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Gregorio Morán | bez | noviembre 2016

Interprétenlo como esas historias de Walt Disney, pero a lo bruto. Por supuesto la dama Hillary, ofrece un perfil digno de Lady Macbeth; lleva la ambición y la mala leche en la cara. Como dirían en los EEUU nadie le compraría un coche de segunda mano. Ya no es nada; casta y humo, lo que definió a los Clinton durante toda la vida, esa generación de ricos que en otra época se tiraba a las criadas y ahora se consuelan con una felación. No me interesa nada el personaje. Sería la última persona con la que me gustaría tener una conversación, no digamos una cena. Se le nota que miente hasta cuando mira.

¿Pero y la Bestia? Ya sé que en pocas semanas empezarán a aparecer en los medios de comunicación del mundo entero, y en los nuestros, siempre más solícitos, mucho más. ¡Donald Trump tiene valores que deben ser valorados! Estamos acostumbrados. Acuérdense cuando se inventaron a Ronald Reagan estratega, él, que apenas llegaba a saber donde estaba Bolivia, no digamos España. Como era un actor podía representar a un intelectual de Princenton.

Ha demostrado con reiteración y hasta alevosía que es un patán, pero orgulloso de serlo. No sé a qué especialidad estaría dedicada esta materia, si a la psicología, la sociología o la economía pura y simple. Pero que yo sepa nadie ha trabajado sobre el tema: ¿Para ser rico es necesario ser inteligente? Me consta que para dirigir un país, o ser una autoridad institucional sirve hasta el imbécil más concentrado. ¿Pero para ser rico hay que ser inteligente o basta con listo?

Pues bien, tenemos al mundo en manos de un cabestro, contentísimo de haberse conocido. Casado varias veces, está en su derecho, pero siempre con “muñecas barbie” lo que dice mucho de sus inquietudes

No cejó hasta ser muy rico y continuó siendo el mismo patán que parió su madre. Irreductible a quienes no tenemos ni un duro que apostar y que le  consideraríamos un idiota que no soporta un almuerzo sin que le lancemos la ensaladera a su pelo de rockero friki.

Si cualquier candidato electoral del pueblo más perdido de Arizona hubiera osado decir las tonterías, fascistadas, chorradas, chistes de la mili, ofensas a la ciudadanía, a las mujeres, a los emigrantes, gracias a los cuales construyó su fortuna,  en fin, a todo el mundo que se le pusiera delante, no ganaría ni una concejalía, no digamos el respetable cargo de sheriff. Pues bien, tenemos al mundo en manos de un cabestro, contentísimo de haberse conocido. Casado varias veces, está en su derecho, pero siempre con “muñecas barbie” lo que dice mucho de sus inquietudes.

Los EEUU de América han votado en número de casi 60 millones, incluidos aquellos que para él son la purria que barrerá en cuanto pueda, a un patán, alcanzando de esta manera un límite jamás alcanzado en el país que nos puede barrer de un plumazo y donde aseguran que se valora el talento y la inteligencia y hasta la innovación por encima de todo. Ya leí a una de esos barómetros –sólo el destacado- que “era lo más moderno”. Abre camino a los elogios y los denuestos hacia esos intelectuales elitistas que no entienden las inclinaciones del pueblo. El pueblo en general es temible, basta imaginar que se pasan horas y horas viendo una caja para idiotas donde se tiran un balón 22 tipos en calzón corto. El espectáculo más aburrido que ha inventado la modernidad, y además con pasión y sin fisuras. Ahora que está a punto de nacer “el intelectual del balón” que inició el gran Valdano, de la escuela filosófica balompédica que nació en Argentina, donde había condiciones y experiencia, que diría un marxista clásico. No me resisto a repetir el apotegma, digno de Einstein: “el achique de espacios”.

Nunca desprecies a un adversario, y cuando más torpe y malo que sea, aún menos. Parece otra invención de los antiguos griegos, pero que nos ha dado en el morro de una sociedad tan exquisita y presuntamente analítica, que cuando sucede algo similar al terremoto popular, raza blanca y pueblerina, de Donald Trump, si nos queda un ápice de sentido del humor, debemos echar un buen rato delante del espejo descojonándonos de nosotros mismos y del mundo que nos ha tocado vivir.

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