Robert Wyatt, diferente cada vez

Obrero de la canción con el poder de hacer magia mediante la música, Robert Wyatt es, desde su silla de ruedas, una figura única en el pop occidental. Por muchos motivos.

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Robert Wyatt.

Jose Durán Rodríguez | Diagonal | 20/11/16

¡Vuelve la protesta al pop británico! ¡Regresan las canciones que preguntan de qué lado estás! Como titulares algo sensacionalistas podrían valer, aunque en realidad no es para tanto y conviene matizar el entusiasmo: el 14 de octubre se pusieron a la venta las entradas, a 25 libras la unidad, para el primero de los conciertos de la campaña “People Powered” que pretende apoyar al líder laborista Jeremy Corbyn y sus propuestas de justicia social y redistribución de la riqueza.

Se celebrará en Brighton (Inglaterra) el 16 de diciembre y en el cartel figuran bandas como The Farm, Temples, la cantante Kathryn Williams y un viejo conocido en esto de echar una mano al Partido Laborista desde la música popular: Paul Weller, líder de los Jam y de Style Council.

Cumplido el luto por la derrota de las huelgas mineras, en 1985 Weller y otras figuras del pop británico, como el cantautor Billy Bragg, promovieron Red Wedge, una alianza entre la música y el laborismo para ayudar a desalojar a Margaret Thatcher del 10 de Downing Street.

La campaña consistió en charlas, conciertos y festivales con presencia de grupos como Madness, The Smiths, Tom Robinson o Communards y quedó muy lejos de alcanzar su objetivo: la Dama de Hierro fue reelegida para un tercer mandato el 11 de junio de 1987. Weller, calcinado por la experiencia, se declaró hundido, afirmó que el partido les había explotado y se cuidó muy mucho de volver a mojarse de esa manera en política. Hasta ahora.

Y sin embargo, lo realmente novedoso de su actuación en el concierto de apoyo a Corbyn es que a su lado estará Robert Wyatt, alejado siempre de los focos y retirado de la música desde 2010.

¿Quién es Robert Wyatt?

Dueño de un rico cancionero elaborado sin prisa a lo largo de cuatro décadas, creador en segundo plano de música que abraza y conmueve, autor de letras que viajan de Timor Oriental a Palestina, con paradas en el recuerdo a García Lorca o la crítica al colonialismo estadounidense, Robert Wyatt –nacido en 1945 en Bristol (Inglaterra)– es de los escasos músicos anglosajones para quienes Violeta Parra, Pablo Milanés o Víctor Jara valen tanto como Leonard Cohen o Bob Dylan.

“Robert Wyatt es uno de los inventores de un subgénero de la música popular que sólo se puede calificar como Robert Wyatt”, dice el escritor Iban Zaldua

“Es uno de los inventores del rock progresivo, uno de los inventores del jazz-rock, y uno de los inventores de un subgénero de la música popular que sólo se puede calificar como Robert Wyatt”, responde a Diagonal el escritor Iban Zaldua, autor de Biodiscografías (Páginas de Espuma, 2015).

Abel Hernández, miembro durante los años 90 del grupo Migala y traduciendo lo que significa ser cantautor en el siglo XXI con el alias El Hijo, sitúa a Wyatt entre quienes a finales de los 60, y sobre todo en los 70, “llevaron la canción de autor popular reinventada por Dylan a terrenos de creación personal de nuevo lenguaje y profundidad interior, arte contemporáneo y utopía”. En esa nómina incluye a Caetano Veloso, Mikel Laboa, Brian Eno, Vainica Doble, Joni Mitchell, Sly Stone o Franco Battiato.

En su opinión, Wyatt es un autor importante “para entender esa fuga de la música de las dos cárceles del pop: la del puro objeto de consumo dictado por el negocio y sus grandes canales, y la de lo populista mal entendido como paternalismo, tradicionalismo, flojera creativa, planicie…”.

Bajo el sobrenombre Aries, Isabel Fernández ha firmado tres discos que diluyen las fronteras entre la fantasía pop y la canción de autor. Reconoce a Diagonal que a lo que le gustaría acercarse cuando escribe es a las ideas de belleza y verdad que, para ella, son lo más relevante de la música de Wyatt. “Pero estoy a años luz de conseguir algo tan remotamente lindo”, evalúa.

Fernández considera que no hay mucha música como la del británico, “tan hermosa y llena de alma. Es superlibre y excitante, con esas atmósferas llenas de emoción e imaginación”.

Tres nombres y una caída

Tres personas y una fecha giraron la vida de Wyatt para siempre. El escritor Robert Graves, afincado en Deià (Mallorca) y amigo de la familia, ofició de cicerone en la isla durante varios veranos para un adolescente Wyatt y algunos de sus colegas, como Kevin Ayers. Arte, sangría y noches interminables presidían la vida relajada que Graves les ofrecía. Su ahijado, Ramón Farrán, fue el primer mentor musical de Wyatt, dándole clases de batería.

