Pensamiento y militancia zombi

El pensamiento zombi se ha nutrido de la polarización, no atiende a matices, es un imaginario cercano a la religión y que no acepta razones que contraríen los prejuicios.

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Pensamiento y militancia zombi
Foto: Creative Commons Por Acey Duecy

 | La Marea | 12 noviembre 2016

En 2011, el PP realizó en Málaga su convención política. La plataforma que los conservadores utilizaron para informar sobre el cónclave pidió a toda su militancia que cediera sus perfiles personales de Twitter o Facebook a una aplicación que los usaría para difundir todos los mensajes que salieran del partido. Así, el PP creó una red de militantes zombis que no tendrían que hacer nada para difundir su propaganda, tan sólo ceder su ser, literalmente, al partido.

La zombificación del pensamiento ha evolucionado. Ahora no es necesario ceder perfiles a una aplicación para difundir propaganda, es el propio militante el que se ha convertido en un órgano de propaganda, un canal en el que defender a su opción política por encima de los hechos y el  análisis complejo. Los pensamientos elaborados y todo aquel que no se adhiera de forma unívoca al ideario propio son un enemigo al que hay que combatir.

El pensamiento zombi se nutre de la polarización y no atiende a matices, sino que posee un imaginario cercano a la religión que no acepta razones que contraríen los prejuicios. Se construye reduciendo al absurdo cualquier crítica para acercarla a los polos. No hay grises, cualquier periodista que intente buscar explicaciones a un determinado hecho y no se pliegue al pensamiento de la trinchera inmediatamente es ubicado en el lado opuesto. Sólo caben en el campo de batalla los enemigos y los propios. El militante zombi acusará al periodista de estar vendido por el hecho de cobrar un salario, que pagará Cebrián aunque no se trabaje en un medio de PRISA. Si el periodista no trabaja allí se le acusará de perseguir un puesto en cualquiera de sus medios, aunque el modo de buscarlo sea criticar de manera continua la línea editorial de PRISA y el caciquismo editorial de Cebrián.

Antes de la aparición de Podemos, si el militante zombi era de UPyD acusaba al crítico de estar a sueldo de IU; si el militante zombi era del PP, se presumía que estaba a sueldo del PSOE, y a la inversa. Si era un fiel seguidor de IU le acusaría de querer liquidar al partido haciéndole el juego a la derecha. La aparición de Podemos cambió el paradigma. Ahora todos los periodistas con ideología de izquierdas son podemitas, excepto cuando critican a Podemos: entonces están a sueldo de Cebrián y son antipodemos. Pero esas críticas no exoneran de seguir siendo podemita, porque entonces lo habrán hecho con una calculada táctica de falsa independencia para abrirse puertas en diferentes medios. Cuando Podemos e IU iban por su cuenta, podían buscar la disolución de IU o ser férreos puristas comunistas, o todo a la vez. Después de la confluencia, se empezó a decir que eran asalariados de George  Soros o simplemente que se movían por inquina personal.

El pilar básico del militante zombi es que el periodista que critica algo siempre está movido por un interés que niega cualquier legitimación a la crítica. Lo hace a sueldo o buscando un sueldo. No hay escapatoria al argumentario zombi. 

El psicólogo Leon Festinger enunció en 1957 la teoría de la disonancia cognitiva, un concepto que alude a la tensión que surge en un individuo al tener que afrontar dos ideas que están en conflicto y que afectan a sus creencias y valores poniendo en cuestión su coherencia interna. Festinger estudió cuáles son los mecanismos por los que el individuo crea un nuevo conjunto de ideas que le permitan encajarlas y hacerlas compatibles para sí mismo. En algunas ocasiones la manera en la que el cerebro asume esas incoherencias es atribuir a un enemigo externo un ataque a sus valores o ideas.

Proyectar en el adversario la capacidad de construir una realidad que atente contra la pureza de aquellos que apoyas políticamente ayuda a reducir esa disonancia y seguir adelante reforzando más aún tus posicionamientos previos. Es por eso que el periodista que con un posicionamiento crítico incide en las incoherencias de los partidos es el blanco perfecto de la militancia zombi, porque es el más complicado de situar en los marcos preestablecidos. Alguien le tiene que pagar, no puede ser que me haga entrar en contradicciones de forma independiente con un pensamiento crítico. Es un invento del sistema para hacer creer que me equivoco. Para desanimarme. Es el enemigo.

