ha defendido los bombardeos israelíes contra población civil aludiendo al “derecho de Israel a defenderse” y sobre los ataques contra Gaza en 2014, en los que murieron 2.251 palestinos, la mayoría civiles, afirmó que “Israel hizo lo que tenía que hacer”. Algunos de sus donantes son firmes  defensores de la política de ocupación israelí.

También como secretaria de Estado apoyó al dictador egipcio Hosni Mubarak y siguió haciéndolo en los primeros días de las revueltas egipcias, con frases como esta: “Nuestra valoración es que el Gobierno egipcio es estable y está buscando el modo de responder a las necesidades e intereses del pueblo egipcio”.

El apoyo al golpe en Honduras

En América Latina su posición más gráfica fue la que adoptó ante el golpe de Estado en Honduras y la expulsión del presidente Manuel Zelaya de su propio país: Clinton evitó llamar golpe de Estado al golpe, criticó a Zelaya –elegido democráticamente– y apostó por impulsar nuevas elecciones en vez de apoyar el regreso a Honduras del presidente destituido para que pudiera recuperar el Gobierno que le habían arrebatado. Así lo ha  reconocido ella misma en su libro Hard Choices y en varias entrevistas. Tras su expulsión, Zelaya intentó en varias ocasiones regresar a su país, algo que Clinton definió como “temerario”.

El golpe de Estado vino acompañado de represión, torturas, arrestos arbitrarios, desapariciones y asesinatos de activistas y defensores de los derechos humanos, como Berta Cáceres entre otros muchos. La violencia ha crecido de forma dramática en Honduras, convertido ahora en el país más peligroso del mundo para los activistas medioambientales que denuncian la explotación y privatización de los recursos naturales que necesitan para subsistir. Nada de eso impidió que Estados Unidos enviara millones de dólares en ayuda militar y policial al país centroamericano.

Tensar la cuerda con Moscú

Tras dejar el departamento de Exteriores, Clinton criticó a Obama por no hacer más para contener la presencia de Rusia en Ucrania tras la anexión de Crimea y durante esta campaña ha apostado por referirse a Rusia como un claro enemigo de Washington, lo que hace prever un aumento de la tensión con Moscú en caso de que gane. Hillary ha acusado a su rival Trump, partidario de un acercamiento al gigante ruso, de “alabar muchísimo a Putin”.

Robert Kagan, ensayista neocon, asesor de Bush y cofundador del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, ha dicho de Clinton: “Me siento cómodo con ella en política exterior. Si aplica la política que pensamos que aplicará, es algo que podría ser llamado neocon pero que claramente sus seguidores no lo llamarán así, lo llamarán de otra forma”.

Los críticos de Clinton afirman que hasta que no abandonó su cargo y fue reemplazada por John Kerry, la Secretaría de Estado se mantuvo operando como un apéndice del Pentágono. Tras su salida la administración Obama alcanzó los dos mayores logros de su política exterior: el pacto con Irán, que alejó al menos momentáneamente el riesgo de una guerra mayor, y la apertura hacia Cuba.

Decía recientemente Zbigniew Brzezinski, exasesor del presidente Carter y hombre enormemente influyente en el diseño de la hegemonía estadounidense en el pasado, que “nadie puede negar que el mundo está entrando en un periodo de inestabilidad ascendente en el que las frustraciones domésticas dictan las políticas internacionales”.

Hillary Clinton representa a los halcones dentro de su partido. Hay quienes creen que si gana, llegará con ganas de abordar asuntos que le quedaron “pendientes” tras su salida de la secretaría de Estado en 2013. En este sentido su trayectoria belicista obligará a prestar enorme atención a los pasos que dé en política exterior si las elecciones de este martes la llevan al sillón del despacho Oval.

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