El partido que puede ganar

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Seguro que tras lo sucedido en EEUU y el auge del populismo de derechas en toda Europa algo habremos aprendido (quiero suponer). Y cuando digo que algo habremos aprendido no me refiero a que lo hayan hecho ni lo vayan a hacer los abducidos por el régimen o sus partidos de cabecera (estos lo saben todo mejor que nadie), porque lavar la cabeza al burro es perder el tiempo y el jabón. No van a cambiar así se les viniera encima un cartel de advertencia del tamaño de una catedral escrito con luces de neón sobrealimentadas. Hablo de las personas que aspiramos (y de los partidos que dicen aspirar) a un país y un mundo al menos un poco mejor.

Supongo que nos habremos dado cuenta de que ya ha pasado el tiempo de lo que queremos, y que ha llegado el tiempo de lo que se quiere, en general. De lo que quiere el común. Que por un largo plazo ya no van a tener cabida los idealismos ni las ensoñaciones altermundialistas. Que ahora de lo que se trata es de evitar una tragedia anunciada. E igualmente nos habremos percatado de que de nada va a servir la integración en el sistema neoliberal para intentar modularlo por ‘responsabilidad’ (convertida ya en terrible irresponsabilidad), precisamente porque lo que se rechaza mayoritariamente es al propio sistema. Y este rechazo vale, aun de forma inconsciente, tanto para el actual votante de la derecha en abstracto como para el de la izquierda no militante ni activista. Y a los hechos hay que remitirse, y no a las percepciones inducidas insistentemente por el poder mediático sobre la existencia de una población moderada, centrista y conservadora, que solo está presente en sus querencias.

Digo que espero que ya hayamos aprendido. Y se me antoja tarde, porque nos han quitado la merienda y ni nos hemos enterado, con lo ‘listos’ que somos. Esos populismos que ahora triunfan tienen como base casi todas las propuestas que debería haber hecho una izquierda que no necesite autoafirmarse recordando constantemente que lo es, y que en el mejor de los casos no se hubiera perdido en un laberinto de inquietudes del que ya no sabe salir.

Es evidente que el ‘producto estrella’ del aglutinante propositivo de todos estos nuevos movimientos protofascistas, la xenofobia, no es compatible con ningún proyecto (como mínimo) humanista, pero lo que compone el grueso de su surtido de venta, circunstancial y coyunturalmente en algún caso, no solo es que sea compatible con el programa de cualquier partido de izquierdas, progresista o como cada cual quiera definir/se/lo, que pretenda ganar, sino que resulta imprescindible asumirlo como propio, y aumentando además la apuesta, especialmente en aquello que que está vetado a estos nuevos revolucionarios del capital. Y sin complejos.

La gente que ha perdido su acostumbrado modo de vida no aspira como solución a participar en un huerto urbano ni se ve impelida por la reivindicación del derecho a la existencia del CSOA del barrio, ni quiere que se haga pedagogía con ella sobre las bondades del decrecimiento o del cooperativismo o el colectivismo. Ni siquiera forma parte de su vida en muchos casos la protección del medio ambiente ni la lucha feminista, ni ve como un problema la existencia de CIEs, ni da excesiva importancia a contar con verdaderos cauces de participación democrática, por imprescindible que resulte todo esto para algunos de nosotros. Y desde luego para muchos no pasa de anécdota (en ocasiones contraproducente acostumbrados como están a que en política todo sea demagogia, electoralismo, estafa y actuación) cuánto donas de tu salario público a magníficas causas, o lo eficientes y obedientes que son los nuevos ayuntamientos de los partidos del ‘cambio’ pagando deudas odiosas (esto a mí mismo tampoco me motiva), o lo poco corruptos que son los nuevos políticos (en un país donde gobierna el partido más corrupto de Europa). Y si esto no les importa, para qué hablar entonces de la lucha de clases y su conciencia, de opresores y oprimidos o de la socialización de los medios de producción, por más que quizá a mí o a este o aquella sí nos guste alguna parte de esa música y su letra. Vivimos en el mundo que vemos, y no podemos hacer como si no lo supiéramos. A la inmensa mayoría de la sociedad todo eso que he comentado le suena a perroflautismo o sectarismo ideológico. Ese no es su mundo ni son sus problemas. Y nadie que tenga como meta gobernar para transformarlo puede olvidar en qué mundo vive la mayoría.