Cuando Robert Wyatt era un quinceañero conoció al poeta y guitarrista Daevid Allen. Compartían pasión por la música, especialmente por el jazz, y fue una suerte de guía para Wyatt, siete años menor, y su pandilla de Canterbury. La lección que tomaron de él se resumía en que otros mundos y vidas eran posibles, más allá de lo que aprendían en el colegio.

La cineasta y pintora Alfreda Benge, ‘Alfie’, forma inseparable pareja con Wyatt desde 1972. Se encontraron en el segundo concierto de Matching Mole, el grupo que él impulsó tras haber sido despedido de The Soft Machine y no prosperar un intento de suicidio. Alfie le acercó al marxismo y al socialismo, le aportó una nueva forma de entender su papel como artista. También es la ilustradora de las portadas de los discos y la autora de varias letras y canciones. Pero, sobre todo, fue el apoyo imprescindible en el punto y aparte que sucedió al año de su flechazo.

El 1 de junio de 1973, durante una fiesta, Robert Wyatt cayó completamente borracho desde la ventana de un cuarto piso y se fracturó la vértebra número 12. La caída le sentó en una silla de ruedas para el resto de sus días. También abrió la puerta a una carrera musical impar, que le ha llevado a plasmar en canciones y discos los sonidos que viven en su cabeza, utilizando para ello medio cuerpo: de cintura para arriba. Algo difícil para un músico que hasta entonces se había dedicado a tocar la batería.

“Quise seguir haciendo lo que hacía tan bien como lo hacía, pero de una manera distinta”, explicó al periodista Marcus O’Dair, autor de Different every time, la biografía del músico publicada en 2014.

El antes

The Wilde Flowers fue el primer intento serio de grupo en el que estuvo involucrado Wyatt, aunque no publicaron nada. Formado junto a Ayers y los hermanos Hopper, compañeros de escuela, a mediados de los años 60 –cuando la juventud británica dedicaba su ocio a tocar en conjuntos musicales–, pasa por ser el origen de la llamada escena de Canterbury, un variado catálogo de bandas de la ciudad en las que se repetían algunos apellidos y constantes vitales: rock campestre, algo alucinado y tendente a la divagación.

Fraguado en Mallorca en el verano de 1966, de nuevo con Ayers y Allen, y con base en la casa de la madre de Wyatt –convertida en centro de operaciones para esta tropa de hippies, con sus excentricidades y sus pintas–, The Soft Machine, bautizado con el título de una novela de William Burroughs, resultó otra cosa: la piedra angular de la psicodelia británica junto a los primeros Pink Floyd.

Tocaron en la fiesta de presentación de la publicación alternativa International Timesen octubre de ese año, con Yoko Ono haciendo una performance sobre el escenario; alargaban sus canciones más allá de una hora en interpretaciones más cercanas a un happening que a un concierto; y sus actuaciones en el club londinense UFO, acompañados por los ácidos efectos visuales de The Sensual Laboratory, solían cerrarse al amanecer.

En 1968, Jimi Hendrix pidió que The Soft Machine acompañasen a su Experience en la gira por Estados Unidos para presentar su segundo disco, Axis: Bold as Love. 47 conciertos en 66 días durante los que Ayers y Wyatt vivieron sin freno el lado más salvaje del rocanrol y que el grupo aprovechó para grabar su primer larga duración.

Para Zaldua, de The Soft Machine sorprende cómo se adelantaron a su tiempo: “Oyes su primer disco, de 1968, y te das cuenta de que ellos ya estaban haciendo lo que se iba a llamar rock progresivo mientras sus colegas Pink Floyd seguían en la psicodelia; oyes los siguientes dos álbumes y no puedes dejar de pensar que ahí está casi todo el jazz-rock que tan de moda se pondría a lo largo de los 70”.

Fernández destaca que “The Soft Machine tienen el sonido y el sentir de la música de los 60 sumados a toda esa carga experimental: los cambios, las atmósferas, los saltos, un poco de jazz, un poco de ruido, progresiones delirantes… No son ortodoxos, son muy divertidos y hermosos”.

The Soft Machine continuarían grabando discos hasta 1980, con formaciones muy cambiantes. El último en que participó Wyatt fue Fourth, de 1971. Un año antes había lanzado en solitario The End of an Ear, un trabajo muy poco convencional, y después se embarcaría en Matching Mole. Luego llegaría la caída.

