Gustavo Espinoza M. | Rebelión | 26/11/2016

Es conocido el hecho que en el proceso de formación intelectual y política de José Carlos Mariátegui, el viejo continente tuvo una influencia decisiva. Allí, en los bulevares de París, en las Vías de Roma, o en las grandes avenidas de Berlín o de Praga, pero también en los bucólicos jardines de Frascati, el Amauta tomó contacto no sólo con un escenario geográfico, sino también con una cultura y una experiencia humana de innegable valor.

Supo recoger, en ese periodo de su vida, los mejores frutos con los que alimentara su espíritu y su pensamiento; pero no se ilusionó nunca con la belleza de sus campos ni la dulzura de sus gentes. Tuvo la capacidad dialéctica indispensable para comprender el doble rostro de ese secular mensaje. Y fue, por eso mismo, consciente que Europa, para el americano, como para el asiático no era “sólo un peligro de desnacionalización y desarraigamiento; sino también la mejor posibilidad de recuperación y descubrimiento del propio mundo, y del propio destino”.

En esa línea de trabajo diría más tarde en la presentación de su obra cumbre –Los 7 Ensayos…– “He hecho en Europa mi mejor aprendizaje. Y creo que no hay salvación para Indo-América sin la ciencia y el pensamiento europeos y occidentales”. Y es que se valió de ese escenario para nutrir sus ideas, pero no se dejó ganar nunca por el apoltronado espíritu de una cómoda intelectualidad poco comprometida con la historia y con la vida.

Tanto en “El Alma Matinal y otras estaciones del hombre de hoy”, como en “La Escena Contemporánea”, “Cartas de Italia”, “Historia de la crisis Mundial”, “Signos y obras” o “Figuras y aspectos de la vida mundial”; Europa está presente con su cultura, sus pensadores, intelectuales, políticos y líderes sociales de distintos segmentos. En todos los casos, el Amauta busca no solo representarlos, sino, ser todo, trasmitir el sentido de sus vidas y recoger sus luchas y acciones. Gracias a ellas, el viejo continente no solo se convirtió en un granero de expectativas singulares sino, sobre todo una fuente agotable de reflexiones y riqueza.

Pero es quizá Italia el principal centro de su vigilia. Allí, no solo “desposó una mujer y unas ideas” -como lo admitiera- sino también un espíritu y una conciencia de clase que llevara larvada desde el Perú, pero que se extiende y manifiesta con plena intensidad al calor de vivencias que marcaron su vida.

En Italia, Mariátegui pudo observar de manera muy directa y gráfica, tres procesos definidos: la crisis europea de post guerra, el ascenso del fascismo y el surgimiento de los Partidos Comunistas de Europa Occidental estrechamente vinculados -en su origen- al desarrollo de la clase obrera.

La Primera Guerra Mundial, como se recuerda fue caracterizada por Lenin como una contienda entre potencias imperialistas empeñadas en arrebatarse los mercados, en procura de enfrenta la crisis del sistema por la vías de las armas. Esa guerra trajo al mundo pérdidas irreparables y daños materiales no ocasionados antes por conflagración alguna. Ante ella, dijo el revolucionario ruso, sólo cabe sostener que “la transformación de la actual guerra imperialista en guerra civil, es la única consigna proletaria justa… Sólo siguiendo esta vía, podrá librarse el proletariado de su dependencia de la burguesía chovinista y dar, en una u otra forma y con mayor o menos rapidez, pasos decisivos hacia la verdadera libertad de los pueblos y hacia el socialismo“.

En la Rusia de los zares, los trabajadores y el pueblo, siguieron las predicciones y orientaciones de Lenin. Alentaron una policía de paz auténtica y legítima, y convirtieron la Guerra en una Revolución triunfante. En Europa occidental, la clase obrera, que tenía ya experiencias de lucha valiosas, como la Comuna de París, se sintió no sólo en el deber, sino también en la capacidad de seguir por ese mismo derrotero, y marchar triunfante hacia la conquista de lo que Mariátegui bautizara como “el pan y la belleza”, es decir el sustento material y espiritual de la nueva sociedad.

