Donald Trump. Google images.

 | Diario de París | 

Sobre ventajas, incógnitas y peligros del follón y la imprevisibilidad de Estados Unidos

Dice el sociólogo argentino Atilio A. Boron que, “América Latina no puede esperar nada bueno de ningún gobierno de Estados Unidos, como lo ha demostrado la historia a lo largo de más de dos siglos”. Desde luego, esa no es una declaración de amor a Estados Unidos, pero si una manera realista de zanjar el debate y los lloros sobre las consecuencias de la victoria de Trump y de lo mucho mejor que habría sido la victoria de su encantadora rival.

El resto del mundo podría suscribir la afirmación de Boron, por lo menos desde la Segunda Guerra Mundial, porque ninguna potencia ha hecho más daño al mundo desde entonces que la primera potencia. Constatado eso y abandonada toda vana ilusión, el debate puede enfocarse alrededor de otra pregunta.

¿Tiene ventajas el desbarajuste?

Dice Michael Moore, uno de los que mejor vio venir la victoria de ese ovni reaccionario que es Donald Trump, que el nuevo presidente no acabará su mandato. Estados Unidos se ha convertido en una fuente de imprevisibilidad. De puertas adentro hay cierto estupor en el establishment de Washington y la mitad de los ciudadanos no consideran a Trump su presidente. Solo con eso ya basta y sobra para unos cuantos incidentes. Así que la pregunta es si el previsible follón interno que este nuevo presidente pueda ocasionar, no mermará la capacidad de dañar al mundo de la potencia. En otras palabras, ¿nos dará Estados Unidos cierto respiro, ciertas vacaciones, mientras aclara qué hacer con eso, o mientras eso aclara lo que va a hacer y cómo?

De puertas afuera, la potencia americana se ha convertido en fuente de incertidumbre. Eso es nuevo. Los expertos intentan deducir programas y líneas de acción, de la serie de eructos incoherentes lanzados por Trump durante la campaña, pero un razonable pesimismo nos dice que lo que resulte de ello más bien parece que incrementará la peligrosidad de eso que llamamos Imperio del Caos, entendido como lo que resulta de la negativa a aceptar el propio declive hegemónico, y las malas y dañinas decisiones de fuerza encaminadas contra el multilateralismo y la práctica diplomática que se desprenden.

Rusia y China

Con Rusia solo quienes creyeron la fallida propaganda de Clinton & Cia de que Trump era el candidato de Putin, pueden esperar que haya una mejora de relaciones. Lo más probable es que el par de frases benévolas lanzadas por Trump sobre el Presidente ruso durante la campaña queden en nada.

Sea como sea, en China seguramente sí se han preocupado por esas frases, pues saben que las mejores y más estrechas relaciones de Moscú con Pekín fueron resultado directo de la negativa occidental a tener en cuenta los intereses rusos metiéndole el dedo en el ojo al oso una y otra vez hasta llegar a Ucrania. Los chinos conocen la esquizofrenia del águila bicéfala rusa, con una cabeza mirando al Oeste y la otra al Este, y pueden pensar que si esos intereses son tenidos un poco más en cuenta el pajarraco estaría encantado de corresponder a expensas de China. La novedad con respecto a la situación de hace veinte años es que desde entonces el occidentalismo ruso, la predisposición a comprar sin mirar todo lo que viene del Oeste, ha sufrido mucho en Moscú, y es difícil que los rusos de hoy, mucho más fríos y realistas que los de entonces, se avengan a comprar collares de cuenta y espejitos. Deberían ofrecerles algo bien serio, sólido y por escrito, lo que no parece probable.

Todo esto habrá que verlo en la práctica, en caliente, y seguramente será en el Mar de China donde la acción exterior de Trump será tanteada y puesta a prueba.

UE: La gran juerga

Pero si en Rusia y en China, la situación es ambivalente, en la Unión Europea los efectos del trumpeteo son tragicómicos. El mero anuncio de que el actual presidente electo relativiza a la OTAN, es decir que cuestiona el papel preponderante de Estados Unidos en el viejo continente, ha sembrado el pánico y el desconcierto en Bruselas. La situación recuerda a lo que ocurría en los países del Este en 1988 y 1989 cuando Moscú dimitió del papel de gendarme dirigente y les dijo a los vasallos: “ahora, haced lo que queráis”.

Claro que no se ha llegado a eso, ni se llegará, pero el pánico y la confusión ocasionados son comparables.

Tal como están las cosas en la UE, es decir con sus promesas de prosperidad y democracia completamente desprestigiadas por las crudas realidades oligárquicas evidenciadas por la crisis del neoliberalismo, lo único que cohesionaba a ese grupo de papanatas de Bruselas era el fantasma del “peligro militar ruso”. ¿Y de repente el trumpetazo sugiere desde Washington que no está interesado en ello? La reacción solo podía ser militar. Una huida hacia delante es todo lo que son capaces de ofrecer.

Bajo presión alemana, la última reunión de los ministros de defensa de la UE ha enfatizado la puesta en marcha de estructuras militares independientes de la OTAN. Su comunicado habla incluso de “autonomía estratégica”. Más fácil decirlo que hacerlo.

Los británicos y algunos europeos del Este no quieren saber nada del asunto. Se fían más de una estrecha cooperación militar con Estados Unidos que de cualquier “ejército europeo” bajo liderazgo alemán, algo que los militares franceses, obviamente, tampoco suscriben.

“Tras la elección de Trump la defensa de la democracia liberal pasa a ser nuestra misión superior”, “Europa debe asumir mas responsabilidad en política exterior y de seguridad”, señala un papel del think tank alemán DGAP, correa de transmisión de las ambiciones exteriores alemanas. Como en Berlín se dice “Europa” pero se piensa “Alemania”, ver a ese país erigirse en defensor de la “superior misión de la democracia liberal”, es algo que produce bastantes escalofríos. Así que lo más probable es que la reacción securitaria al ambiguo trumpetazo agudice aún más el inevitable proceso de desintegración europeo al que asistimos desde hace algunos años.

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