Presión periodística y presión arterial

GUILLEM MARTÍNEZ | CTXT | 8 DE MARZO DE 2017

La APM ha denunciado presiones de un partido a periodistas. No ha facilitado nombres ni de presionados ni de presionadores, ni se ha extendido en la magnitud de la tragedia. Lo que aleja a la APM del antaño último peldaño del periodismo –ya, snif, no lo es–, la prensa del cuore, que es como es, pero que al menos siempre ha dado nombres por un tubo y tragedias. En ese vacío de descripciones del concepto presión, el presente artículo les detallará lo que es la presión periodística. Se trata de un trabajo de campo, consistente en mi biografía en ese campo. Les explicaré, así, lo que no es presión, lo que no sé si es presión y lo que es presión aberrante, es decir, cotidiana.

ES PRESIÓN QUE LOS BENEFICIOS DE UNA EMPRESA PERIODÍSTICA YA NO TRANSCURRAN EN LA EMPRESA PERIODÍSTICA, SINO EN LA EMPRESA REGULADA, DE LA QUE YA NO INFORMA NINGÚN MEDIO

No es presión que chorrocientos mil frikis te chorreen en tu cuenta de Twitter. No es presión que un político inaugure la veda con un primer tuit, llamando la atención a las masas sobre el hecho de que seas españolista o indepe –por ejemplo; esas dos acusaciones son parte de mi vida cotidiana–. Y no es presión porque los políticos y los frikis excesivos son el sello de la libertad de expresión. Internet no es de nadie. Y no puede ser censurada. Por lo que cuando varios millones de frikis vociferan consignas e insultos es una buena noticia, aunque ellos ni lo sospechen. Y que, tal vez, no dure siempre. Esas personas que tiran piedras a un tonto, en realidad son tontos a los que nadie tira piedras. Es decir, son un logro, una superación de la crueldad. Y, con ello, una prueba y vivencia de la libertad.

No es presión que un político no te salude, que exteriorice sus sentimientos, cuando se te cruza. No es presión que te haga saber que eres subnormal profundo, que no sabes hacer la “o” con un canuto, que estás desinformado, que eres un vendido, que intoxicas, que eres un ruido. Es parte del trabajo. Y algo positivo. O, al menos, un fósil de cuando el político no sólo ejercía la crítica literaria, sino que te encarcelaba o te tocaba la cara. Con mayor facilidad y rapidez que ahora.

No sé si es presión, o parte del oficio, la marginalidad. O no sé en qué grado. No sé, incluso, si el hecho de no contar, de no ser normalidad en el periodismo español –la normalidad del periodismo español, su medida, es la tertulia, un pseudodiálogo informativo entre trincheras–, puede responder a opciones personales y de código ético.

Ahora sí. Sobre la presión. Es presión que un vicepresidente de una empresa IBEX llame a un director para comunicarle que, en ese preciso momento, en la redacción hay un periodista tuiteando contra los bancos. Es presión que cualquier político, de la izquierda socialdemócrata a la derecha ultracentrista, llame a un director para ponderar una información y que la ponderación consista en pedir la cabeza del periodista. Es presión que el dire o el jefe de sección no se coman todo eso con patatas, sino que lo trasladen al periodista afectado. Es presión que, incluso, te corten la cabeza tras ese tipo de llamadas. Es presión que tu jefe de sección –la libertad de expresión no es un ente abstracto, es tu jefe de sección– no se parta la cara por ti. Es presión que la gran fuente en los medios de comunicación locales sea el Estado y sus instituciones. Es presión que, cuando se juzga a, pongamos, un sindicalista, el periodista esté tan presionado que no lo sepa y escriba “el número 1 del sindicato”, tal y como le denomina la fuente policial que informa de este u otros delitos, igualándolos. Es presión que palabras cotidianas del periodismo patrio –violentos, antisistema, radicales, doble vía de investigación, oxigenar a ETA, Monarquía ejemplar, nos-volvió-a-impresionar-con-su-elegancia, abdicó-para-garantizar-las-reformas-que-España-necesita, Procés, órdago, desafío, brotes verdes, democracia, investigado-que-no-imputado, delincuente magrebí– provengan del Estado o/y sus instituciones, y se cuelen con tanta facilidad en una redacción, creando no sólo agendas, sino una normalidad y un sentido común extraños. Es presión que cuando intentas burlar ese radicalismo totalitario te llamen radical totalitario.

ES PRESIÓN QUE PALABRAS COTIDIANAS DEL PERIODISMO PATRIO PROVENGAN DEL ESTADO O/Y SUS INSTITUCIONES, Y SE CUELEN CON TANTA FACILIDAD EN UNA REDACCIÓN

Es presión no tener ningún tramo de propiedad o soberanía en tu medio. Es presión que nadie sepa que cuando no aparece la información firmada es que el periodista se está quejando de que se la han cambiado. Es presión que los beneficios de una empresa periodística ya no transcurran en la empresa periodística, sino en la empresa regulada, de la que ya no informa ningún medio. Es presión que los diarios españoles, con la crisis, hayan cambiado parte de su deuda por accionariado de la banca. Es presión que las personas menos capacitadas y con un itinerario ético más reducido sean –no siempre; aún quedan perlas– jefes de sección o directores. Es presión que la obediencia y la disciplina sigan siendo la mejor promoción interna –es preciso señalar que eso no ocurre con tanta radicalidad en otras culturas–. Es presión un ERE. Los ERE periodísticos no son solo una criba económica. También lo es ideológica. Es una purga, también, de raros. Empiezan a no quedar raros, lo que es presión. Es presión que, en una reunión del Consejo de Accionistas, un capitoste argumente que debe cobrar cuenta de resultados, sin tener ningún resultado, porque le apoya Soraya y la Gestora. Es presión que un político hable por un plasma. Es presión pactar las preguntas. Es presión respetar ese pacto. Es presión no conceder entrevistas. Es presión que el jefe de prensa te dé largas o no conteste. Es presión la ley mordaza y los preciosismos del Código Penal. Es presión tu sueldo. Es presión que el sueldo no tenga relación con la formación o el trabajo, sino que sea un castigo o una recompensa a un carácter, unas opciones o un comportamiento. Es presión no tener garantías, a corto o medio plazo, de vivienda o alimentación. Es presión ponerte enfermo. Es presión que se te rompan las gafas, el ordenador. O los pantalones. Es presión que periodistas y periodistos sólo puedan tener parejas con un alto e improbable sentido del humor, que se rían del final de mes a principios de mes. Es presión que tu hijo quiera un un libro, grande y chulo, sobre la historia de Roma.

Es presión que la APM señale otras presiones, nebulosas, importadas de otras culturas. Es presión que Venezuela sea algo tan próximo para ellos y, la sociedad local, algo tan alejado. Es presión que los medios ad-hoc, en vez de reírse de la APM, le hagan editoriales. Es presión que la presi de la APM haya intercalado su carrera periodística –vinculada a los puntos de vista del Estado, no a su control– con un anuncio de espárragos. Es presión que, con esa trayectoria, quiera ejercer presión, en vez de limitarse a promocionar los espárragos. Es presión, en fin, que un periodista anuncie espárragos, seguros, diálogos teatralizados para promocionar un banco. Indica las opciones no presionables.


 Guillem Martínez

  • Es autor de ‘CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española’ (Debolsillo)

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