El mejor truco para ahorrar en la factura de la luz: desempolvar las guillotinas

Que nos dotemos de una administración pública para gestionar todos nuestros recursos y servicios comunes es una bendición. Es el mayor logro de cualquier sociedad organizada. Una idea lógica con un increíble alcance: todos aportamos según nuestras posibilidades para un fondo común, y disfrutamos así de unos servicios esenciales para mantener un mínimo bienestar. Sanidad, educación, justicia, protección social, comunicaciones, energía, información, y un largo etcétera de necesidades que sin esa organización de escala sería imposible cubrir con equidad y eficacia.

La idea de los estados es, por tanto, y en teoría, facilitar la existencia a la población y potenciar un progreso del que todos nos beneficiamos. Y se entiende que para proveer esas facilidades, debe regularse de manera justa y proporcional el esfuerzo exigido según nuestra capacidad económica. Algo que por otra parte evita el conflicto que se produciría si una parte de la sociedad entiende que se está rompiendo el contrato social porque otra parte está intentando aprovechar en beneficio propio y de forma egoísta ese marco de avances, servicios y convivencia colectiva. Más allá de estos principios nada tendría demasiado sentido.

Y la verdad es que ya no lo tiene, porque el contrato social hace mucho tiempo que se rompió en favor de una minoría parásita, oportunista y extraordinariamente privilegiada.

El peso del Estado se apoya en las espaldas de los que menos tenemos. El nivel de carga impositiva soportada por las rentas medias y bajas por los mismos servicios que ya disfrutábamos hace treinta años se ha disparado hasta lo inconcebible, aunque el mundo sigue siendo el mismo e incluso es más sencillo y económico producir bienes y servicios de mayor calidad. Pagamos por renta, lo cual es natural siempre que esta carga impositiva atienda a razones lógicas y con carácter de presión fiscal progresiva, porque pagar el equivalente a cien euros al mes para quien dispone de mil, es mucho más sacrificado que pagar cincuenta mil para quien disfruta de cien mil (con los otros cincuenta mil, si es que algún día forzásemos a semejante y justa carga fiscal a las grandes fortunas, sigues llegando a final de mes, pero con novecientos no está tan claro, ¿se entiende, verdad?). Pero además de que no se cumple con esos preceptos, volvemos a pagar por todo lo que ya habíamos pagado y en todos los ámbitos: salud (repago farmacéutico y seguridad social en la nómina, etc.); infraestructuras y comunicaciones (impuestos de circulación, zonas azules, transporte público, peajes y mantenimiento en las facturas de servicios imprescindibles…); educación ‘obligatoria’ (material escolar, libros de texto, comedor, etc.); energía (impuestos especiales a carburantes, electricidad, generación energía solar, y lo que se les ocurra), y así con cualquier materia que uno pueda imaginar. Y no acaba ahí. A todo este cúmulo de pagos sobre pagos, de lo que ya era nuestro y ya habíamos pagado y seguíamos pagando, súmale ahora ese maravilloso impuesto indirecto que nos hicieron tragar en la prodigiosa década de los ochenta; aquellos maravillosos años de locura neoliberal en los que toda aspiración de progreso se fue a la mierda y que nos dejó como premio principal el IVA. Un impuesto que aún hoy sigo sin explicarme cómo aceptamos sin que saltara por el aire el país (y el resto de países que lo adoptaron, aunque incluso en esto hay casos y casos, y el nuestro se escribe en mayúscula). ¡Ah!, que no se me olvide: también pagamos la incompetencia, la ineptitud o la irresponsabilidad de las grandes empresas privadas, no importa si se trata de entidades financieras, constructoras de autopistas, o la madre que los parió a todos juntos.

Pero vamos a olvidarnos de sueños y paraísos. Este mundo es el resultado de su historia, y ha creado hordas de imbéciles dispuestas a verse reflejadas en una ensoñación de bienestar que las incapacita para razonar, llegando al punto de defender con más ahínco que sus creadores el marco de servidumbre que los ahoga sin que, para su desgracia (pero con gusto), puedan llegar a percibir la estafa y su propia insignificancia.

Y pese a ello, hasta esta parte de la sociedad puede llegar a comprender que no parece demasiado justo pagar un impuesto añadido e indirecto por los servicios esenciales ‘que nos hemos dado’ (y que no nos ha regalado nadie). También puede entender que no es lógico que las personas físicas (las empresas son una cuestión aparte) tengan que pagar impuestos añadidos (y redundantes) por productos farmacéuticos, energía, educación, alimentación, etc. E incluso que ya en el colmo del despropósito esos impuestos se apliquen en algunos casos con la máxima tasa existente.

Llegados a este punto, también es fácil que puedan asimilar que todo es el resultado de un proceso y que va a ir a peor, y que en esta tesitura resulta un insulto, si nos centramos en el particular tan de actualidad de la factura de la luz que, entre otras cuestiones igual de abominables, auténticos perritos falderos nos cuenten cómo podemos ahorrar en la factura de la luz instalando bombillas de bajo consumo, caldeando solo estancias pequeñas, o poniendo la lavadora a las cuatro de la madrugada, para que cuando alcancemos la máxima eficiencia energética (y esto no lo dicen) nos vuelvan a subir la factura y paguemos mucho más que antes.

Ya puestos también yo me voy a atrever con eso de los consejos para ahorrar en esa puñetera factura:

Sal a la calle con una guillotina y con cara de estar dispuesto a darle uso. En Bulgaria hace tres años les funcionó (y sin guillotinas, que más allá del tono jocoso por no amargarnos, sería mejor no usarlas), y no solo no les subieron la luz, sino que tras diez días de protestas el Gobierno saltó por los aires, y desde entonces ningún político se ha atrevido a volver a intentarlo.

Es lo que tiene no tragar con los abusos. Aunque el que quiera, en lugar de eso puede seguir poniendo la lavadora de madrugada, hasta que tenga que volver a lavar a mano.

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