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¡Ay, el santo!

Si es que esto de que se caiga un santo es la leche. La leche que le ha arreado al pobre niño el muñeco de madera ese, que debe pesar lo suyo. Aunque también es verdad que no se sabe muy bien qué pinta un niño acompañando a un muñeco crucificado, ensangrentado y con expresión de dolor. Y ya puestos, mucho menos se entiende que eso mismo lo hagan adultos hechos y derechos. ¿No sois un poco mayorcitos para jugar a esas cosas?

Pero se les ve el plumero, y no solo por tener amigos imaginarios. Eso de la ‘caridad cristiana’ se desvanece en cuanto cae un santo muñeco. O un muñeco santo. Y si es esto último, hay que ver qué mala leche tiene. Porque evidentemente, desde esa perspectiva, ha sido su voluntad agredir al chavalín. Como cuando, según los creyentes, ese mismo ser omnipotente salva a alguien de la muerte, o cuando no lo hace (aunque nadie dé las gracias a Dios cuando este decide no salvar a nuestros seres queridos).

Más allá del cachondeo, debo decir que respeto a los creyentes: a todos los creyentes, a los del dios cristiano y a los adoradores del GADU o a los del Monstruo del Espagueti Volador (que, fiestas aparte, también los hay). A estas alturas de la vida no me considero quién para juzgar a nadie, pero no puedo evitar que me resulten cómicas ciertas actitudes. Si uno quiere ponerse a llorar delante de un monigote, allá él o ella. Otros juegan a otras cosas, por ejemplo, a la política o los negocios. Y en ciertos aspectos, cuando se convierte en juego, no es mucho menos ridículo. Y otros conservamos la esperanza de que es posible un mundo mejor, más sensato y maduro, y eso sí que es un auténtico despropósito.

En fin, que sí, señora, que primero el santo muñeco, que al niño, que ha recibido el cuerpo de Cristo (la hostia y lo que colea), ya lo curarán los médicos (gracias a Dios, por supuesto, porque ellos no pintan nada).

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