Que Mariátegui entendió a cabalidad este mensaje, lo confirman muy diversos hechos: los vínculos del Amauta con la intelectualidad más avanzada de Europa, como Henry Barbusse, el excepcional escritor de “El Fuego”; su ligazón con los revolucionarios comunistas de la época, cono Antonio Gramsci y su colectivo “L’ Ordine Nuovo”; su entrevista con Máximo Gorki, en un sanatorio de Berlín; su participación -en 1921- en el Congreso de Livorno, que daría nacimiento al Partido Comunista Italiano; pero también la formación en Italia de la primera Célula Comunista peruana, integrada, en 1923, por el mismo Mariátegui, el médico Roe, el Cónsul peruano Palmiro Maquiavelo y Jorge Falcón. Un compromiso doble: con el socialismo, y con el Perú, con la lucha que libraba ya la clase obrera peruana y que Mariátegui mismo había tenido la posibilidad de conocer en la lucha por la Jornada de las 8 horas.

Pero el telón de fondo en todo este compromiso, fue la identificación de Mariátegui con la cultura italiana. Y no la reciente, la que pudo palpar de manera cotidiana, sino también aquella que alcanzó a conocer en sus siempre apremiantes recorridos por museos y otros lugares de la historia. Fue una v verdadera admiración por la Roma antigua, pero además por la renacentista, por la clásica, por la moderna, por aquella que supo combinar el legado de hombres y pueblos con las creaciones constantes de la literatura y el arte.

Fue ese legado, el que le dio a Mariátegui el verdadero sentido de su más ferviente americanismo. “Y no me sentí americano, sino en Europa. Por los caminos de Europa, encontré el país de América, que yo había dejado, y en el que había vivido casi extraño y ausente. Europa me reveló hasta que punto pertenecía yo a un mundo primitivo y caótico; y al mismo tiempo me impuso, me esclareció el deber de una tarea americana… Europa me había restituido, cuando parecía haberme conquistado enteramente, al Perú y a América”.

El mismo Mariátegui confiesa que quiso ver Italia sin literatura, sin ojos de turista, sin pre juicios ni ataduras. Porque no pretendió ver a Italia amortajada, sino viva. Y viva, en el espíritu de su pueblo y de sus hombres. Quiso eliminar expresamente de su mirada, en la patria de Dante Alighieri, tanta gloria, tanta leyenda y tanta arqueología, como lo subraya en su visión del paisaje italiano. En otras palabras, quiso encontrar a la Italia real, verdadera, aquella que asomaba en la vorágine de los acontecimientos de su tiempo, combinando las usinas de Milán, los campos de Regia Emilia y los paisajes de La Toscana.

Hay que considerar, no obstante, que aquellos años de la estancia del Amauta en el país itálico, fueron años difíciles. Las consecuencias de la primera Gran Guerra, fueron deplorables no solo para los pueblos, sino también para los grupos privilegiados, que buscaron con desesperación y verdadero frenesí, dos propósitos bien definidos: reconstruir su Imperio, y contener a cualquier precio la actividad de una Clase que se alzaba con las mismas banderas con las que casi dos mil años antes había insurgido Espartaco en el suelo romano: la lucha por la libertad; solo que ella -ahora- era verdadera y definitiva libertad, la que libera al hombre de todo mecanismo de explotación y de opresión.

La extraña simbiosis de ambos elementos -abrir paso a un mundo recompuesto a costa de aplastar a los pueblos- fue el fascismo que, a partir de octubre de 1922, logró enseñorearse en el Poder, a la sombra de una Monarquía envilecida, y a la luz de un caudillo tronante.

Aunque parezca un contrasentido el fascismo logró que, en ese país exuberante de arte y de cultura, se instaurara el crimen y el terror en las más altas esferas del Estado. Y es que en ningún país de Europa el fascismo alcanzó a representar de manera tan directa su definición clásica, como en Italia. Allì fue, en efecto, la Dictadura Terrorista de los Grandes Monopolios, con apoyo de las Masas, la que generó el que sería después, el más horrendo drama europeo.

