Problemas para todos

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Foto: Mr. FoxTalbot.
Foto: Mr. FoxTalbot

Begoña Huertas | El Diario | 17/11/2016

Leo que el Ministerio del Interior se niega a revelar la identidad de algunas de las personas a quienes Fernández Díaz nombró comisarios honorarios alegando que eso podría producirles ansiedad. Qué poca vergüenza. Porque de hecho es vergüenza y no ansiedad la palabra que deberían haber utilizado. Ansiedad es lo que sienten las miles de personas que se han quedado en la calle o con un sueldo de miseria. El uso tendencioso del lenguaje por supuesto no es nuevo, pero últimamente ha llegado a niveles insoportables; como cuando se habla de previsiones optimistas de empleo en referencia a las ocupaciones puntuales de determinadas épocas (Navidad) o de recuperación económica y superación de la crisis en referencia al estado de ánimo de las bolsas.

Esta semana vi el premiado documental de Erick Gandini, La teoría sueca del amor, (Nota de ID: artículo publicado en esta página con el título “Erik Gandini: “¿Qué pasa si hemos elegido los valores equivocados?“”), que contrapone una precariedad espiritual en un contexto de abundancia (Suecia) a una felicidad en un contexto de precariedad material (Etiopía). Para decirlo rápido, no me gustó. Todo parece desencadenarse casi a la manera bíblica de nuestro Fernández Díaz, por culpa de una “Eva”: en la primera escena se nos presenta a una mujer joven que quiere hacer su vida, montar su familia, su casa y su profesión… ¡sin un hombre! De ahí prácticamente se deriva un sistema social donde, de pronto, se nos dice, ya nadie se ocupa de nadie (y en vista de ese comienzo, me pregunto: ¿será ese primer “nadie” una manera de llamar a las abuelas, a las madres, a las mujeres?).

El documental viene a plantear en último término que la soledad de los ciudadanos suecos (y su individualismo, y hasta sus suicidios) es consecuencia de su autonomía económica, del hecho de no depender económicamente de nadie, ni de una pareja, ni de un familiar. Esto al parecer ocasiona una vida tan aburrida cuya máxima preocupación llega a ser –así se dice en algún momento– decidir si acristalar o no el porche de la residencia de verano, con toda la tristeza que ello acarrea –eso lo añado yo–.

No puedo evitar ponerme cínica porque el planteamiento de la cinta me parece bastante cínico: en contraste a esa visión de personas caminando solas por calles desiertas, en la segunda parte se muestra la paupérrima supervivencia en un poblado de Etiopía, donde la gente sonríe aunque tenga que someterse a intervenciones quirúrgicas realizadas con una black & decker (literalmente).

Lo bueno de todo esto es que aquí en España, siguiendo esa lógica, estamos bastante a salvo de la soledad de los pudientes. Como acaba de desvelar el Instituto Nacional de Estadística, los trabajadores a tiempo parcial, además de tener inseguridad de futuro, cobran menos, y además son cada vez más. Y eso con suerte. Como decía Cristina Fallarás, en este país quien tiene mucha suerte trabaja cinco horas, quien tiene poca, catorce, y quien no tiene ninguna trabaja un par de horas cada diez días.

Los minutos finales salvan el documental de Gandini. En ellos el sociólogo polaco Zygmunt Bauman pone las cosas en su sitio señalando el error de hablar de dependencia versus independencia, cuando en realidad es interdependencia el término que deberíamos poner en juego. Interdependencia significa negociar, ceder, aceptar la diferencia, asumir la diversidad y ayudarse mutuamente. En definitiva, no perder –o estimular– la capacidad humana de socialización. O sea, todo lo contrario a lo que se viene haciendo no sólo en España sino en Europa en las últimas décadas. Aquí las desigualdades crecen a una velocidad que asusta y no hay a la vista negociación posible. En el camino del neoliberalismo ni se cede ni se ayuda, pues ésa es la razón misma del sistema, que unos dependan de otros como esclavos (sin darse cuenta de que también los amos dependen de quienes les sirven).

Otra de las claves que despeja Bauman, quizás la que tenía más interés en reflejar el documental, sin éxito desde mi punto de vista, es que la felicidad no significa tener una vida libre de problemas. Se llega al momento de felicidad “cuando ves que has podido controlar los retos del destino. Y es justamente esto: la felicidad de haber superado las dificultades”. Pues bien, la buena noticia paradójicamente es que siempre habrá dificultades. Por muy cubiertas que uno tenga las necesidades básicas, la vida es un problema detrás de otro, de manera que felicidad no nos va a faltar, y menos en este momento. Hay problemas para todos. Si hasta los que reciben distinciones no se libran de sufrir ansiedad.

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