Demasiado ruido para entender la letra

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Ruido mentiroso, ruido sin sentido… contagioso ruido. Como en la canción de Sabina. Es muy difícil escapar del ruido, es verdad. Porque el ruido emborracha, confunde, aturde. Y atrae de forma irresistible. Invita a ser partícipe hasta hacerlo único protagonista del entorno. Y es entonces cuando se materializa, se hace evidente y toca a su fin. Ese es el momento para preguntarse qué está ocurriendo de puertas afuera.

Tampoco es fácil averiguar qué pretendía ocultar el ruido, pero podemos conjeturar sin esperar acertar. Demasiado ruido como para poder concentrarse. Pero vamos a intentarlo igualmente con una hipótesis que puede ser solo una consecuencia o fruto de la casualidad.

Hace ya unos meses comenté, como tantos otros, sobre la posibilidad de que alguien de la insignificancia política de Pedro Sánchez retornara como héroe, por más que haya que tener presente que la política de nombres es tan adaptable y dinámica como para convertir cualquier prospectiva en pura adivinación. Pero algo sí estaba claro. El PSOE, el principal e imprescindible partido de régimen, estaba herido de muerte y no parecía posible salvarlo en un momento de urgencias gubernativas. Tampoco se trataba de acometer un simple cambio de caras a posteriori, porque no había de dónde rascar entre sus filas que pudiera resultar creíble. La sultana andaluza, la que para algunos era la candidata ideal, al menos como distracción y enemigo necesario, tiene muy mala prensa (social) de Despeñaperros para arriba y nunca hubiera podido convertirse en un revulsivo. Patxi López, con un plumero de dimensiones considerables, no es un tipo que además levante pasiones. Y el Pedro Sánchez aliado de C’s (el partido del cambio) ya olía a cadáver. Un cadáver sorprendentemente vivo tras el conciliábulo de Ferraz. Solo hay que atender a las reacciones de una buena parte de la militancia del PSOE para entender que de aquel muchacho que no despertaba ningún entusiasmo no queda ni su sombra. Hoy es el gigante que se enfrentó a Prisa y los malotes del establishment en su partido, y vuelve con la vitola de revolucionario. Poco menos que un Lenin castizo.

Lo único que me hacía dudar de esta operación renacimiento era cómo se iba a conjugar el verbo irregular de su nuevo discurso, si es que finalmente recuperaba el mando de la Secretaría General, con la práctica política de un PSOE atado y bien atado. Ahora ya me parece mucho más sencillo (lo que confiere un gran mérito al show).

El Sánchez de Évole, el del ‘no es no’, y una vez recuperado el trono, no podría hacer de muleta del PP, ni aprobar presupuestos, ni firmar acuerdos de otro tipo siquiera con el nuevo Ciudadanos liberal (porque en su Congreso han acordado abandonar una socialdemocracia en la que, obviamente, nunca estuvieron). Esto forzaría casi automáticamente a que Rajoy pulsara el botón nuclear de la convocatoria de elecciones a partir del año que viene, si no era obligado antes por otros para mantener las apariencias. Acto seguido, la suma de un PSOE redivivo y con manifiesta (aunque presunta) inclinación al pacto, y un Unidos Podemos que mantiene la expectativa de voto, sí podría ofrecer un nuevo Gobierno. Por fin nos libraríamos del PP (o algo así).

El Sánchez de hoy ya no es el de ayer, y seguramente tampoco el de mañana. Ahora ya no guarda rencor a los suyos, ni siquiera a Susana Díaz (una Susana que es más que probable que ya no tenga que postularse como candidata), si acaso un poco a la prescindible y sufrida Gestora, y poco más. Y encontrándose en el acto del regreso triunfante, ahora matiza que sí sería fácil pactar con Podemos… con el de Errejón, pero no con Iglesias. El caso es que, evidentemente, ganará el de Iglesias tras una innecesaria revuelta en el frenopático que nos ha dejado perplejos a todos, en un partido en el que nadie alcanza a adivinar las incompatibles diferencias programáticas entre las candidaturas que han provocado el cisma. Y vuelta a empezar. Ruido.