El fascismo, no sólo se apoderó de los resortes del Poder, sino también de las mismas bases de la cultura italiana. Deformó en su beneficio la filosofía de Benedetto Croce; tomó de Gabriel D’ Anunzzio su teatralidad y su mensaje de fuego; y robó la espiritualidad de Pirandello, las ideas de Giovanni Gentile y hasta el sentido nacional de Federzoni; para exportar, allende sus fronteras, un sentido distinto de la cultura europea, la idea de un mundo perdido, un sentimiento letal que pudo llevar a la humanidad entera a su propio proceso de extinción…

En “La Escena contemporánea”, Mariátegui nos habló extensamente del fascismo, ese fenómeno extraño y sorprendente, que conoció de cerca y al que calificó como la expresión cumbre de la contra-revolución. No dudó en relacionarlo con otras experiencias similares: la que encabezara Alexander Tzhankov, en Bulgaria y el Almirante Horty en Hungria, espantados por la fuerza popular de la Ola Revolucionaria de los años veinte. Pero le asignó su propio papel en la tarea de colocar a la “terza Italia” en la cola de los guerreristas del siglo XX.

Este compromiso de José Carlos Mariátegui con el pensamiento europeo, y este afán infinito de hurgar en las extrañas mismas de la cultura italiana para comprender mejor el sentido de nuestro tiempo; es sin duda el que hace al Amauta una figura singularmente atractiva para los estudiosos del pensamiento socialista latinoamericano. Es él, el que genera el interés de Antonio Mellis, admirador de Antonio Gramsci y Piero Gobetti, por estudiar más en profundidad la obra del Amauta.

Pero a esa visión se suma, además, la interpretación del pensamiento socialista enraizado en la historia, y que Mariátegui desarrolla en su mayor amplitud en la tarea que se impuso, ya en nuestro país, luego de su retorno del viejo continente.

Probablemente pesó en el ideal de Mariátegui no sólo la cultura europea, sino también el modo de ver la vida, la manera de distinguir las facetas de la historia y los distintos colores de la realidad, que lo indujeron a desarrollar una visión propia del socialismo. Como es ya universalmente aceptado, el autor de los “7 Ensayos…” no fue un adocenado pensador de idea avanzadas, sino un revolucionario a carta cabal; es decir, un hombre dispuesto a cambiar de raíz la esencia del pensamiento de su época, para colocarlo a disposición del futuro.

Eso explica, ciertamente lo que algunos intérpretes del pensamiento socialista creen encontrar en Mariátegui. Esa es la idea que los lleva a situar al Amauta en la fila de supuestos “críticos de la ortodoxia marxista”; como si eso fuera un mérito superior, que lo califica excepcionalmente en nuestro tiempo.

Dos conceptos nos pueden ayudar a comprender mejor la concepción de Mariátegui en temas cardinales y de extrema importancia en nuestro tiempo: La Revolución Social y el rol de la violencia en la historia.

El Amauta creyó fervientemente en la Revolución Social como el único instrumento capaz de cambiar de raíz la naturaleza perversa de la sociedad de nuestro tiempo. Sostuvo, afirmando esa idea que “la revolución no es una idílica apoteosis de ángeles del Renacimiento, sino la tremenda y dolorosa batalla de una clase por crear un orden nuevo. Ninguna revolución, ni la del cristianismo, ni la de la reforma, ni la de la burguesía, se ha cumplido sin tragedia. La Revolución Socialista, que mueve a los hombres al combate sin promesas ultraterrenas, que solicita de ellos una extrema e incondicional entrega, no puede ser una excepción en esta inexorable ley de la historia… es indispensable afirmar que el hombre no alcanzará nunca la cima de su nueva creación, sino a través de un esfuerzo difícil y penoso en el que el dolor y la alegría se igualarán en intensidad”.

En verdad, como todo Marxista, y como todo revolucionario, Mariátegui no fue un repetir de frases, ni un copista de realidades dispersas. Fue, ante todo, un creador de pensamiento y cultura, un productor de ideas y un forjador de sentimientos legítimos, esos que vibran en el corazón de todos los que luchan por una causa justa a partir de una precaria y frágil trinchera. En otras palabras, un verdadero constructor de pensamiento y cultura, como corresponde a cualquier revolucionario de nuestro tiempo.

Y Mellis lo aprecia bien cuando lo representa como el Primer Marxista de América. Por eso resalta sobre todo el trabajo del Amauta en el Frente Cultural, rescatando su ubicación entre la vanguardia política y la vanguardia cultural. Y ese es un tema que luce inagotable para los peruanos.

De este modo, el vinculo que une a Mariátegui con Mellis, y que tiene como telón de fondo la cultura italiana, asoma en nuestro tiempo como una sugerente invitación al estudio y a la reflexión.

Gustavo Espinoza M. Presidente de la Asociación Amigos de Mariátegui.

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