Los buenos diagnósticos de la situación y la ejemplaridad ética en lo que no deja de ser anecdótico puede llegar a ser sugestivo para cierta gente, pero no resuelve los problemas de nadie a medio plazo, y en realidad es un hecho que solo interesa verdaderamente a ciertos periodistas, pero no por un interés profesional honesto, sino precisamente para utilizarlo como arma arrojadiza en cuanto se presume vulneración de esos principios, de ese listón ético autoimpuesto. Hoy lo que se espera es verdadera voluntad de cambio, y un programa valiente que dé cuerpo a esa sincera voluntad.

Es por la situación de desamparo y precariedad en la que vive gran parte de la población por lo que hoy vende un proteccionismo (ese ‘nosotros primero’, ‘los estadounidenses primero’, o ‘los –ponga aquí lo que quiera– primero’) que, si no se deja en manos de desaprensivos, siendo bien encauzado, puede limitar su egoísmo intrínseco y no ser negativo excepto para las empresas que han deslocalizado su producción. Es también por este mismo motivo que resulta atractiva una renta básica universal en un mundo que, derivado del progreso tecnológico, presenta un horizonte sin trabajo (pero no en beneficio de la humanidad sino únicamente en el de la oligarquía), y también la renacionalización de los sectores estratégicos que hoy hacen su agosto con bienes y servicios básicos exprimiendo a sus usuarios, o una banca pública, de las de verdad, que haga de contrapeso a los excesos de la banca privada.

Son atractivas las propuestas de solución, de cambio radical en algunos aspectos, y no los apaños y mucho menos los discursos o las lecciones de moral, o el reformismo moderado y temeroso. Y aunque hasta el votante más despistado sabe que toda propuesta rupturista es de difícil aplicación en cualquier caso, lo que también sabe es que, incluso algo tan tímido como plantear una fiscalidad progresiva (que pague más quien más tiene) o que tributen las rentas de capital o patrimonio resulta directamente un fraude si no va unido a la firme voluntad de recuperar la soberanía nacional, por lo que más pronto que tarde ese votante tiende a descartar a los vendedores de humo.

Esa gente que hoy vota por Trump, Le Pen u Orban (o Grillo), o la que ha llevado a UK a su ‘Brexit’, ni es necesariamente de derechas, ni está enajenada, ni es imbécil. Tampoco es mayoritariamente xenófoba: es en todo caso egoísta por miedo a que nunca regrese su anterior modo de vida, que por sacrificado que fuera era mucho menos precario. Es gente corriente que simplemente está desencantada y cansada, que vive un presente difícil y ve el futuro con mayor preocupación si cabe, y opta por cualquier opción que suene a alternativa frente a un statu quo decadente. Y si la única opción que cumple el requisito básico (ruptura, esperanza) está liderada por un o una indeseable que está dispuesto/a a hacer algo diferente, pues votan por lo único que hay a su alcance. Es así de simple.

Y va a ocurrir también aquí, porque los partidos del régimen, incluso tras la ‘operación Ciudadanos’ que ha conseguido recuperar de una segura abstención a una parte del electorado, solo suman ya 15 de los 36 millones de votos posibles. Lo único que falta por saber es si ese espacio que alguien llenará, lo encabezará un nuevo falangismo, o con suerte una izquierda que abandone por necesidad su universo paralelo y coja las riendas de este caballo desbocado. Porque aunque ella sola se ha complicado mucho esta posibilidad confundiéndose de escenario, todavía se está a tiempo de lograr ser el conductor del carruaje. De lo que decidan va a depender nuestro futuro. Un futuro que en cualquier caso no permite ser optimistas.

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