En este país, como en todo occidente, una cosa es la que te comes, y otra la que se cocina. Aquí la sacrosanta transición se escribió en Langley, nos conducen corruptos y ladrones que nunca pagan por sus fechorías, y hasta se ha condicionado la actividad de grupos terroristas, cuando no han sido un producto de laboratorio subterráneo. Las cloacas del Estado –y mucho más allá– llegan hasta lugares insospechados. ¿Conspiraciones? Podemos llamarlo como queramos, pero solo se trata de negocios. De la protección de intereses de una privilegiada e impune minoría.

Ruido, solo ruido. Pero el ruido se puede combatir. Es posible abstraerse de él si sabes en qué nueces focalizar tu atención. Las tormentas en los vasos preocupan a los cubitos de hielo. ¿Quién se atreve a proponer medidas justas, no necesariamente ideológicas ni necesariamente alcanzables, pero sin ambigüedades?

¿Dónde está la auditoría de una deuda ilegítima que nos ahoga, la nueva servidumbre, que es el principal problema económico del país? (De los países). No es necesario gobernar para hacerla y presentarla. Y hoy hay muchos partidos con medios para acometer esa tarea sorprendentemente olvidada.

¿Por qué se permite el ánimo de lucro en servicios esenciales, como por ejemplo energía y comunicaciones, y siguen estando en manos de empresas privadas y produciendo enormes beneficios que no revierten en la sociedad? ¿Quién pretende, en verdad, acabar con ello? No, no es suficiente ni tiene ninguna lógica negociar nada con esas empresas, porque no se trata de que ganen menos, sino de acabar con ese tipo de prácticas y mercantilizaciones aberrantes.

¿Por qué, incluso cuando se habla de reformas fiscales progresivas, se hace en el marco de las rentas de trabajo, cuando los que tienen capacidad sobrada para contribuir ni siquiera tienen nómina? Será creíble el partido que apunte a los bolsillos de los beneficios empresariales (eliminando además deducciones por reinversión), patrimoniales y de capital. El resto es ruido (y miserable).

¿Quién apostará por una renta básica ‘universal’ en un contexto de evolución tecnológica privatizada que a no mucho tardar nos va a dejar a la mayoría sin trabajo? Es el botón rojo para desactivar la protesta social, pero es esa trampa en la que vamos a tener que caer, y no será lo mismo hacerlo desde un planteamiento social que con uno de demolición de derechos adquiridos.

¿Quién le pone el cascabel al gato de la soberanía monetaria y económica? De nada sirve, excepto como distracción, prometer reformas que no se van a permitir desde la UE, como por ejemplo una banca pública, o todo lo anteriormente comentado. Y habrá que cruzar ese puente, porque ya hemos llegado al río.

¿Quién va a cuestionar nuestra pertenencia a la OTAN, no ya como una cuestión moral, sino simplemente económica? El ‘proteccionista’ Trump, el que quería centrarse en los asuntos de EE.UU., no solo no se lleva a su casa sus queridas bases de Morón y Rota, sino que ha exigido al Gobierno de España que aumente su gasto en defensa hasta el 2% del PIB (equivalente al 7% de los ingresos del Estado). Un gasto del que por supuesto el beneficiario principal es Estados Unidos.

Podría seguir indefinidamente, me he dejado en el tintero lo más importante: sanidad, educación, información, cultura, libertades… pero se puede resumir de forma muy simple: ¿quién, aparte de hacer ruido, está dispuesto a mojarle, sin ambages, la oreja al capital? Y por favor, sin cuentos chinos ni alarmas apocalípticas. No se trata de instaurar la dictadura del proletariado ni de socializar los medios de producción ni de acabar con el libre mercado. Hablamos simplemente de apostar por mayorías que no sean el servicio de nadie, el último mono, el desecho prescindible y el saco de los golpes de unos pocos psicópatas.

Lo demás es ruido, y el ruido, aunque en un principio pueda atraer por curiosidad, acaba molestando. Nidos de manzanas que se acaban por pudrir…

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2 Comentarios

  1. Tiene usted toda la razón, pero como dijo un viejo morisco ante el cariz que iban tomando las capitulaciones de Santa Fe, hoy como ayer
    Razón duerme,
    trayzión bela,
    justizia falta,
    malizia reina.

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