Filosofía con Angela Davis

La pregunta relevante no es por qué se ha de estudiar filosofía, como normalmente se intenta justificar, sino cuestionarse por qué alguien decide por otra persona que no debe estudiar alguna rama del pensamiento.

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Un stencil con la cara de Angela Davis en Lyon, Francia. / BIPHOP

Ignazio Aiestaran | Diagonal | 17/11/16

Cada vez que alguien del estamento político decide eliminar de la educación pública la filosofía me acuerdo de un texto estrafalario e inquietante de Immanuel Kant en el que recomendaba que las mujeres no estudiaran ni ciencia, ni filosofía.

Según este pensador, el “bello sexo” (sic) no tenía necesidad de estudiar geometría, ni la física de Newton, ni las mónadas, ni el principio de razón suficiente, ya que carecía de la inteligencia de los hombres.

En este tipo de argumentaciones hay que invertir el problema: la pregunta relevante no es por qué se ha de estudiar filosofía, como normalmente se intenta justificar, sino cuestionarse por qué alguien decide por otra persona que no debe estudiar alguna rama del pensamiento.

En la década de los 60, Angela Davis decidió que quería estudiar filosofía y profundizar en el conocimiento de Kant, Hegel y Marx, según cuenta en su autobiografía.

Un día le pidió una entrevista a Herbert Marcuse para solicitarle bibliografía filosófica y poder asistir a su seminario sobre Kant. Para su sorpresa, Marcuse la atendió en el mismo día y la primera pregunta que le hizo fue esta: “¿Está segura de que quiere estudiar filosofía?”.

A partir de entonces se consolidó una relación de respeto y aprendizaje, en un diálogo profundamente filosófico y humano entre un hombre blanco, europeo y bastante mayor, heredero de la Escuela de Frankfurt, y una joven mujer negra, afroamericana, comunista y feminista, referencia del Poder Negro.

Décadas más tarde, Angela Davis escribió un texto precioso sobre el legado de Marcuse donde reconoce que admiraba en él su obstinación en las promesas emancipadoras frente al universo lingüístico del establishment.

La insistencia en teorizar esa política del lenguaje a través del género, la raza, la clase y la cultura ha sido uno de los máximos aprendizajes para Davis desde entonces.

Así que, cada vez que se obstaculiza o impide en la educación pública que cualquier grupo que históricamente no pudo o no puede participar en la creación, la destrucción y la transformación de la filosofía acceda a ella en busca de su emancipación, privan a la humanidad en su conjunto de las posibilidades para razonar más allá del monopolio del pensamiento único, que es el lenguaje del hombre unidimensional que Marcuse criticó.

Y ahí queda su pregunta, como un eco y un reto: “¿Está segura de que quiere estudiar filosofía?”.

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