El después

Tras pasar seis meses en el hospital, Wyatt decidió seguir creando música pese a las limitaciones de la nueva realidad en la que vivía. Ante él, sin embargo, se abría un campo en el que no se divisaban puertas. Sin poder tocar la batería, encontró a sus nuevos cómplices en percusiones casi de juguete, teclados y trompetas. Entendió que ya no tenía sentido pensar en la disciplina de una banda, sino que disponía de la mayor libertad para hacer la música que quisiera. Y se concentró en un instrumento muy especial, su voz.

Así nació Rock Bottom (1974), su primer disco después del accidente. Una obra imperecedera que sigue cautivando pasados más de cuarenta años.

“Es una de las músicas más mágicas, imaginativas y preciosas que he escuchado en mi vida. No podría compararla con nada”, opina Jose Atomizador

“Es una de las músicas más mágicas, imaginativas y preciosas que he escuchado en mi vida. No podría compararla con nada. Creo que nace de la expresión más pura y que vive al margen de modas y corrientes. Está en un lugar donde se cruzan la psicodelia, la música progresiva, el jazz y su voz única e inconfundible: frágil, tristísima y totalmente liberada de las inflexiones del rock and roll”. Quien así valora la creación de Wyatt es Jose Atomizador, tenaz agitador del subsuelo musical madrileño en las últimas dos décadas, implicado en multitud de proyectos como A Room with a View en los años 90 o Extinción de los Insectos y Atomizador en la actualidad. Siempre a contracorriente, lo suyo es pop radical en fondo y forma.

Él se reconoce atravesado profundamente por la vida del británico –”su caída y parálisis durante la creación de Rock Bottom y su renacimiento a partir de ese momento es algo que me sigue impresionando muchísimo. Habla de cómo encontró la liberación en su tragedia, y eso es algo que me inspira enormemente”– y rastrea la influencia de Wyatt sobre su propia obra: “La instrumentación minimalista que usa en mucha de su música me enseñó que se puede alcanzar la máxima emoción con pocos medios y mucha imaginación. La letra en lenguaje pseudoinventado de Alifib, mi canción favorita de él, fue una de las razones que me hicieron atreverme a cantar sin letras”.

Tras un incidente en el programa de televisión Top of the Pops –la cadena BBC no quería que actuase en silla de ruedas– y la publicación de un nuevo disco, Ruth is Stranger than Richard (1975), Wyatt se mantuvo varios años en silencio.

En 1979, coincidiendo con la llegada al poder de Thatcher, Robert Wyatt se afilió al Partido Comunista de Gran Bretaña

En ese tiempo, él y Alfie colaboraron con artistas y músicos, asistieron a festivales de cine y conferencias acerca de política internacional, y leyeron con profusión sobre lingüística, Cuba, los procesos de descolonización o el rol de las mujeres en la revolución sandinista. También trataron de encontrar trabajo, sin éxito. En 1979, coincidiendo con la llegada al poder de Thatcher, Wyatt se afilió al Partido Comunista de Gran Bretaña.

Sus siguientes grabaciones serían acercamientos a canciones ajenas, una constante desde entonces, recopilados en 1982 en el disco Nothing Can Stop Us. “Son interpretaciones muy bonitas y emocionalmente desgarradoras, como todas las versiones que hizo suyas. Caimanera y Arauco tienen además un fondo político de resistencia muy poderoso, al igual que Biko o incluso At Last I Am Free, de Chic, que en sus manos parece un himno revolucionario de liberación”, recuerda Jose Atomizador, quien también destaca que Wyatt “ha sido siempre un artista insobornable, comprometido políticamente”.

“Wyatt es –sentencia Zaldua– uno de los pocos que han combinado, sin que produzca vergüenza ajena, izquierda marxista y pop, junto a gente como Billy Bragg o McCarthy, quizá”.

Solo no puedes

Durante la grabación del álbum Shleep (1997) se produjo el encuentro, que se reeditará en el concierto de diciembre, entre Wyatt y Paul Weller, quien aportó su guitarra a dos canciones. Este disco de regreso, talento y reunión –también participaron Brian Eno y Phil Manzanera, entre otros nombres, en un ambiente de colaboración muy común en la trayectoria de Wyatt– inaugura su última etapa, completada por Cuckooland (2003) y el extraordinario Comicopera (2007).

Precisamente un disco a varias manos –For The Ghosts Within, orientado al jazz y firmado en 2010 con el saxofonista Gilad Atzmon y la violinista Ros Stephen– parece la despedida definitiva de Wyatt, aunque en 2015 prestó su voz y su corneta a Stella Maris, una composición del cantautor ruso Boris Grebenshikov.

Para concluir, Zaldua resume con precisión la carrera de Wyatt, subrayando su significado: “Es una de las víctimas de los excesos de la vida rockera tal y como se entendía a principios de los 70 y, desde su silla de ruedas, un símbolo de que se puede superar con dignidad, tesón y, por cierto, sin caer en la trampa que convirtió a muchos hippies en yuppies”.

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