‘Metapintura’, el cuadro dentro del cuadro

El Museo del Prado, usando su propias existencias, plantea como la pintura se ha referido a si misma a lo largo del tiempo, símbolo de su propia función y poder.

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Francisco de Zurbarán, La Santa Faz (1660).

J.M. Costa | El Diario | 20/11/2016

Metapintura puede explicarse de forma sencilla: son pinturas sobre la pintura. Todo un tema en un país donde la metaficción siempre ha tenido un lugar muy destacado, al menos desde El Quijote. Sin embargo, no se había reflexionado de manera expositiva sobre su traducción plástica, como en esta muestra del Prado. Uno de los últimos grandes estudios españoles sobre el tema data ya de 1978, El cuadro dentro del cuadro (Cátedra, descatalogado) del gran estudioso Julián Gállego.

Una de las funciones de cualquier museo contemporáneo, aunque sea clásico, es la investigación. Pero no solo una investigación académica y autofágica, sino también una cuyo resultado se haga visible para el público. Este mismo año y en el terreno de lo contemporáneo, tanto el IVAM de Valencia como el CA2M de Madrid mostraron dos botones de lo que se puede hacer con una colección.

Por otro lado, un tinglado como la pasada exposición sobre El Bosco debe agotar muchos recursos en cualquier institución y no solo económicos. Todo se une para que Metapintura, una exposición de tesis, sea la principal del otoño y el Museo del Prado pueda haberla realizado contando básicamente con sus propios almacenes.

Es tremendo. Pocas pinacotecas, apenas el Louvre, el Hermitage, el MET, los museos Vaticanos y seguramente el Kunsthistorisches de Viena, tienen fondo de catálogo como para mostrar 137 piezas de primera sobre un tema concreto como este de la pintura en la pintura. Habiendo prescindido de muchas otras igual de adecuadas. Pero es que el Prado podría abordar cualquier tema. Tejidos, flores, animales, segmentos sociales, arquitecturas… Solo hay que imaginar. Sin contar con las innumerables variaciones de lo religioso, que ocupa ya un gran lugar en Metapintura. Todo museo tiene carencias y las del Prado son de las de siempre: una reconocida pobreza en pintura holandesa, francesa y alemana. Pero aun así, impresiona.

La exposición se abre con la mayor claridad: imágenes de la Verónica y del mismo Dios Padre pintando. A partir de un origen tan explícito y rotundo, lo autorreferencial descendiendo directamente de la divinidad, el tema se desarrolla en quince variantes que ocupan otras tantas salas, repletas de cuadros donde la fama del autor acaba no siendo tan importante. Incluso los menos célebres aportan obras estupendas que contextualizadas ganan sentido.

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El origen de la pintura – La invención de la pintura. Matías de Arteaga. (1665)

El viaje así iniciado continúa en Los orígenes: la mitología, con cuadros y alguna escultura sobre el reflejo de Narciso o el robo del fuego olímpico por Prometeo, aquí en un boceto de Rubens para su Prometeo acabado (también en el Prado) que es una pequeña joya. Se aprovecha el paso de una zona a otra para rendir un homenaje al Quijote en el 400 aniversario de la muerte de Cervantes. Un excurso literario justificado en que el Quijote es la meta-novela por excelencia.

Luego se pasa por El poder de las imágenes, tanto propias y milagrosas (cristianas) como ajenas y condenables (paganas). Una contradicción que resultó muy aguda en América. La pintura como signo, que trata de ser un pequeño homenaje a Gállego muestra el prestigio de la imagen. Sobre esto hay en el Prado un cuadro definitorio, no incluido en esta exposición pero sí en el libro, llamado Recuperación de la Bahía del Brasil o Recuperación de la bahía de Todos los Santos(1634-35) de Juan Bautista Maíno. Al recuperar la plaza, el joven rey Felipe IV preside la ceremonia de la reconquista en efigie, un cuadro situado bajo palio y al cual solo le falta apoyarse sobre un trono. Eso es poder en la imagen.

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Santo Domingo en Soriano. Fray Juan Bautista Maíno. (1629)

Rompiendo los límites

Los límites del cuadro es un tema que ha dado lugar a reflexiones o hallazgos muy interesantes y a juegos de artificio que, en todos los casos ponen a prueba el ilusionismo del plano (el lienzo, la madera) pintado. Siendo el Prado no es raro que se dedique un espacio a Tiziano, que puede resumirse como un homenaje. Esto hace recordar una exposición montada en el Prado bastante antes de su ampliación: Rubens copista de Tiziano (1987). Eran solo dos salas con los originales del veneciano y las copias del flamenco, pero daban de si inmensidades. Es una lástima que no se haya reproducido tal cual una de ellas, porque impresionaba mucho, los cuadros están en el Prado y viene al pelo de esta exposición.

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El archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de pinturas en Bruselas. David Teniers. (1647-1651)

El recorrido sigue por Los lugares del arte, desde el estudio hasta la colección nobiliaria del barroco, esos cuadros llenos de cuadros que en buena medida han servido a lo largo del tiempo para distinguir lo que se considera Gran Arte. Mitos modernos: el amor, la muerte y la fama o Hacia un nuevo artista: entorno afectivo y subjetividad acabarían el recorrido si no fuera por una extensa sección de Goya que siempre se agradece pero que no tiene demasiado que ver con el tema. Un poco raro, la verdad.

Antes se han visto algunos nombres como el Greco, Zurbarán, Ribalta, van Dyck, Berruguete, Cano, Anguissola (la única mujer), Sánchez Cotán, Paret, Durero, Vasari, Bernini, Murillo, Teniers, Mengs… Y muchos otros, hasta completar 137 obras, entre las cuales también hay alguna escultura antigua, que el Prado, en mucho menor medida que el Louvre o el British Museum, también tiene alguna.

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Luis Paret. Carlos III comiendo ante su corte.

La exposición viene acompañada de un libro, que no catálogo, llamado Metapintura Un viaje a la idea del arte en España, firmado por Javier Portús, comisario de la muestra y responsable de Pintura española hasta 1700 en el Prado. Sin embargo, lo de España no aparece en la exposición misma. Tal vez afirmar que la idea del arte en España deriva de la metapintura, sería mucho arriesgar y alguien ha preferido la prudencia. En el libro se trata la cuestión por largo y en detalle, añadiendo muchas ilustraciones de obras no expuestas. Eso sí, su diseño es tan clásico que si no fuera porque las reproducciones son en color, parecería publicado a mediados del siglo XX.

Dentro de poco el Prado abrirá también una exposición sobre el maestro Mateo (catedral de Santiago) y otra de dibujos de Ribera. Además sigue la exposición de bolsillo de Clara Peeters, que por sí sola merece el paseo. Si las unimos y sin que haya nada de gran relumbrón, este otoño el Prado parece algo más que una colección maravillosa y exposiciones de masas. Es un lugar en el que pasar el tiempo disfrutando y aprendiendo. Sin muchas prisas, no es tan probable que nos empujen.

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La marquesa de Villafranca pintando a su marido. Francisco de Goya. (1804)

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