El pensamiento zombi en política y medios.

Uno de los motivos fundamentales de la existencia del pensamiento zombi es el ridículo intelectual a la que se someten voluntariamente políticos y medios para criticar al adversario o para defender una determinada línea editorial. La incomprensión de la realidad desde una vergonzante soberbia intelectual o la extrema defensa de la línea del periódico por encima de los hechos fomenta el pensamiento zombi desde un excelso ejercicio del mismo. Tras la victoria de Donald Trump hubo un intento llamativo de unir al demagogo nuevo presidente de EEUU con Podemos. No hubo ningún dirigente del partido que se alegrara mínimamente, el propio Pablo Iglesias se refirió a Trump como fascista. Sin embargo, los marcos preestablecidos que algunos tenían para sus columnas hacían necesario ignorar la verdad y los hechos para marcar el ideario zombi a sus seguidores. Ignacio Torreblanca, director de opinión de El País, escribió una columna llamada “celebración populista” en la que mencionaba a todos los que habían celebrado la victoria de Trump, desde Marine Le Pen a Vladimir Putin. No pudo incluir a ningún miembro de Podemos, porque ninguno lo celebró, pero eso no le impidió dar rienda suelta al pensamiento zombi irracional que no atiende a los hechos:

“También celebran la victoria de Trump los nuevos populistas de izquierdas o la izquierda de siempre, en España o fuera de ella. Para ellos esa victoria confirma el inminente colapso del sistema, sometido a una última vuelta de tuerca autoritaria antes de sufrir su último estertor víctima de sus contradicciones estructurales”. 

No, nadie en España de Podemos ni de ningún partido de la izquierda ha celebrado la victoria de Trump. Por mucho que a Torreblanca le desordene el ideario preformado.

Esa negación de la realidad y la construcción de una alternativa basada en la falta de pudor intelectual para conseguir unos objetivos se construye de manera torticera hasta llevarla al ridículo. Y para hacer el ídem no hay nadie mejor que la derecha española. Albert Rivera, Toni Cantó o Susana Díaz se han empeñado en intentar equiparar a Podemos con Trump, lecciones de política internacional grotescas y maximalista que indefectiblemente llevan a comparaciones absurdas. Este tipo de construcción discursiva tuvo su máximo esplendor en la intervención de un concejal de UPN en el pleno de Pamplona al intervenir sobre una propuesta de Podemos sobre la ampliación del carril bici. Cogió la bicicleta el concejal conservador sin que nadie le quitara el micrófono por humanidad y compasión y llegó a la construcción de la URSS y Corea del Norte por parte de los talibanes donde gobierna Chim Pon Chi.

Para algunos medios y políticos la zombificación de sus seguidores puede ser una estrategia a corto plazo que les otorgue réditos y victorias, pero está abonando el terreno para quedarse a su lado tan sólo con una ciudadanía acrítica que empobrezca el debate público hasta hacerlo inexistente. Una facción de Podemos utilizó contra sus compañeros el ataque a Ramón Espinar como si esto supusiera que PRISA prefería a Errejón. Creer que su campaña mediática es contra de Espinar y Pablo Iglesias y no contra Podemos en general es caer en la trampa que Cebrián les pone para dividir y quebrar la unión en el partido. Fomentar el pensamiento zombi con un mensaje simplista puede servir para ganar una batalla, pero sin pensamiento crítico la guerra la perdemos todos.

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Comentar (1)

1 Comentario

  1. Un análisis certero aunque te has quedado demasiado centrado en el periodista.
    El militante zombi constituye el perfil más generalizado dentro de los partidos políticos por su misma naturaleza vertical y por las razones que muy bien apuntas. Las luchas cainitas dentro de Podemos, aparte del afán de poder, ejemplifican de manera clara esa fé irracional y el odio al adversario de todo fanatismo. El militante (del latín miles-milites= soldado) está encuadrado en un ejército y como tal defiende los símbolos del mismo: la bandera, el himno y el líder. Su sentido de pertenencia y de lealtad absoluta al partido y a su líder es muchísimo más fuerte que sus convicciones( que no suelen ser demasiado racionales). También en una religión en la medida en que sustituye a su dios por el fin, a la iglesia por el partido y al papa por el secretario general. Todo otro militante que con sentido crítico rompa esa estabilidad emocional (y orgánica), será criticado, demonizado y marginado por sus compañeros con el beneplácito de los dirigentes, por supuesto.

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