Venga, a ver quién lo entiende

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No pregunto quién entiende la incoherencia de defender una cosa y su contraria según le convenga, porque eso lo entiende cualquiera. Se llama ausencia de principios. Pregunto más bien quién entiende que sea posible convivir en un entorno de intrigas palaciegas en el que no puedes fiarte de nadie. Tiene que resultar algo agotador y desalentador.

Uno ya no sabe a qué atenerse con alguna gente de la dirección de Podemos, porque si bien es posible especular con que saben lo que hacen, aunque lo que hagan tenga un propósito (incluso con la mejor voluntad) inescrutable para el resto del mundo, sería propio de individuos profundamente enfermos llegar a ciertos niveles de paranoia y que todo lo que hicieras fuera planteado en clave de estrategia. Y sería mucho más grave y preocupante que así fuera, que lo que pueda suponer una simple traición en la –humana, por desgracia– lucha por imponer las propias ideas. Aunque existe también una tercera posibilidad incluso más triste, y es que nos hubiéramos tomado en serio a unos simples niñatos, ilustrados pero tontos perdidos, jugando a las series de intriga política. Y no por ellos, sino por lo que esto diría de los que les hemos apoyado.

Suponiendo que lo que se ha ido sucediendo, incluyendo carpetas comprometedoras y mates pastores (carpeta, por cierto, cuyo contenido no es buena señal que se haya decidido mantener en secreto) sea ‘únicamente’ la cronología de una traición, esto ya es suficiente, obviamente, como para apartar definitivamente, como mínimo de cualquier tarea orgánica, a los conspiradores y a todo aquel que no sepa conducirse –principalmente en la defensa de sus ideas– por la vía de la sinceridad, la sensatez y el respeto a los demás. No hacerlo, con todo lo que queramos argüir sobre las complejidades internas del aparato de los partidos e incluso antropológicas y de colectivos humanos, es tatuarse en la frente una advertencia de peligro político.

Pero casi mejor dejar a un lado el proceso y atender a su conclusión, porque si bien lo analizas, el implicarse no pasa de curiosidad malsana y alimento para la desconfianza generalizada, e inmerecida, en un mundo de rutinas y gente común, de despertadores, llenar la nevera y aspirar a sonrisas, que realmente tiene muy poca relación con estas otras vidas delirantes. Al final, aunque solo sea por consolarnos, lo único que tiene sentido en un proyecto político son las propuestas y su defensa en todo lugar y momento. El “programa, programa, programa” que popularizara Julio Anguita. Y a poder ser sin ambigüedades ni complejidades innecesarias. Un “Estos son mis principios, son meridianos, y no… no tengo otros”. A partir de ahí, te interesa o no te interesa.

Por eso precisamente, porque jugar a la política en lugar de hacer política suele salir mal, es por lo que es mejor no intentarlo siquiera. Porque por muy listo que te creas, acabas cayendo en contradicciones de imposible justificación y que te desacreditan como posible representante de alguien más que de ti mismo, e incluso como persona, Íñigo:

Tenías razón entonces y no ahora que defiendes todo lo contrario. Porque nadie que se ponga al frente de un partido a defender las ideas de otros puede ser de fiar, como tampoco lo es el que es capaz de defender con el mismo ahínco ideas antagónicas. Eso es cosa de tecnócratas, mercenarios o vendedores de crecepelo, y no de políticos. ¿Qué defenderás mañana?

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3 Comentarios

  1. Julio Anguita, lo has clavado. Íñigo defendiendo la posición contraria que tenía en el primer Vistalegre. Prefiero honestidad a inteligencia.

  2. Casi nada el Errejon este sediento de Power, como este salga como líder va a votar a Podemos ( ni a ninguno) su puta Mother

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